Viento

UNO

Julien sale corriendo. Ignora los gritos que desde la puerta del bar le profiere Brando.

– ¿Qué sucede? – Pregunta con cierto tono asustado que Julien no le conoce. – No corras así por la carretera, es peligroso… Vuelve. – Le dice, ya lejos.

A veces el horror le alcanza y lo único que Julien puede hacer es correr, para ver si logra ir más rápido que el horror que le atenaza y que pretende enroscase alrededor de su corazón.
Corre y corre hasta que no puede más. Ya no ve las luces del bar. Únicamente hay oscuridad, apenas rota por estrellas titilantes en un cielo débil, sin luna. El viento sopla levantando el polvo de la carretera, robándole todo el calor. Julien se tira en medio de la carretera. Se está dejando llevar por una vorágine sin sentido. Es como un muerto en vida. Mira su mano derecha, en la palma hay una cicatriz abultada y rosa, el tajo que un día se hizo para ver si despertaba con el dolor, o con la amenaza.

Julien pintaba. Lo hacía de forma natural, instintiva, desde el alma. Siendo muy joven lo transformaron en un genio. Todo lo que hacía era una genialidad, brillante, post-moderno, auténtico y mil cosas más. Para él eso no llegó a significar nunca nada, toda esa admiración, merecida o inmerecida, que le llegó demasiado joven y sin esfuerzo. Jugó a los despropósitos, haciendo estupideces cada vez peores para ver hasta dónde llegaba esa adulación irracional. Buscó la ruina de su reputación como un experimento. No sintió perdida al desperdiciar algo a lo que no daba ningún valor. Le hacía gracia cuando personas próximas a él se escandalizaba de su desapego total por aquello por lo que otros hubiesen matado. Encontró el punto. Primero llegó el desprecio. Luego algo peor, el olvido. El olvido no emite juicios. Es desdeñoso, frío y solitario.

Cuando había echado por tierra su reputación, sus contactos profesionales y sus amistades, constató algo terrible: junto con su fama también se había agotado su inspiración. La magia que daba vida a sus cuadros, que antes surgía sin esfuerzo, estaba ahora totalmente seca. Pintaba cuadros vacíos que odiaba al instante mismo de ser terminados, mientras los pintaba, incluso cuando levantaba el pincel y manchaba el lienzo por primera vez, los odiaba.

Lo dejó todo atrás y siguió deshaciéndose, lejos de todo y de todos. Eso es ahora, nadie. Se siente vació, desnudo, inútil, muerto. Se hunde en la desesperación, en el abismo del que ha sido como un dios y luego todo le ha sido arrebatado. Julien es un ser dañado.

Está en un cruce de caminos. Recuerda la leyenda. A oscuras, tumbado en el asfalto grita:

– Si estas ahí, si puedes escucharme, diablo, espíritu o divinidad vengativa, lo que seas, te vendo mi alma a cambio de pintar como antes.

Nada sucede. Unas lágrimas resbalan por las comisuras de los ojos, empujadas a medias por la angustia y por el viento frío.

– ¿De qué sirve tener un alma inútil, un alma muerta? Si no me devuelves la magia, mándame un camión que me atropelle.

Por uno de los caminos aparece una luz lejana. Avanza rápido, demasiado rápido. Parece una moto. Julien no se mueve. ¿El conductor podrá esquivarle? ¿Será suficiente una moto para matarle?. La luz desaparece en algún punto cercano. Espera. Pero no vuelve a aparecer. Sólo se oye el viento, soplando a rachas tan fuertes que casi parecen chillar aquí y allá, entre las ramas secas de los árboles.
Al final Julien duda haber visto realmente la luz. El horror ha pasado, o se a acomodado alrededor de su corazón, un poco más. Tiene que volver. Se levanta, levemente mareado, y emprende el camino de vuelta. Caminando en la oscuridad casi insondable cree escuchar algo detrás. Se gira, pero no ve nada. El viento ahoga y esconde todos los ruidos. Sigue caminando. Ve de nuevo la luz amarilla por el rabillo del ojo. La percibe justo detrás suyo, cree que la moto le ha alcanzado y va a embestirle por detrás. Se gira, más asustado de lo que creía ante una muerte a la que hace unos instantes llamaba. No hay nada. Sólo su corazón latiendo en los oídos, y el viento. Sigue caminando, sintiendo la presencia detrás. No le hace caso. Se enfada con su con su miedo. Lo ignora. Entonces el viento tras él emite un silbido agudo que contiene su nombre:

– Julien – Chifla el viento desde detrás.

