Despedida

Cuando abre la puerta reconoce enseguida al hombre de la fotografía. El la realidad se le antoja más bajo de lo que aparenta en la instantánea. Quizás porque la edad ha encorvado sus hombros, al contrario que en la foto en la que aparece altivo, con una sonrisa radiante y con un sombrero alzado en gesto teatral. Pero es la misma cara afilada de nariz aguileña y ojos oscuros y profundos. No lleva frac pero si un brillante sombrero de copa.  Al ver a Vicente sonríe:

– Te pareces mucho a tu padre. Soy el sr. Svenja. – Habla con un acento afectado e indefinido.

– Gracias por venir. Como ya le dije por teléfono mi padre es Ramón Robleda. Aunque creo que usted no lo conoció con ese nombre.

– Claro que conozco a tu padre, por su nombre artístico y también por el verdadero.

– Es curioso, hasta hace muy poco no sabía que mi padre tenía nombre artístico. Nunca nos ha contado nada de su pasado, es un hombre poco hablador. Cariñoso, a su manera tosca, pero silencioso. Cuando hace poco empezó a hablar de “su familia”, nombrando personajes singulares con nombres rimbombantes pensamos que desvariaba. No anda muy bien de la cabeza últimamente. Pero insistió tanto en que tenía que hablar con usted que decidí investigar. Me costó mucho entenderlo, es incapaz de recordar los nombres de pila.  Tan pronto habla sin parar como se sume en un profundo silencio. Ha sido difícil dar con usted.

– Cuando se marchó también nos dejó a nosotros en un forzado silencio, en un obligado olvido. Como muchos otros, renegó de aquella vida.

– Ha venido muy rápido sr. Svenja. Sé que ha sido un viaje largo, pero no le queda mucho tiempo. Insiste en verle,  asegura que tiene algo muy importante que decirle.

*

Al entrar en la habitación el anciano con sombrero de copa a Ramón se le ilumina la cara. Lo reconoce al momento, algo que últimamente no sucede a menudo.

– Pero si es el mismísimo Fordini el Magnífico, gran mago e ilusionista, dominador de antiguas artes orientales, conocedor oscuros secretos mágicos y alquímicos…

– No hace falta que repitas mi entradilla entera… – Le interrumpe Svenja, sonriendo con los ojos brillantes y la cara arrugada – No voy a sacar nada de la chistera para ti.

Coge una silla y la acerca a la cama en la que reposa Ramón. Se quita el sombrero con gesto malabar y lo deposita sobre sus rodillas con mimo.

– Me he enterado de que estas enfermo. No podía creerlo: mi buen Ramón, fuerte como la roca. Tenía que verlo con  mis propios ojos.

– Oh, viejo, estoy en las últimas.  A ratos ya ni si quiera estoy… – Ramón se pierde unos instantes en su propio mundo, mezcla de imágenes inconexas del pasado que le señalan algo que no puede alcanzar del todo, pero tampoco se resiste al olvido. Al cabo repara en Svenja, que espera paciente a su lado – Tenía que despedirme ¿sabes? de todos ellos. He estado aguardando a que alguien viniese, para charlar un poco de los viejos tiempos. Eran tiempos felices. Ya apenas quedamos ninguno.

– Madama Louis murió el año pasado.

– ¿Sí? No lo sabía. No fui a presentar mis respetos.- Dice Ramón, mientras su cara se ensombrece.

– No importa. Murió feliz. Su familia es encantadora. Tiene una familia grande y ruidosa, llena de niños, como quería ¿Quién lo hubiese dicho?

– Si, es extraña la vida. Hubiese apostado a que moriría en el camino y mucho más joven.
Un silencio respetuoso vuela entre los dos hombres apenas unos instantes.

– Me han dicho que querías verme.

– Oh sí. Enterré la vida del camino tan profundamente en mi corazón que algunas veces me he llegado a preguntar si realmente existió todo aquello, o si fue un sueño de juventud.

