Conhall (parte uno)

Arturo entra en el bar en el que han quedado. Es un bar de camioneros a las afueras de la ciudad. Predomina un olor mezcla de fritanga, alcohol y tabaco con una cualidad oleosa que le permite pegarse a todas las superficies.  Cuando salga tendrá ese olor pegado a la ropa, a los cabellos, a la piel… Busca con la mirada la persona a la que ha ido a ver. Se siente inseguro, no sabe que aspecto tiene excepto por una breve descripción. La descripción puede ajustarse fácilmente a varios de los concurrentes del bar. En pie, junto a la puerta y bajo la mirada escrutadora y poco amistosa de varios de los parroquianos, duda. Al fin un hombre al fondo alza la mano y llama su atención. Arturo se dirige a la mesa mientras se pregunta cómo es que no ha reparado en él. Es justo como esperaba: alto, de espaldas anchas y músculos abultados. Tiene los ojos azules y fríos como el hielo. El pelo rubio pajizo largo, acompañado por un fino bigote, igual de largo e igual de despeinado. Su aspecto es desaseado. Sostiene una enorme jarra de cerveza casi vacía. Al sentarse Arturo pide otra para el hombre, como muestra de cortesía y un café para si mismo.

– Lo siento, no le veía.

– ¿Eres loquero?

– ¿Perdona?

– Me has dicho que estudias, ¿estudias para loquero?, ¿psicólogo, psiquiatra, psicoterapeuta o alguna de esas mierdas?

– No.

– ¿Eres pastor, cura o ministro de alguna iglesia?

– No

– Bien, porque no hablo ni con loqueros, ni con fanáticos religiosos.

– Estudio periodismo, como ya le dije por teléfono. Me gustaría escribir un artículo sobre usted. Ahora mismo soy becario en un diario importante. Si el artículo es bueno, saldrá publicado. – Arturo, sopesando la información que le ha anticipado el hombre por teléfono, no tiene muy claro que no sea un loco. Tal vez tanta investigación no le sirva, finalmente, para nada. – ¿Me permite que grabe la conversación?

– Esta bien. – Dice tras dudar un momento – Pero no puedes citar mi nombre actual. No quiero tener un regimiento de loqueros, iluminados y amarillistas detrás mío.

– Como prefieras, te garantizo anonimato total. – Afirma Arturo mientras saca su teléfono, un moderno terminal que tiene, entre otras tantas opciones, la de grabar. Toquetea la pantalla táctil hasta acceder a la función deseada y lo deja en la mesa, entre los dos. – Pero, si no quieres tus quince minutos de fama, ¿Cómo es que has accedido a hablar conmigo?

– Para contar mi historia, la de verdad. Y tal vez…

– ¿Tal vez qué? – Pregunta Arturo, animando a su interlocutor a desatar la lengua.

– ¿Por dónde quieres que empiece? – Dice el hombretón cambiando de tema. Ante el aparato grabando siente cierta cohibición.

– Comencemos por el nombre, no el que utilizas ahora, por supuesto, sino tu “verdadero nombre”.

– Conhall. Ese es mi verdadero nombre. Conhall hijo de Dunhall de la tribu de los Kristakenhall. Kristaken fue antepasado mío. Un gran guerrero, descendiente directo de Lughus. Se hicieron epopeyas de él. Pero nadie lo recuerda.

– Curioso, nada de nada, ni una sola referencia conservada sobre él, sobre ti o tu tribu, ¿cómo es eso posible?

– La escritura era tabú.

– ¿Tabú?

– Entonces creíamos que el conocimiento era poder. La escritura, parte de ese poder, era sagrada. Sólo se podían escribir cosas verdaderas. Los conocimientos se comunicaba oralmente: a quien tú deseabas y en el grado deseado. Si escribías algo cualquiera podía leerlo, entonces le dabas poder. Las historias de Kristakenhall eran solo para los descendientes de Kristakenhall. – La voz del hombre es pausada, grabe y con un ligero acento irreconocible.