Se gira por tercera vez. Detrás de él, a su mismo ritmo avanza la luz amarilla. Como un mimo que tarda en reaccionar, la luz se detiene a unos metros de él. Julien ve unos ropajes negros agitados por viento alrededor de una figura femenina y encorvada. Porta un faro alzado en la mano. A su alrededor la luz parece un charco amarillo derramado en el suelo. Con la mano libre le indica que se acerque. Julien anda como hipnotizado los pasos que le separan del círculo irregular de luz amarillenta. Está como en un sueño. La capucha no le deja ver la cara de la mujer. Ella escupe en el suelo y con la flaca y arrugada mano libre saca un frasquito lila, que brilla en miles de prismas coloridos bajo la luz del farol. Una voz que parece hecha de viento y ramas que crujen y friegan unas contra otras dice:

– Una gota y tendrás un sueño. Verás un mundo maravilloso, al despertar lo pintarás. Cuidado, tres gotas y no podrás despertar.

La vieja deposita el frasco en la mano de Julien tendida como con vida propia en pos del regalo de la mujer. La negra figura de ropajes en continuo movimiento gira y se aleja. Al poco deja de percibir la cambiante silueta y sólo ve el farol, que, como un insecto, vuela rápido hasta perderse por algún camino.

Julien entra en el bar. Brando le pregunta:

– ¿Qué te sucede? ¿Por qué corrías de esa manera? ¿Dónde has estado?

Demasiadas preguntas para Brando. Demasiadas preguntas para Julien. Entra en el baño abre el frasquito.

– Seguro que he tomado cosas peores – Piensa y  deja caer una gota sobre su lengua. Inmediatamente cae en un trance profundo, tan rápido que se golpea la cabeza con la taza en la caída.

Cuando despierta está en su camastro en la parte trasera del bar. La cabeza le palpita. Ha visto un lugar maravilloso para el que no tiene palabras. Sólo puede describirlo como el paraíso. Sólo puede plasmarlo con pintura. Coge sus pinceles, largo tiempo olvidados, descuidados. Sin tiempo para montar el lienzo, lo extiende en el suelo y se pone a pintar allí mismo. Al cabo Brando aparece en su campo de visión.

– Déjalo un rato, llevas horas así.

Es de noche. Julien se pregunta cuánto tiempo ha pasado. Brando mira maravillado el lienzo en el suelo.

– Es bonito. No sabía que supieses pintar. Nunca había visto algo tan… hermoso.

Julien gira la cabeza y mira su propia obra. La magia se rompe, el recuerdo se desvanece. Ve el cuadro: una burda copia de lo que han visto sus ojos.

– ¡No! ¡No! ¡No! – Grita, y lanza los pinceles contra el lienzo en el suelo. Luego un tubo de pintura roja. Brando lo detiene antes de que lance uno de pintura amarilla y rescata el cuadro del suelo.

– Descansa. No has dormido apenas. La herida sangra.

Julien palpa su frente y al tocar un latido de dolor le recorre el cuerpo. Cuando Brando desaparece con el lienzo inútil entre las manos, Julien de pronto recuerda algo. Busca con desesperación el frasco. Lo encuentra en el cajón de la mesita. Suspira aliviado. Toma otra gota, esta vez sentado en la cama. Cae inmediatamente en trance. Al despertar tiene el recuerdo de lo que ha visto aún tras las pupilas. Intenta pintarlo, de nuevo, rápido. Al cabo la magia se rompe, ya no recuerda nítidamente. Cuando la imagen se desvanece completamente, su propia obra emerge. Le parece desdibujada, falsa, pobre. Intenta destruirla.

– No merece ser salvada, no refleja la realidad, es como si un prisma lo deformase y afease.

– Yo creo que era una pintura muy bonita.- Dice Brando desde el vano de la puerta.