– ¿Un sueño? – Svenja ríe – Eso es porque no recuerdas el frío y el hambre, sobre todo el hambre.

– Tienes razón. El hambre siempre estaba ahí, acechando. El frío al menos nos daba respiro, aunque recuerdo los sabañones en las orejas y los dedos de los pies.

– Pero siempre había alguien que tenía un mendrugo para dar, y si no un chiste o una canción para distraer el hambre.

– Si, la familia siempre estaba ahí.

– Hablando de familia, he conocido a tu hijo mayor, Vicente. Es tu vivo retrato. Se nota que te quiere. Mi muchacho se avergüenza de mí. Es médico, cirujano. Yo no encajo entre sus amistades, respetables herederos de casas en la costa, cuya idea de vida nómada es pasar un mes en su yate. Para ellos soy un fenómeno. Apenas hablamos. Mi hija, la mayor, se marchó con el circo. Tanto escucharme hablar le picó el gusanillo y decidió probar. Al poco se había enamorado, de un mago ¿Puedes creerlo? Le dije: hija mía no te enamores nunca de un ilusionista, son lo peor. – Ambos hombres ríen aunque en seguida la risa de Ramón se torna en una tos pesada que le agita el cuerpo. – A veces me pregunto si no hubiese sido mejor callar.

– Si no hablamos ¿Quién nos recordará cuando muramos? ¿Quién recordará a Roque el Increíble Forzudo?

– “Con la fuerza de doce hombres y el cuerpo duro como la roca”- Termina Svenja en tono solemne.

– Todo el mundo ama al circo.

– Al circo sí, pero no a las gentes del circo: los médicos nos acusaban de traer enfermedades, los tenderos de cualquier robo y los curas de todo mal. Por dónde el circo pasaba desaparecían unos y aparecían otros, las virtudes de las muchachas quedaban dañadas y la mente de los jóvenes hechizadas. Y toda la culpa siempre era siempre de las gentes del circo.

– Tienes que reconocer que éramos unos pillos.

– Eso no te lo voy a negar. Cuántas mujeres no habrán suspirado al ver tus músculos en acción.

– Y a cuántos no habrás timado tú con tus artes y tu palabrería, o les habrás distraído la cartera en un descuido…

– Cuántas veces no tuvo que ir el jefe de pista a sacarte del cuartelillo, por haberte metido el peleas.

– No menos de las que tuvo que buscarte a ti por meterte en apuestas y en líos poco claros.

– Todo para conseguir algo de dinero, o comida…

– O los favores de una dama…

– Aunque cuando estábamos en parada, un par  de meses al año en el mismo sitio, nos hacían sufrir. Aquellas gentes miserables de los pueblos en los extremos del circuito nos recordaban que no hay hogar para los feriantes fuera del camino. Nadie quiere el circo en casa mucho tiempo. Pero es en el camino dónde el feriante quiere estar. Hoy aquí, mañana allí y pasado en otro lugar. Libre y sin ataduras, con el polvo del camino siempre adherido a las ropas y la magia sostenida, sin enseñar los entresijos de gentes igualmente comunes.

– Fuimos grandes ¿verdad? A nuestra manera tuvimos la gloria.

– Sí, una gloria dorada. Pudimos sentir en nuestra piel la admiración, los aplausos, la ilusión, la risa de los niños… Pero no hay viejos en el circo. Cuando llegas a una edad otro más joven te sustituye y el circo te escupe, lleno de cicatrices, pobre y sin oficio.

– Tú al menos tardaste abandonar la pista. Es diferente para una contorsionista, un funámbulo o un forzudo.

– Pero al final las manos también fallan, te vuelves lento, torpe y cuesta aprender trucos nuevos. Prefieres quedarte una temporada en una parada y que te recojan a la vuelta. Sin darte cuenta te has quedado en la orilla mientras los demás continúan.

