Caso #87

De pronto lo noté. Era una sensación a la vez en la piel y en el estómago. Con el tiempo había aprendido a identificarla claramente. Es como sentir un olor familiar que inmediatamente trae recuerdos. Algo se había escapado y estaba allí. Tenía buen instinto para eso.

Alholva me advirtió de que era algo grande esta vez. Según su información los del SM iban a tardar un rato en darse cuenta y llegar. Personalmente opinaba que sería un rato corto, si el elemento fugado era tan grande. Alholva no me pidió que fuese prudente, como en otras ocasiones. No dijo nada. Sabía que estaba esperando que alguien llegase y quería que yo lo encontrase a toda costa. No debía permitir que se lo llevasen los de SM. El ambiente estaba enrarecido a un lado y al otro de la frontera. Sospechaba que al otro lado también corrían rumores de que en breve sucedería algo gordo. Precisamente aquel quien Alhova quería que encontrase. Pero ella no me decía quién era, ni cuando llegaría exactamente. Yo no hacía preguntas. Si Alholva me pidiese que matara, mataría. Si me pidiese que muriera, moriría. Le debía la vida y eso bastaba para mí.

Caminaba por un descampado industrial a medio construir. Naves enormes y modernas, con evidentes signos de actividad frenética, alternaban con descampados llenos de broza. Por doquier se veían desechos industriales y de construcción, basura, charcos sucios y tierra gris. Era tarde y no había nadie. El paraje estaba desolado, pero el ruido de coches pasando a toda velocidad un poco más allá era incesante. El polígono estaba rodeado de vías rápidas.

Caminé despacio de un lado para otro, por calles perfectamente cuadriculadas, siguiendo las trazas de esa sensación que aún quedaban suspendidas en el aire. El sol brillaba sin fuerza, anaranjado, tiñendo el escenario de ocaso y llenándolo de sombras alargadas. Hacía frío. Era una sensación extraña, el frío.

Al cabo de un rato de caminar, de atención agotadora en derredor, sintiendo varias veces la tentación de caer en el letargo de un mar interior de pensamientos banales, al fin detecté un movimiento por el rabillo del ojo. Giré rápidamente y lo vi. Era un gigante blanco. Iba a ser una misión difícil.

Un gigante blanco es como una nube de gas transparente. Su misión allá al otro lado es construir fondos, como un tramoyista. Es uno de los constructores del sueño, un pez gordo. Me preguntaba si aquí a este lado podía alterar el paisaje con el que entrase en contacto. Una calle podía perfectamente transformarse en la Quinta Avenida, o en el pasillo de una nave espacial, o en un lugar oscuro y terrorífico. O en algo absolutamente irracional. Eso sí sería interesante de ver. Demasiado llamativo para los humanos, sin duda. En todo caso estaba seguro de que no era lo que busca Alholva. Ella busca a una persona, y yo no sabía si tras ese gigante había una inteligencia mínimamente humana, o algo más animal, o abstracto. O si carecía de inteligencia en absoluto. ¿Cómo algo así traspasa la frontera? ¿Y por qué? Una fuga tan grande, tan evidente y a la vez tan vana era preocupante. Haría las cosas más difíciles, puesto que ahora estarían más vigilantes, si cabe.

Tras un rato de persecución rápida se hizo evidente que el gigante sabía que le perseguían. Estaba huyendo de mí. Se escondía tras edificios, se aplanaba y se pegaba al suelo casi invisible en su transparencia. Era complicado seguir esa leve ondulación transparente del paisaje. Se acercaba a la carretera. Pero no intentaba transformar el paisaje para impedirme que me acercasé. Pensé que tal vez no podía. Al menos había una buena noticia, no estaba llamando a los del SM con fuegos artificiales.

No creí que pudiese acorralarlo. Tampoco creí que fuese posible razonar con  él. Así que saqué el arma que tenía reservada para casos extremos. La caja. No me gustaba usarla, pero no veía otro remedio. En cuanto la saqué, antes de que pudiese utilizarla, se alzó un muro frente a mí. Seguidamente se alzaron muros por los otros tres lados y finalmente una “tapa” cayó sobre mi prisión, muy parecida a estar atrapado dentro una caja. Comencé a sospechar que sí existía una inteligencia detrás del gigante blanco, una muy sarcástica. El gigante comenzó a alejarse.