– ¿Bonita? – Suelta Julien con desdén.- Qué estupidez.

Ya no le importa la pintura, sino volver a ver. Coge el frasco y antes de que Brando reaccione toma una gota y cae en trance.

Al despertar pinta un nuevo cuadro. Este no llega siguiera a terminarlo antes de que la ilusión se desvanezca. Furioso, Julien tira el agua sucia de los pinceles por encima. Aun no satisfecho lo pisotea con los pies descalzos. Siente la pintura resbaladiza bajo los pies. Brando entra y congela la cara de asco de Julien unos instantes.

– Debes dejarlo ya. Llevas tres días sin apenas comer, ni dormir. Descansa, luego pintarás mejor.

Julien se abalanza hacia el frasco, pero Brando se le adelanta y se lo arrebata.

-Hoy descansarás.

Le deja un bocadillo y agua en la mesita y se va.

DOS

Sólo en la habitación Julien es presa de un ataque. Grita, luego gime. Golpea la cabeza contra las tablas. Luego las araña con los dedos. Brando lo escucha y se pregunta que mierda será la que hay en el frasco.

Pasan horas antes de que se calme. Ha tenido que poner la música alta para que los clientes no lo escuchen. Pero ahora lleva un buen rato en absoluto silencio. Brando entra en la habitación. Julien penas ha tocado la comida. Se acerca a ver si está de mejor humor. Está rígido. Lo toca. Está frío y húmedo de sudor. Parece en trance, igual las otras veces que ha tomado el líquido extraño ¿Será que aún hay droga en su organismo? Brando va a comproblar el lugar en el que ha escondido el frasco. No está.

Cuando vuelve a la habitación  Julien está despertando. Coge los pinceles con febril manía ignorando las increpaciones y las acusaciones que le profiere el barman. Brando descubre el frasco encima de la mesita ¿Cómo ha podido salir y cogerlo del cajón bajo la registradora sin que él se de cuenta?
Brando observa a Julien pintando, concentrado, como intentando atrapar una imagen huidiza que se reflejase directamente sobre el lienzo. Al ver el cuadro la mágia de la pintura le atrapa. Nunca ha sido especialmente sensible para el arte, pero aquellas pinturas de Julien le maravillan, le conmueven.
Los ojos de Brando se enrojecen, casi lagrimean en un llanto contenido. Su primer impulso cuando Julien intenta destruir el cuadro es salvarlo. Lo coge y lo atrae hacia sí, dando la espalda a Julien, que detiene en el aire una mano alzada con unas tijeras con las que pretendía destrozar la pintura.
Hay un momento de tensión. Ambos se lanzan entonces a por el frasco. Lo que sea que es ese líquido lila tiene que ser algo pernicioso, piensa Brando. Forcejean, pero él es mucho más grande y logra arrebatarle el botecito sin problemas. Lo estrella contra el suelo.
El contenido escapa, empapa la madera del suelo y se escurre rápido entre las juntas. Julien chilla. Cae de rodillas e intenta lamer el líquido, que se evapora rápidamente. Lloriquea y se arrastra a gatas mientras insulta a Brando, presa de una ira atróz que le estremece el cuerpo. Brando sale abochornado de la habitación. Julien al fin se queda tirado en el suelo, mirando al techo. Brando cierra la puerta para no tener que verlo.

Una vez a solas Brando mira la pintura. Cada vez que posa la vista sobre ella ve el lugar en el que jugaba en su infancia, pero no el lugar real, sino el lugar mágico que imaginaba en su cabeza. No puede apartar la vista, el paisaje parece estar vivo, invitarle a entrar. Hace un esfuerzo para apartar la vista del cuadro y plegarlo. Piensa en quemarlo. Finalmente lo esconde tras un armario, junto al primero.

El día pasa sin que Julien haga ruido o salga de la habitación. A última hora de la tarde Brando le prepara su mejor plato para firmar la paz. Antes de entrar siente un escalofrío. A través del quicio de la puerta se escapa una corriente fría. Abre la puerta y encuentra a Julien en el mismo estado de rigidez fría y sudorosa que las veces anteriores.

– No puede ser. He roto el frasco. – Piensa calmando un atisbo de ansiedad.

