Fantasmas

María se despierta de un sueño ligero que no le ha dejado descansar. Dormir sentada en una silla le da dolor de espalda, un dolor agudo como un pinchazo  en un punto que no alcanza. Además está ese peso en el alma. Se levanta y camina de un lado al otro de la habitación, como un león enjaulado. Las piernas le cosquillean. Siente que no tiene espacio. La habitación pequeña la ahoga tanto que ni si quiera puede estirarse. Mueve la espalda, tratando de paliar el dolor y esperando que, tal vez, el peso se caiga inadvertidamente. Es una esperanza tan vana que se siente ridícula. Entra en el baño para refrescarse la cara. Al mirarse en el espejo no se reconoce. Observa su reflejo con curiosidad. Ya no se maquilla. Tiene unas profundas ojeras y nuevas arrugas, muy finas y numerosas, han aparecido alrededor de sus ojos y en su frente. Unas hebras plateadas se entremezclan en su cabello, en otro tiempo lustroso y sedoso, ahora apelmazado. Siempre le ha gustado su pelo, largo y ondulado, y lo cuidaba con mimo. Ahora está grasiento y siempre recogido. Hace poco sopesaba la posibilidad de cortárselo con un corte más práctico. Ha descuidado tanto su aspecto que  por un momento le da la impresión de que es otra, y se siente extraña en dentro de esa otra, una otra que tal vez en el pasado se ha encontrado y ha mirado con cierta altivez, con cierto aire de desprecio imperceptible salvo por los gestos, una altivez que es, era, incapaz de evitar.

Sale de nuevo a la habitación y recupera su asiento, junto a la cama. El pequeño, su hijo, no ha interrumpido su sueño narcótico. Antes se despertaba con cualquier ruido, hasta tal punto que María ha aprendido a moverse sin hacer ruido, como un gato. Desde que está ingresado nunca está del todo despabilado.

Mira su pequeño con la piel tan pálida, con los tubos descendiendo hasta terminar en agujas clavadas en sus venitas. Después de años sin usar pañal se lo han tenido que volver a poner, como si fuese un bebé, de nuevo. Comprende que es trágico. Siente pena, pero una pena abstracta, ajena, como si fuese el hijo de otra.

El niño de la cama de al lado se revuelve. También está grabe. Tiene una de esas madres espasmódicas. Se pasa todo el día llorando, suspirando y gimiendo, contando su tragedia en a todo el que la escucha, siempre la misma historia. Pero duerme toda la noche con un sueño pesado, difícil de quebrar. A María la exaspera. Se siente mal por ello, comprende que está mal. Algo está mal en ella. Siempre ha estado mal.

Recuerda cuando le dijeron que estaba embarazada. No hubo emoción alguna. Todo el proceso milagroso de una vida creciendo dentro se tradujo en vómitos, acidez, cólicos, mareos, asma y dolores. Dolor y más dolor hasta que llegó el alivio de librarse de ese ser que crecía como un parásito en su interior. Miró su hijo recién nacido, tan frágil, y pensó que ahora sería por siempre responsable de una vida. Sintió pena por él, por la mala suerte de tenerla a ella como madre. Una víctima colateral e inocente del camino que se obligaba a andar, simplemente porque así la vida era más fácil. Se había quedado embarazada por el mismo motivo que se había casado y tantas otras cosas: era lo que se esperaba de ella.

Desde pequeña supo que algo no andaba bien. No comprendía el mundo, no entendía todo ese código de sensaciones, emociones y expresiones que todos parecían compartir. No es que ella no sintiese nada. Tenía emociones que arrasaban su interior como un viento despiadado. Pero su lógica, la lógica de sus sentimientos estaba equivocada. Tenía que estarlo, ya que todos estaban de acuerdo en qué era lo correcto, lo idóneo. Los demás niños pensaban que era rara y se burlaban de ella.

Recuerda que intentó hablar con su madre, explicarle su versión,, pero su madre no quería escucharla. Al principio ignoró el comportamiento extraño de María, esperando que fuese alguna manía pasajera. Como siguió insistiendo, su madre inició una campaña de derribo reprendiéndola, ridiculizándola, castigándola, abofeteándola…. cada vez que se comportaba de un modo extraño, que era cada vez.