– No comprendo.

– Bueno, te lo explicaré con un ejemplo. Imagina que Kristaken es un héroe que mata a un dios Fomoré del bosque que ha adoptado la forma de un oso descomunal y mágico. Es nombrado como un guerrero por la diosa. Todos sus descendientes son tocados por la divinidad. Cuentan de él como entró en un bosque y mató al dios oso, con gran valor y sus manos desnudas. Eso es lo que cuentan, pero no lo escriben, porque es mentira. En realidad entró al bosque y mató un oso particularmente grande. Tal vez ni si quiera lo hizo a manos desnudas, sino que conoce una forma especialmente buena de matar osos. Eso sí se podría escribir, porque es verdad, pero no tiene ningún interés. Por otro lado si lo escribes, cualquiera puede leerlo ¿Comprendes?

– Más o menos, sí. –

– Si te fijas, la mayoría de lo escrito sobre las tribus lo hacen extranjeros, o los que han sido expulsados. Escribir sin tener derecho era considerado una traición. Además muy pocos conocían la escritura. La escritura, tal como vosotros la entendéis, era la forma en que los extranjeros pretendían comprender y dominar a las tribus. Un keltoi que escribiese era muy probablemente un traidor al servicio de los extrangeros.

– ¿Por qué lo cuentas ahora?

– ¿Qué importancia tiene? Nadie cree en Danann, ni en sus guerreros, ni en los Fomoré. No queda ni una sola tribu…

– Sólo para que quede constancia, sr. Conhall, ¿cuándo nació usted?
– No lo sé exactamente, calculo que unos 400 años antes de vuestra era.
Es lo que Arturo quería escuchar, lo que ha estado buscando. El hombre no parece loco, sin embargo…  A ver que explicación le da:

– Bien, ¿y cual es su historia?

El hombre rubio se concentra y mira a su interlocutor a los ojos fijamente, de forma que Arturo se siente abrumado por la mirada intensa y fría.

– Yo era un chico normal. Mi padre era herrero, además de guerrero. Ser guerrero no era algo excepcional, casi todos los hombres en la tribu lo eran. Mi padre conocía el metal, las aleaciones correctas y podía darle mil formas: Una finísima y delicada filigrana para el collar de una dama o una potente espada para partir cabezas. Además era fuerte y grande. Por eso era respetado. Se esperaba eso mismo de sus hijos. Al menos de uno de ellos, el que mostrase mejores aptitudes, sería instruido como herrero. No soy el mayor de mis hermanos, ni el menor. Éramos siete, en total, de mi madre, aunque probablemente no todos de mi padre.

– ¿Puede explicarme eso? – Le interrumpe Arturo.

– La tradición mandaba ofrecer una mujer de rango igual a los visitantes ilustres de otras tribus con las que hubiese alianzas. Pasaba la noche con ella, si lo deseaba y era una forma de cerrar el trato.- Arturo no puede evitar que los ojos se le abran un poco más de lo que desearía. – Ahora quizás os resulte escandaloso, tan confundidos andáis con el sexo que todos parecéis maricas. Así todos los hijos de mi madre eran hijos de mi padre, aunque éste podía no ser su engendrador. Seguramente, mi padre tuviese más hijos “naturales” por ahí. Eso no era ningún problema. Supongo que era una forma de evitar la endogamia. Aunque entonces no teníamos esa palabra, algo comprendíamos de sus consecuencias.

– ¿No existía el adulterio? – Pregunta Arturo, disimulando cierta curiosidad morbosa y escandalizada.

– El adulterio era otra cosa. – El hombretón observa a Arturo detenidamente. Ambos esperan en un silencio espectativo que rompe de nuevo Conhall – Para mí no son mejores vuestras creencias, con esos dioses asexuados y esos héroes ascéticos y castos, empeñados en salvar el mundo sin luchar y sin hacer hijos. Sin embargo no veo ninguna nación pacifista, ni ninguna tierra despoblada. Lo más gracioso son las explicaciones. Todas vuestras perversiones son bien retorcidas.