Se agacha a su lado y lo coge para llevarlo a la cama. Cuando lo alza de su mano se escapa un objeto de cristal que brilla reflejando la luz mientras rueda. El frasco lila, intacto, queda a los pies de Brando. No comprende. Por un momento se asusta. Luego recapacita. Tal vez Julien tuviese más de una botellita. Tal vez ha ido a buscar más. No eso no es posible. Tal vez se la hayan traído alguien… ¿Quién?
Aplasta la que tiene delante con la bota hasta que la siente estallar bajo su peso. Tumba a Julien en la cama y se pone a registrar toda la habitación en busca de más.

Antes de que el registro acabe, Julien se despierta y se pone a pintar, ignorando por completo a Brando.
Una vez que Julien empieza, Brando no puede evitar evitar mirar la escena, que se forma a toda velocidad frente a sus ojos. Al poco puede reconocer los lugares a los que quiere volver, los lugares dónde quiere ir, los lugares dónde quiere perderse. Cuando el otro deja caer los pinceles, antes de ser presa de ese extraño ansia destructiva que le atenaza siempre tras pintar, Brando retira el cuadro.

– No vale nada. Es una mierda. No es ni si quiera una milésima parte de lo que he visto. Un insulto al original.

– A mi me gusta.

– Tú eres un estúpido ignorante. – Mira al suelo y descubre la botella lila hecha añicos – ¿La has roto otra vez? No importa. – Mira a los ojos de Brando directamente – Sabes que no importa.

Brando vigila unos días muy de cerca a Julien. Intenta descubrir si alguien le pasa la droga. No sabe cómo, pero haga lo que haga la botella siempre aparece junto a Julien. No puede evitar que la droga aparezca una y otra vez, misteriosamente.
Desesperado, intenta impedirle que pinte. Aprovecha uno de los trances para deshacerse de todos los enseres de pintura de Julien. Eso no le detiene. Utiliza los bolígrafos y lápices que encuentra y pinta en las mesas, en servilletas y en casi cualquier superficie. Brando se lo pone dificil, esconde cualquier cosa con la que pueda dibujar, hasta las tizas con las que anuncian el menú diario en la pizarra. Julien utiliza los cuchillos para tallar una escena enorme por todo el suelo de la habitación, se corta y acaba pintando incluso con su sangre, antes de que lo descubran. Brando pone en custodia todos los objetos cortantes.
Julien comienza a sufrir ataques de locura, en los que grita y lanza objetos a Brando. Al final cae presa de una especie de estado catatónico. No se levanta nunca de la cama. Cuando no está en trance bajo la influencia de la droga se queda quieto mirando el techo.

Al final Brando se rinde. Ha mandado a analizar el contenido y le han dicho que es agua. Haga lo que haga, la maldita botella de cristal siempre vuelve a aparecer.  Los cuadros hechizan, de eso no hay duda. Todo el mundo que los mira, sobre todo la primera vez, experimenta una intensa emoción. Algunos lloran a lágrima viva, otros sonríen con felicidad pura, otros se abalanzan sobre la pintura. Los que han visto alguno, vuelven una y otra vez, intentan comprarlos a cualquier precio, como si los cuadros también fuesen una droga.
Brando está convencido de que esa magia proviene de la botella y ha de ser dañina. Pero es peor desde que no pinta. Apenas reconoce en la ruina al muchacho hermoso que entró a preguntar por el trabajo apenas un año atrás, pateado por la vida. Le deja a Julien todo lo necesario para pintar de nuevo en la habitación.

Una vez que recupera la posibilidad de pintar se anima un poco. Vuelve a levantarse de la cama, come más, a veces incluso habla. Brando se ha dado cuenta de que ahora toma las gotas mucho menos a menudo. Pasan días, incluso semanas entre una toma y otra. Tal vez el muchacho esté reaccionado.

Brando tiene fe.