María se volvió retraída. Cuando logró pasar desapercibida la presión sobre ella se aflojó. Entonces aprendió a actuar. Imitaba, como un mono de feria pensaba María, los comportamientos de los demás para obtener aprobación. Observaba a los otros, sus reacciones, sus expresiones, sus palabras, y las repetía, aunque no las comprendiese, aunque no tuviesen lógica para ella. Había dos vidas completamente disociadas: la interior y la exterior, y cada una de ellas estiraba en una dirección diferente. Dio como vencedora a la vida falsa y enterró sus propios sentimientos en lo más profundo, hasta que dejó de sentir nada y era una cascara vacía. Tanto insistió que se convirtió en un modelo perfecto: la perfecta hija, la perfecta estudiante, la perfecta trabajadora, la perfecta esposa, la perfecta ama de casa, la perfecta madre, sin deseos ni anhelos propios. La vida era más fácil así.

Luego llegó su hijo. María puso especial atención en observar si su hijo era como ella. Si resultaba que era como ella, no sabía qué debía hacer. Pero no quería ser como su madre. Le explicaría la verdad, le diría: “hijo mío, te comprendo, pero es más fácil fingir”. No lo trataría como su madre la había tratado a ella. Tal vez no fuese una buena madre, pero al menos eso no podría reprochárselo.

Pero su hijo resulto perfectamente normal. Más que normal, luminoso. Feliz, empático, social, capaz de despertar ternura y amor en todos cuantos le rodeaban. En todos excepto en ella. Pero eso estaba bien.

Cuando el niño comenzó a enfermar María pensó, allí adentro dónde se escondía toda esa tempestad de sentimientos verdaderos, que el niño enfermaba por su culpa. Ella no estaba bien, no era una buena madre porque todo lo que hacía era falso. Por eso el castigo recaía sobre su hijo. Ella no merecía un niño tan perfecto. También sabía que aquel pensamiento era uno de esos que la gente no podía comprender.

Hizo lo que se esperaba: ser una madre abnegada ante la enfermedad de su hijo. Llegaron las pruebas, los llantos inconsolables, las noches en vela y el deterioro inexorable. Las demás madres y niños se alejaron rápidamente cuando la enfermedad persistió. La enfermedad es algo tabú, aleja a los sanos. María lo sabía bien por su experiencia, aunque ni lo comprendiese ni lo compartiese. Luego comenzó a distanciarse la familia, toda ella política, pues no le quedaba nadie más.

Luego su marido comenzó a no querer escuchar, a no querer saber. Acordaron que él trabajaría más y ella dejaría de trabajar para cuidar del niño. Con el dinero él apagaba su conciencia. Pronto comenzó a vivir una nueva vida, más feliz, con menos complicaciones. Se involucró con una compañera del trabajo con la que mantenía un romance apenas disimulado. Comenzó a salir con amigos como si fuese un soltero sin responsabilidades. Alquiló un pequeño piso en el centro de la ciudad, en el que se quedaba a menudo a dormir con la excusa de no molestarlos a ellos y de poder dormir él, ahora que trabajaba tanto. No soportaba más la vida en su casa, con su mujer, extraña y fría, tan perfecta que a veces resultaba odiosa, y su hijo cada vez más enfermo.

María no lo lamentó cuando le dijo que quería la separación. Todo el mundo encontró escandaloso que la abandonase, aunque María podía sentir que lo comprendían más a él que a ella misma. Le dejó mucho dinero, para acallar la conciencia.

Mira a su pequeño en ese sueño inquieto y narcotizado que le hace fruncir su ceño infantil. Piensa que debería ser ella la que estuviese en la cama. Pero no lo piensa como una madre apenada que cambiaría el padecimiento de su hijo por propio. Es algo más parecido a una conclusión lógica: su hijo está mal por su culpa, es una madre fraudulenta. Las consecuencias deberían recaer sobre ella. Sin embargo recaen sobre alguien inocente. Y el niño, aún en esas circunstancias, cada día sonríe y mira al mundo con esos ojos llenos de luz, y todo el que lo mira siente amor por él, y pena, y ira por la injusticia. No hay esperanza para él.

Se da cuenta de que no ha llorado ni una sola vez desde que ha enfermado. Se siente mal por todo eso. No está bien. El tiempo pasa lento y monótono en el hospital, como si estuviese atrapada en algún tipo de pesadilla. Se pregunta si esa tortura no es parte del castigo. Simplemente desea comenzar a caminar y dejarlo todo atrás. Salir por la puerta del hospital y no volver la vista atrás. Sentir el alivio que da la ignorancia, la distancia. Cada noche imagina que se marcha, fantasea con los lugares a los que irá y las cosas que hará, o simplemente con caminar interminablemente, como si fuese algo que va a hacer mañana, o unos días más adelante. Sabe que eso no está bien. Se siente mal por eso. Si su madre estuviese viva la despreciaría, la abofetearía.