– Está bien ¿Podemos seguir con la historia? – No le gusta la sonrisa burlona que Conhall ha adoptado al hablar de ese tema.

– Prosigamos pues. El jefe de la tribu era el mejor guerrero, bendecido por la diosa. Normalmente el jefe era designado por el anterior jefe y era alguno de sus hijos. Aunque no siempre. Si el jefe sólo tenía hijas, o no tenía hijos a la altura, o eran muy jóvenes, podía designar a otro en la tribu. Igualmente cualquier hombre ambicioso y capaz podía desafiar al jefe por el puesto en cualquier momento. Si ganaba tenía además que lograr la bendición de la diosa. Sino era bien acogido por la diosa, si no se consideraba justa la lucha o existían impedimentos, el mago no daba su consentimiento. El puesto era inestable y la tribu podía auto destruirse en luchas intestinas. El jefe no tenía por qué ser el más fuerte, pero si bastante fuerte, además de buen estratega. Tenía que ser listo y adulador en la justa medida. Debía mantener a la familia más o menos en paz, protegida y alimentada, a sus hombres hermanados y al mago complacido. Tenía que ser fuerte y contar con hombres fuertes para hacerse respetar y no ser molestado demasiado por otras tribus. Así era Dunhindhall, mi tio y nuestro jefe. Mi padre, o cualquier otro, tal vez podrían haberlo desafiado, y tal vez podrían haberlo ganado. Pero a nadie le interesaba. No si estaban felices, con el orgullo alto y la panza llena. – Al rubio se le escapa un suspiro. – El individualismo no se entendía como ahora. El egoísmo estaba mal visto, – Conhall duda en busca la palabra apropiada: – era pecaminoso. Todo esto te lo explico porque Carchichall, el hijo mayor de Dunhindhall, sí era egoísta. Pretendía heredar el puesto. No era particularmente fuerte y sólo contaba con el respeto de su padre, que no lo veía con ojos sinceros. Listo, intrigante y retorcido, eso es lo que era. Para asegurarse de que sería el próximo líder no sólo contó con que su elección fuese bien vista mediante sobornos. Intrigó para que sus hermanos fuesen desacreditados y los posibles competidores fuesen barridos. Tuve el grandísimo honor, junto con otros jóvenes, de ser nombrado como tributo a la Diosa. – Dice con ironía.

– ¿Te iban a sacrificar? – Pregunta sorprendido el periodista.

– No, hombre no. Raramente se sacrificaban hombres y no eran de la tribu, eran prisioneros de guerra o delincuentes. Fui separado de mi familia y partí para ser educado por los magos, los generales de Danann.

– ¿Magos? ¿Te refieres a druidas? ¿Te instruyeron como Druida? – Arturo se emociona ante este nuevo dato – ¿Conociste los secretos de los druidas? ¿En qué consistía la instrucción? ¿Vivíais en el bosque?

Conhall suelta una sonora carcajada.

– Seguro que te imaginas a los druidas como un grupo de viejos flacos y alucinados, viviendo solos en el bosque, comiendo vayas y setas. No sé de dónde sacáis esas ideas. Los maestros vivían en templos más parecidos a fortificaciones militares que a otra cosa. A menudo sus restos son confundidos con castillos o fuertes. Eran lugares llenos de gente. Había una comunidad formada por maestros, alumnos y sirvientes. Hombres y mujeres. Había diferentes maestros para diferentes disciplinas. Los Strabo utilizaban sustancias para ver lo que estaba en su propia mente, los Filidhs dominaban el arte de predecir el futuro según el vuelo de los pájaros o las entrañas del sacrificio, los Bairds utilizaban la palabra para transimitir sabiduría: cantaban epopeyas de dioses y héroes y repetían las predicciones que todo el mundo debía conocer. Los Druids eran los que enseñaban el arte de la guerra. La guerra divina: el mismo nombre significaba fuerza dirigida por la inteligencia, inteligencia entendida como don divino y mágico. Un druida era guerrero y dirigía hombres en la batalla. Algunos alumnos y maestros se quedaban permanentemente en el templo. Otros se formaban y volvían a sus poblados, o iban a nuevos lugares, algunos se volvían nómadas en la búsqueda de conocimientos y otros se retiraban en meditación a lugares apartados.
Cuando llegué al templo me sometieron a diversas pruebas y rituales durante tres días para decidir a qué disciplina pertenecería. Fui destinado a ser guerrero. Era algo habitual entre los descendientes de Kristakenhall.