– A pesar de todo, el tiempo que pasé en la compañía es el tiempo más feliz que viví. Puedo recordar cada vez que alzamos esa carpa. Cada vestuario que confeccionamos, siguiendo la moda del momento, cosiendo parches y apliques al mismo traje gastado para que pareciese nuevo. Los números que ensayé, una, otra y mil veces, hasta lograr la perfección, y los que hubo que improvisar en el último momento.

– Cada vez que hubo que remendar la carpa, tapar una gotera en la chapa, reparar el motor de una caravana, buscar un médico de urgencia…

– Y las caras de todos los que quedaron en el camino… – Esta vez el silencio entre ambos es tenso – Yo… nunca te perdí perdón por lo de Gina.

Simplemente el nombre de Gina pronunciado en voz alta hiere a Svenja. El brillo en sus ojos se apaga y su cara se contrae en un gesto de dolor. Como si la herida aún fiese reciente.

– No fue tu culpa – Responde quedamente, mirando a Ramón.

Gina, la trapecista llegó al Gran Circo Italiano proveniente de una pequeña compañía disuelta. La única italiana de un circo italiano. Su madre había muerto en la carretera, de su padre nada se sabía. Una auténtica hija del circo. Primero fue contorsionista, pero llegaron las orientales y tuvo que reconvertirse en trapecista. No era la mejor trapecista del mundo. Pero era la muchacha más dulce que uno pudiese imaginar. Siempre alegre y cantando, siempre con una sonrisa y una palabra amable para cada uno. Los niños la adoraban, y ella ejercía de hermana y de madre con todos ellos. Además era hermosa como una muñequita, con ojos azules y tirabuzones dorados. En cada parada varios jóvenes se le declaraba, le juraban amor eterno y le ofrecían lo que tenían o lo que soñaban conseguir  para ella. Le pedían que se quedase o prometían seguirla hasta el fin del mundo. Pero los rechazaba amablemente. El corazón de Gina era el circo, y todos en el circo la adoraban. Era como la luz del sol.

Svenja se enamoró perdidamente de Gina. No se atrevía a declararle su amor. La amaba tanto, con cada fibra de su ser, que temía no soportar su rechazo. Mientras, componía hermosos poemas para ella, que luego transformaban en cancioncillas con la ayuda de Felipe y un laúd viejo y roto. Las buenas las incluían en el repertorio del bardo. El bardo no era nadie, aparecía y desaparecía, según las necesidades de rellenar huecos. Lo interpretaban varios, según permitiese el programa. Pero nunca Svenja, que tenía aquel acento eslavo y la voz serrada. Sin embargo sentía que cuando otro cantaba sus canciones, estas llegaban hasta Gina desde su corazón.

Cuando Ramón le declaró su amor a Gina y esta le correspondió, el mundo de Svenja se derrumbó. La amistad que unía a los dos hombres se debilitó. Svenja se dio a la bebida. Su número se volvió tan malo que muchas noches lo saltaban. Nadie sabía por qué estaba tan triste. Nadie excepto Ramón. Él si lo sabía, porque él y Svenja eran como hermanos, y entre hermanos a veces las palabras no hacen falta.

Svenja se planteó marcharse a otro circo, lejos de Gina y de Ramón. Al saberlo Gina fue a verlo para convencerle de que no se marchase.

–  Espera al menos hasta que Ramón y yo nos casemos. Quiero que seas nuestro padrino de bodas. Eres el mejor amigo de Ramón.

Svenja estaba dividido. Sabía que nunca tendría el corazón de Gina y estar a su lado era una agonía. Pero cualquier excusa le valía para no alejarse de ella, aunque se lastimase. Igualmente su número se había vuelto tan impopular que no recibía ofertas de ningún otro circo.