Simplemente hace lo que todo el mundo espera que haga.

11 Comentarios Agrega el tuyo

  1. micromios dice:

    Una atmósfera insana no por la enfermedad sino por recriminaciones hacia uno mismo por no ser como se espera y no ser capaz de levantarse y marchar.
    A veces creo que nadie es feliz, o al menos está bien consigo mismo y con lo que le rodea.
    Salut

  2. Poio dice:

    Por momentos me siento como María. Pero a la larga vence el lado oscuro: hago todo lo que se espera que no haga. Supongo que es otra forma de falsedad también…

    sevemos

  3. MX dice:

    Habría que despertar a esta mujer de esta tortura. y luego decirle que nos despierte a nosotros.
    Aún poniéndome al día, desperezándome, disfrutando de tus letras.

  4. >O< dice:

    Wow, un hallazgo. Que precisión y fluidez. Ando con un dolor de espaldas que no se cómo transmitir al médico. Voy a usar el comienzo de este relato, aún corriendo el riesgo de que la semejanza con el dolor se extienda a todo lo demás. Terriblemente dulce.

    voyacambiar.wordpress.com

  5. fanou dice:

    Estoy sorprendida. He de decir que no esperaba que fueseis tan indulgentes con María, creía que la castigaríais más. Siempre lográis sorprenderme.
    micromios: Sin querer esta sociedad nos va inculcando una especie de reproche, de auto censura, que a veces es inexplicable y ridícula.
    Poio: Ser libre es un arte muy difícil. Tener que hacer algo por sistema, aunque sea llevar la contraria, es también una forma de controlarnos.
    MX: Despertar es difícil, y fuera hace mucho frío.
    >O<: Espero que tu dolor de espalda se cure y el resto… no está conectado al dolor físico, no temas. Pero al parecer es muy contagioso, teme.
    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.

  6. Por elegir la opción fácil, elegimos no elegir ser nosotros mismos…Supongo que, de todas formas, esa elección es algo que nos define.

    Me has dejado pensativa…

    Un abrazo

  7. eduard dice:

    Cada cual escoge la válvula que le es más adecuada para sufragar sus sentimientos y emociones. Los pensamientos rigen libres de normas, protegidos por la clandestinidad del silencio. La reacción ante los acontecimientos no son más que una versión de la condición humana.
    Perturbador, lo que se traduce en buena calidad. Felicidades.

    Abrazotes Wow

  8. Concha Huerta dice:

    Cuanto dolor en esta historia de culpa arrastrada. Una madre que se culpabiliza de la enfermedad de su hijo. La familia que se aleja. La vida en suspenso del hospital. Me han enternecido los matices de esta joven madre doliente. Un saludo

  9. locomer dice:

    en mi opiión, todo se juega ahí: “una madre fraudulenta”, una vida fraudulenta por haber apostado por una vida standart

    entre lo que somos y lo que hemos elegido ser sobrevuela la posilidad del error, de lo falso, siempre y cuando supongamos que hay un camino correcto, pues no hay que descartar que la otra opción también puede ser fraudulenta,

    tienes el arte de la precisión narrativa y psicológica

    saludos

  10. Eliseo dice:

    Ella está encadenada a ese hospital tanto como su hijo. Los viales que mantienen con vida al pequeño la atan irremediablemente. Y es que es muy difícil escapar cuando eres una cáscara, cuando no tienes fuerzas para andar, cuando es siempre un extraño el que te mira al otro lado del espejo. Aunque no creo que su madre la abofeteara por sentirse mal, por sentirse vacía. Al fin y al cabo es la mediocre victoria que siempre tendrá sobre su hija: haber conseguido crear un ser desgraciado.

    Fanou, me encanta (de encantamiento) cómo escribes

  11. annefatosme dice:

    Fanou se me había pasado tu relato por alto, lo siento de verdad!
    Desde luego el sentimiento de culpa de Maria crea una atmósfera asfixiante, muy en consonancia con la del hospital, con la enfermedad del niño. Al leer tu relato me han entrado ganas de huir, igual que a Maria. De todos modos dicen que el desear ser perfecto, o fingirlo lleva a la locura, por su imposibilidad.
    Una cosa de todos modos me llama mucho la atención, la madre finge ser perfecta rozando la locura y el niño perfecto se muere.La perfección une madre e hijo en los extremos, podría ser?
    saludos

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