– Eh, tú, sigo teniendo la caja. Si no quieres que la use, deshaz esta maldita trampa y charlemos. – Siguió alejándose. Probé la resistencia de las paredes, por si eran una ilusión. Eran bien sólidas. No sabía cómo iba a salir rápido de allí. O cómo iba a salir, para el caso – ¿Piensas que no la usaré? ¿Piensas que estoy realmente atrapado aquí dentro? ¿Piensas que importará si abro la caja? – Un farol. Estaba atrapado allí dentro y no sabía si la caja iba a funcionar a través de los muros, pero había que intentarlo.

Funcionó. El gigante se acercó y rondaba alrededor de mi prisión, un cubo de hormigón.

– Convénceme de que no use la caja. Si vas haciendo estos truquitos paisajísticos va a llamar la atención del SM. Sin embargo, si eres razonable y te unes a nosotros…

Un chirrido infernal sonó. Como hierros retorciéndose y golpeando. Fue tan fuerte y molesto que me se me saltaron las lágrimas.

– Tú te lo has buscado – Alcé la caja, muy teatralmente, porque en realidad no sabía si iba a funcionar. Si la abría y no funcionaba, ya no tenía más trucos rápidos para sacarme de la manga.

Inmediatamente el mismo ruido resonó, pero más alto. Tanto que me lloraron los ojos de nuevo y me rechinaron los dientes. Ese capullo iba a torturarme. Así que me dispuse a abrir la caja. Toqué el sello del cierre, una acción es mejor amenaza que una palabra. Entonces estaba allí dentro. El gigante, condensado a una parte del tamaño que le había visto afuera, pero aún grande. Más denso. Pensé que tal vez el tamaño era para intimidarme. También pensé que cuando uno deja de hinchar el pecho y fanfarronear, las amenazas dejan de ser un farol: creí que iba a joderme, pero bien. Muy bien, veríamos quien jodía a quien. Apreté bien fuerte la caja, para no perderla pasase lo que pasase. Entonces el gigante adoptó una forma vagamente humana y alzó una mano, como pidiendo que parase. El ruido volvió a sonar, tan fuerte en el espacio cerrado, tan resonante, que caí de rodillas y me lleve las manos a los oídos sin poder evitarlo.

-Hijo… de… puta…

Me miré las manos, esperando encontrar sangre. No había. No había dejado caer la caja. Era mejor que eso. Aunque me sorprendió poder pensar en algo. Iba a abrir la caja, se había acabado el teatro. Entonces el gigante volvió a alzar la mano, pidiendo que parase, luego se señaló lo que hubiese sido la boca y el ruido volvió a salir, pero esta vez mucho más bajo.

– ¿Qué coño… ? Si no quieres acabar dentro de la caja, deja de torturarme.

Y el ruido sonó otra vez, bajo, pero aún me hacía rechinar los dientes. Y luego una vez más. Y aún otra, antes de que comprendiese que aquellos chirridos horribles… eran su forma de hablar.

Deja de perseguirme – Repetía la voz chirriante.

– Si hubiese sabido que podías razonar, hubiese intentado hablar contigo.

No tengo nada que discutir contigo. Apártate de mi camino. – Esa última frase chirrió de tal forma que no pude evitar hacer una mueca.

– Oye, sólo trato de ayudar. Si vas haciendo numeritos con el paisaje – dije, señalando los muros de hormigón – los del SM, unos chicos muy malos, vendrán rápidamente a por ti, y no precisamente para devolverte a casa.

No hubiese tenido que hacer ningún numerito si no me hubieses amenazado. Conozco a los del SM. Se cuidarme solo. No necesito tu ayuda.

– Verás, podemos proporcionarte lo que necesites para pasar desapercibido – Comencé con la charla de rigor-, a cambio de que cumplas unas normas…

No entiendes – Espetó, de nuevo subiendo el volumen hasta un punto doloroso. – No quiero tu ayuda.

– Nadie sale adelante a este lado sin ayuda.

Hizo un nuevo ruido molesto que no reconocí. Entonces dijo, esta vez de forma que entendí.