Un día Ramón y Svenja comenzaron a discutir durante los ensayos. El uno quería que el otro no bebiese más. Le insultó llamándolo borracho. Pero Svenja era listo y tenía la lengua y la mente ágiles. Dejó a Ramón por estúpido delante de toda la compañía. Cuando a Ramón se le acababan las palabras recurría a los puños. Svenja no tenía nada que hacer frente a eso. Ramón le encajó un derechazo y lo noqueó. Estaba medio inconsciente cuando el fatídico accidente sucedió. Gina ensayaba el número de la silla sobre el trapecio. Era un número muy difícil, pero Gina lo dominaba bien. Era su punto fuerte. Ensayaba sin red, con el trapecio colocado apenas a un metro del suelo. Nadie estaba mirando cuando al ensayar por enésima vez el número algo salió mal . No había casi riesgo y lo había hecho mil veces. Pero Gina cayó, de mala forma, y se partió el cuello. Así murió, sin gloria, sin testigos. Los enanos gritaron y alguien salió corriendo en busca de un médico. Pero era inútil.

Aquella noche el espectáculo fue uno de los mejores. Todo salió perfecto: los payasos arrancaron risas, los números entrañaron el máximo riesgo y el bardo cantó las canciones más bellas e inspiradas, aunque con un acento extraño. Nadie notó que faltaba uno de los números anunciados. Lo hicieron en honor a Gina. Era el mejor tributo que podían darle.

– ¿Dónde está enterrada nuestra Gina? No consigo recordarlo…

– Eso ahora ya no importa. Fue una auténtica hija del circo.

– Déjame decirlo: Lo siento, hermano mío. Ella no fue nunca una más. Yo también la amaba de verdad. Sé que no fue justo para ti, que siempre me culpaste de su muerte.

– Te culpé por no tener a nadie a quién culpar. Las cosas suceden así. No fue tu culpa. – Repite, no sabe bien si para Ramón o para él mismo.

– Fuimos grandes ¿verdad?

– Lo fuimos,  pero tú anclaste en el camino y nos olvidaste. Un hombre fuerte siempre va bien en el circo. Tu familia nunca te hubiese abandonado, no así, no en ese momento.

– Pero ya no podía… No podía seguir adelante sin ella. Ni enfrentar tu mirada furiosa y lastimada. No tuve valor…

– No importa. Ya te he perdonado. En realidad no hay nada que perdonar. Olvídalo. Recuerda sólo los momentos de gloria, en los que aclamaban nuestros nombres y la fama traspasaba la fina lona de la carpa y quedaba suspendida en cada parada. Cuando los circos se peleaban por nosotros y la vida era un camino infinito.

– Si, hermano. Gracias. Ahora podré descansar.

Ramón cae en un sueño plácido. Ya no despertará. Svenja lo intuye, cosas de la gente del circo. Pero Ramón murió al abandonar el circo, aún antes, cuando Gina murió. Svenja lo sabe bien. Un pedazo de alma se queda con cada uno de los que quedaron atras. Con Gina los dos murieron la mitad. Al abandonar el circo la otra mitad. Para un auténtico hijo del circo no hay lugar fuera de la carretera que pueda llamarse hogar.

Svenja presenta sus respetos y deja un programa sobre la mesilla en el que aparecen Ramón, Gina, Felipe, Louis, Svenja y todos los demás. Los nombres están escritos con hermosas letras rojas y doradas bajo dibujos del número de cada uno. Roque el Increíble Forzudo sostiene unas pesas de bolas con una sola mano, mientras que a su lado Fordini el Magnifico sostiene una chistera en alto de la que surgen estrellas y relámpagos. Sobre ellos se balancea una hermosa trapecista que casi parece tener alas, como un ángel.

22 Comentarios Agrega el tuyo

  1. micromios dice:

    Las historias del circo no sé por qué siempre tienen un regusto triste.
    Me admira la gente que es capaz de escribir tanto, yo que apenas paso de una cuantas líneas.
    Salut

    1. fanou dice:

      Gracias micromios.
      Escribir mucho no es garantía de escribir mejor, la brevedad es importante en los tiempos de hoy.