*Continuará

14 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    Me gusta mucho como va yendo, habrá que esperar el final nomás. Ahora no puedo evitar la comparación odiosa con la película “El hombre de la Tierra” (The man of Earth, en inglés). Si no la viste, te la recomiendo.

    sevemos

  2. annefatosme dice:

    Una historia sobre leyendas celta,me gusta. Un hombre salido del pasado aterrizando en nuestra era, me gusta. Un coctail que promete.

  3. g. dice:

    me gusta, me gusta. espero la continuacion!

  4. micromios dice:

    Siempre es interesante leer algo diferente. Cada uno imaginamos épocas pasadas de una manera y fantaseamos como eran los que vivían,
    Espero a ver como sigue.
    Salut

  5. Me has dejado con la miel en los labios…

    Espero la continuación, no se encuentran facilmente personajes con unos valores diferentes a los que la sociedad actual nos impone. Me gusta.

    Un saludo.

    (Y espero la continuación)

  6. Camaché dice:

    Pues siq ue si. me gusta esto de rescatar las viejas leyendas y plantarlas en la actualidad con un hilo fino y difuso que las separa de la realidad. Habrá qué ver qué sigue.
    Saludos.

  7. MX dice:

    Vamos, que llegue el jugo! Así que construyendo tu propia saga eh, jejejeje… No nos hagas esperar demasiado para el resto.
    Saludos!

  8. fanou dice:

    Confieso que colgué esta primera parte para obligarme a escribir el resto. Hoy mismo me pongo a ello. Estoy muy cansada últimamente y no me quedan energías para escribir, o leer.

    Poio: Aún me debes una historia. No me voy a olvidar.
    Anne: Gracias por tu visita, por leerme puntualmente y por tus comentarios de ánimo.
    g: A ver si lo consigo y no la dejo colgada. Si no, tal vez os pida ayuda.
    micromios: Me encanta fabular sobre lo que pudo acontecer en otras épocas, aunque siempre le doy a mis relatos un marcado acento de fábula, de “irrealidad posible”. (Lo intento al menos)
    Pilar: Gracias por los ánimos. Esa es la meta: seguir y terminar!
    Camache: A ver si consigo algo aceptable.
    MX: Prometo que hoy me pongo a ellos!

    Gracias a todos.

  9. eduard dice:

    “Efímero es una inquietud que despertó y no se resignará a volver a dormir”

    Pues aquí te espero, a la espera de tus letras, a la espera de tus noticias, a la espera al fin y al cabo.

    Ánimos.

  10. annefatosme dice:

    ¿Oye fanou, para cuando la segunda parte?

  11. Claudia Ibañez dice:

    Hola! Primera vez que visito tu Blog: Qué entretenida historia…vuelvo a buscar la segunda parte, ya me picó la intriga. Saludos!

  12. pipermenta dice:

    También esta es mi primera vez en tu blog y espero más de esta historia tremendamente entretenida y muy bien construida.
    Saludos.

  13. Concha Huerta dice:

    Interesante relato de viajeros en el tiempo, raices celtas y cervezas en un bar de camioneros. Espero la continuación con ansias.
    Un saludo

  14. fche626 dice:

    Necesitamos segunda parte🙂

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