¿Quién te ha dicho que estoy sólo? – Esa vez si que mi cara debió ser un poema. No pensaba que hubiese nadie más recogiendo a los que se escapaban del otro lado. Eso me dio muchas cosas en que pensar, cosas en las que no había querido meditar en profundidad con anterioridad.

La cosa volvió a hacer un ruido irreconocible. Pensé que era risa. Debió ver en mi cara que no se me había ocurrido que otros podían estar interesados en quién cruzaba la frontera. Ya había mucha gente a este lado y tal vez otros tenían ideas diferentes.

He oído hablar de ti, detective. Dicen que eres legal. Pero perteneces a Alholva. – Algo dentro de mí se removió alte la afirmación de que pertenecía a Alholva. Tal vez su afirmación estaba demasiado próxima a la verdad. O tal vez yo era un redomado machista y me molestaba que la jefa fuera una niñita. – No me interesa su ayuda. Cuando ella te ayuda, siempre quiere algo a cambio. – Continuo.

– Todo el mundo quiere algo. Nadie da nada por nada. – Había escuchado alguna que otra vez la insinuación de que Alholva era un poco expeditiva a la hora de cobrarse sus favores, que presionaba a la gente. Pero conmigo había sido justa y yo me resistía a creer en todas las mierdas que la gente iba contando por ahí. Sobre todo si esas mierdas iban dirigidas a Alholva. Siempre sentí el impulso de defenderla.

Seguro, pero no me interesa ayudar a Alholva en sus planes.

Le miré, con cara inexpresiva, fastidiado por dentro por no saber que planes eran. Porque sabía que tenía planes pero estaba siempre fuera de conocerlos. Fastidiado por no haber querido nunca investigar que era lo que pretendía, lo que se traía entre manos. Fastidiado, por no haberle preguntado nunca, siquiera. Molesto por ser su perrito faldero porque eso es lo que era. Si me dirigen bien, soy como puños sin cerebro. Y ella sabía dirigirme bien. Pero yo tenía la conciencia bastante tranquila. Creía tener las manos más o menos limpias. A mí nunca me pidieron nada con lo que no pudiese vivir, o que fuese en contra de mis tres o cuatro reglas de moralidad. Al contrario, yo los encontraba y los salvaba del SM. Y el SM liquidaba a todo el que pillaba , eso lo sabía yo y todo el mundo.

– Mira, la mayoría llegan aquí tiernos e indefensos como pajaritos. Los mantenemos a salvo del SM, les enseñamos a sobrevivir y les proporcionamos lo que necesitan. Y algunos necesitan mucha ayuda, creeme. Mi trabajo es encontrarlos y ser la primera barrera contra el SM. Yo no se nada más. Si Alholva quiere cobrarse favores por la ayuda que reciben, no me parece mal. No veo a nadie más impaciente por ayudar.

Yo no necesito ayuda. Voy por mi cuenta.

– Por mi bien. Pero saben que estas aquí. Puedo ver que más de una persona tendría interés en tus capacidades. – Tras una pausa, me sentí en el deber de advertirle – Y si ella me pide que te siga, volveré tras de ti. Así son las cosas.

También está bien para mí. – Comenzó a marcharse.

– ¿Podrías suprimir esa bonita estancia de hormigón armado en beneficio de ambos antes de marcharte?

Volvía a oír aquel ruido inarticulado. Estaba seguro de que era risa. Las paredes  desaparecieron.

Me caes bien, detective. Te daré un consejo: averigua hacia que lado empujas.

Con esto desapareció. Esa fue la primera vez que lo vi. También fue la primera vez que examiné algunas de las cuestiones que me rondaban la cabeza un poco más detenidamente, y comencé a pensar en cosas que no me convenían. Ese ha sido siempre mi defecto, pensar cosas que no me convienen, preguntar, indagar, seguir y averiguar cosas, que en realidad era mejor no saber.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. fanou dice:

    Si queréis ver las otras entradas publicadas relacionadas con esta historia, buscad la etiqueta ‘Segundo Movimiento’ o cliclar el siguiente enlace:
    https://efimero.wordpress.com/category/rare-series/segundo-movimiento/

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