  2. g. dice:

    hermosa historia, Yolanda.
    salut,

    1. fanou dice:

      Gracias g.
      Quería que fuese una historia de amor trágico. Parece que sin el trágico no me sale nada…

  3. annefatosme dice:

    Has hecho un retrato muy certero de los cómicos que tienen que hacer reir a su público aunque estén llorando por dentro. Has captado el espíritu del circo en un relato trufado de anecdotas llenas de ternura.

    1. fanou dice:

      Es una aptitud y un arte lograr sonreír y transmitir alegría cada día pese a que en el interior suene una melodía diferente.

  4. Eliseo dice:

    ¿Quién nos recordará cuando muramos? Estoy seguro que los que tenéis alma de titiriteros seguiréis recordando. Supongo que yo también he estado enamorado de Gina y no me atreví a contárselo. ¡Maldito Ramón y maldito trapecio!.

    1. fanou dice:

      No, nadie excepto los que están en el circo recordarán a los que han dejado en el camino…
      Todos amamos a Gina y fuimos cobardes o valientes, todos perdimos a Gina y fuimos cobardes o valientes, todos somos malditos y benditos… a ratos.

  5. chrieseli dice:

    Nunca he logrado decidir si la vida del circo es muy farandulera que parece una tragedia o es muy trágica que parece una farándula.
    Un abrazo

    1. fanou dice:

      ¿Quién puede saberlo eso?

  6. locomer dice:

    el tiempo y el recuerdo, dos elementos que ayudan al perdón, aunque en ocasiones no lo aseguran, pero en este caso, las penurias compartidas lo hacen posible,

    me interesa sobre todo la idea de la necesidad de ser perdonados en el lecho de muerte,

    saludos

    1. fanou dice:

      La hermandad, la familia, como elemento salvador pero que no se elige me interesaba también en una familia no sanguínea.

  7. eduard dice:

    Y la vida sigue, Quién, sino los profesionales del circo, saben que ni ante la muerte debe detenerse el reloj.
    Los enanos corriendo alrededor del suceso, los tambores replican y el espectáculo continúa. Con ustedes…

    Edu

    1. fanou dice:

      El espectáculo siempre debe continuar…

  8. Fran dice:

    me gustó mucho. muy lindo el blog!

    1. fanou dice:

      Muchas gracias!

  9. Poio dice:

    Creo que por primera vez en los casi 4 años que te leo voy a decirte que un cuento tuyo no me gustó. Será que cuando las historias de vuelven reales dejan de gustarme. No sé…

    sevemos

    1. fanou dice:

      ¿No te gustó porque te parece demasiado real, sin ningún elemento fantástico? ¿Porque no te interesa para nada la temática? ¿O bien es porque no te gusta cómo está escrito, el estilo? ¿O tal vez consideras que no está bien resuelto el relato?
      Me interesa tu opinión.

  10. Concha Huerta dice:

    Nunca entendi las risas y los trucos entre animales enjaulados y redes. Tu relato me devuelve a esa melancolia de la infancia en que mis abuelos se empeñaban a llevarnos a un circo que nos afixiaba. Un saludo

    1. fanou dice:

      Alguna vez subiré una foto de las paradas de mi familia. Circenses no, pero feriantes si.

  11. cstax dice:

    Interesante relato de un amor compartido. En mi opinión (no experta) está bien construido y mantiene el interés del lector hasta el final, algo no fácil en estos contextos de lecturas rápidas.
    Nos leémos.

  12. Poio dice:

    Supongo que todo eso junto. El no tener elementos fantásticos es algo, pero no toda la razón, porque tenés historias que me encantan y no tienen nada de fantástico, como la de la chica que trabaja en un club nocturno.

    La temática en sí es buena (a quién no le gustaba el circo de chico) pero que se resuma a una historia romántica y a un trío amoroso ya no me gusta.

    Con respecto al estilo no me gusta eso de que sea sólo una conversación entre los protagonistas, con pocas partes realmente narradas.

    Y que no me guste el final tiene que ver con el primer punto también. Es como que espero todo el tiempo que pase algo que finalmente no pasa.

    Esa es mi opinión, espero no moleste a nadie.

    sevemos

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