Conhall (parte cuatro)

Partí enseguida a visitar a mi familia. Lo hice de incógnito, para ahorrarme muchos mareos. Cuando llegué nadie me esperaba. Mi familia se alegró mucho de verme. Varios de mis hermanos se habían casado y tenía nuevos sobrinos. Mi madre tenía la salud delicada. Se había convertido en una anciana frágil tras su último parto.  Mi padre seguía siendo un toro, pero tenía la mirada cansada. Estaba enseñando el oficio a los gemelos. Pensaba retirarse pronto.Por supuesto la noticia había llegado hasta ellos. Estaban muy orgullosos mí. Durante los días de mi estancia comprobé que, excepto mis padres, todos me miraban diferente, con admiración y extrañeza a la vez, como si fuese un desconocido, un fenómeno. No sabían como comportarse ante mí.

Todos estaban orgullosos menos uno, Carchichall. No vino a verme a mi casa. No fue hasta el tercer día que envió a uno de los chicos con el mensaje de que era requerido por el jefe de la tribu de Kristakenhall, el autentico heredero de Kristaken. Debía sentirse contrariado ya que la orden por la que se libró de mí me había convertido en un hombre famoso. Por el camino me interceptó mi hermana Niam. Se acercó sonriente a darme un beso y aprovechó para darme una advertencia de parte de mi madre: no debía comer nada, pues Carchichall era aficionado a convidar a sus enemigos a su mesa con el propósito de envenenarlos. Enseguida se me ocurrió una idea. Me apresuré a tragar un trozo del bezoar que llevaba en mi bolsa.

Todos los hombres de la tribu estaban reunidos en el gran salón para la ocasión. Pude observar claramente que estaban divididos y enfrentados. La mesa redonda se había transformado en una elipse en la que los hombres se posicionaban a favor o en contra de nuestro caudillo. Faltaban algunos hombres, me pregunté si Carchichall los habría quitado de su camino o si habrían partido en busca de otros parientes asentados en otras tribus. Carchichall era indigno y no merecía ningún respeto, pero me apenó que la familia estuviese dividida. Las luchas internas debilitaban la tribu. Mientras me sentaba a la mesa, entre unos y otros, tuve una breve visión de la futura disolución de mi familia, mermada y aplastada en última instancia por una familia rival.

Fui obsequiado con carne de caza y aguamiel, un banquete en mi honor digno de reyes. Rechazarlo habría sido una falta de educación y habría dado la oportunidad de desafiarme y asesinarme. No me reprimí en darme un festín. Mientras comía Carchichall me hacía preguntas mal intencionadas destinadas a demostrar que yo era un impostor. Preguntas sobre mis visiones de Kristahen, su aspecto, lo que me había dicho exactamente, y también sobre mis habilidades. Acostumbrado de sobras a aquellas tretas no me dejé enredar. Contesté con insolencia, casi con falta de respeto. Tanto se salió Carchichall de sus casillas que al finalizar se levantó y alzó la voz para sentenciar:

– Si realmente fueses un elegido de Danann vivirías lo suficiente para llegar a encontrarte con tu destino.

Todos se estremecieron. Una cosa es matar a un hombre en una pelea justa y otra envenenarlo vilmente y además reconocerlo ante tus hombres.

– Eso está en manos de Danann, no en las tuyas, primo – Dije levantándome y poniéndome a su lado. Me erguí, casi le sacaba toda la cabeza. Mi altura lo empequeñecía. Le palmeé la espalda con gesto amistoso, aunque descargué mi mano con toda la fuerza de la que fui capaz. Lo hice estremecerse y encogerse – Ha sido un banquete espléndido, mañana puedes obséquiame con otro igual, primo.

Por su puesto tuve la mala educación de no morir envenenado. Aquella situación dejaba a mis padres y hermanos en una situación delicada. Discutí con ellos la posibilidad de que se marchasen en busca de otros parientes. Algunos de mis hermanos despreciaban a Carchichall, pensaban marcharse de todas formas. No es que fuese una opción fácil, uno podía ser el “extranjero” mucho tiempo en una familia nueva. Sin embargo otros me despreciaban a mí, por haber puesto a Carchichall en su contra. Tenían buenas vidas a las que no querían renunciar. No me sentí muy culpable por lo que había sucedido. Yo no había tratado de envenenar o dañar a nadie. Si ellos querían vivir bajo la mano de un hombre como Carchichall no merecían mi respeto. Lo que más me dolió fue la decisión de mis padres de no marcharse. Mi padre dijo que no se dejaría intimidar, que ningún mocoso debilucho e insidioso le echaría de su casa. Aunque yo pude ver la verdad: mi madre estaba débil y el frío era inusualmente intenso aquel año. Ella no resistiría el viaje, y mi padre la amaba verdaderamente. Se quedarían allí hasta su fin, fuese cual fuese éste.

Decidí partir poco después de vuelta a Cahirtidhalla, para no volver nunca más. Era consciente de que nunca los volvería a ver, así que fue una partida dolorosa.

No se cómo, la noticia de que había sobrevivido a un envenenamiento viajó delante de mí. Sólo que la historia de se deformó.  Nunca nadie diría que el cabeza de familia, líder y representante de los hijos de Kristakenhall había tratado de envenenar a un enemigo. Al menos no sin pruebas. Eso podía desencadenar una guerra. Del relato original sólo quedó que yo había sobrevivido.  Unas historias decían que había vencido al cabeza de mi familia en combate singular, proclamándome el verdadero heredero de Kristaken. Esta era quizás la versión que más se acercaba a la realidad. Otras historias decían había vencido a un oso como mi antepasado. Otras veces se decía había sobrevivido a una batalla, enfrentándome yo sólo a mis enemigos. Algunas historias eran completamente confusas y místicas, en ellas había vencido a un Fomoré usando la magia de Dannam, como uno de sus gerreros elegidos. Así gané algunos atributos más: Conhall el que puede usar la magia de Dannam y Conhall el invencible en cualquier tipo de combate.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. g. dice:

    bienvenida de vuelta! debo decirte que no pocas veces me pregunté en qué habría quedado la historia de Conhall, me alegro de que sigas con la historia.
    salut!

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