TRES

Julien sabe que el líquido se acaba. Se ha dado cuenta al tener que inclinar cada vez más el bote para conseguir la deseada gota. Es curioso como el frasco se ha roto dos veces, ha sido mermado y vaciado otras tantas por Brando y siempre vuelve a su estado anterior. Pero el líquido que el toma no vuelve, no se regenera. Intentó espaciar las tomas, para que le durase más. Esa no es la solución, más pronto que tarde se terminará. Intentó contactar con la mujer de negro volviendo al camino. Después le pareció una estupidez. Además Brando no deja de vigilarlo y perseguirlo por todos lados.
¿Qué va a hacer cuando el líquido se acabe? ¿Cómo volverá a ese lugar maravilloso? ¿Por qué no le avisó de que el trato caducaba? Sabe que esta perdida va a ser mucho mayor y mucho peor que la anterior. De hecho no cree que pueda soportarla. Sonrie al pensar que en otras circunstancias ese sería un gran tema de inspiración. Le hubiese gustado pintar sobre eso, si no fuese porque sabe que existe el mundo tras la puerta y eso es lo único que merece ser pintado. Ha descubierto tanto… ¿Lo van a dejar ahora fuera? Que injusticia tan cruel y diabólica.
Ha tomado una decisión. Deja simplemente una nota para Brando: Le pide perdón y le agradece lo que ha hecho por él. Le libera de culpa y le desea felicidad.
Quedan sólo tres gotas.

*

– ¿Quién puede ser feliz ahí fuera? – Lee Brando al pie de la nota de Julien.

El viento sopla con furia afuera.

7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MX dice:

    Fanou, un ritmo espléndido, no me pareció largo ni mutilado, jeje. Es imposible de parar de leer, me gustó.
    Extraños elixires nos tientan cada día, como el escape a la eterna pregunta final de la nota de Julien; para mí, la respuesta y la consecuencia está bien clavada en nuestro interior.
    Saludos!

  2. annefatosme dice:

    Un relato con ritmo huracanado, en sentido literal cuando el protagonista, al principio del relato, sale en medio del vendaval y vende su alma al diablo y en sentido figurado cuando pinta preso de un ciclón creativo y destructor. Se oye el rugido de la tormenta trás cada palabra.

  3. chrieseli dice:

    “El olvido no emite juicios. Es desdeñoso, frío y solitario” Es el leit motiv de tu relato. El vendaval de los recuerdos que no deja en paz a nadie le dan la movilidad y energía que precisa para atrapar al lector. Concuerdo con MX ampliamente
    Un abrazo,

  4. micromios dice:

    Vender el alma por la pasión por crear y no lograr lo que se presigue ha de ser el peor de los castigos.
    La botellita contiene la inspiración pero pero es voluble como el viento y no regala sino es a través del sufrimiento, la obra que satisfaga al artista
    Supongo que cada uno tenemos diferentes lecturas de un texto.
    Salut

  5. Camaché dice:

    El arte es como una drogra para el artista. Muchas veces cuando el artista se queda sin ideas, suplica a los Olímpicos un poco de ambrosía, y para su desgracia, cuando estos se la dan, entonces zaz! queda el artista ahí, enganchado a una idea, aferrado a un sólo tema, y es ese el único motor de sus ideas.
    Es cruel, duele y el alma se quiebra cuando se le acaba la gasolina…

    ¿Es el arte el vicio más fuerte de del artista?… tú relato me ha dejado pensando, me surgen muchas preguntas.

    Una vez oí algo que decía que algunos artistas se encargan en la historia de preguntar, y otros de responder… este caso viene siendo el primero.

    ¿será el artista un adicto por que así fueron los designios del destino?.

    Sin duda me ha encantado lo que dice tu relato, mas no cómo lo dice.
    La narración llegó a hacerseme tediosa en un punto. Se me tornó monótona y a un sólo ritmo. Pero supongo que es cosa de percepciones, “supongo que cada uno tenemos diferentes lecturas de un texto” como ya dijo Micromios.

    Saludos.

  6. Poio dice:

    ja… Leo los comentarios anteriores y pienso: jamás podré ser crítico literario😦

    Yo no tengo percepciones de un texto. No le busco razones, ni leit motiv ni enseñanzas ni nada de eso. Me gusta o no. Y en este caso me gustó muchísimo, salvo el final, que es bueno, pero quedó como truncado así de golpe.

    Vos seguí escribiendo así que yo voy a seguir leyéndote siempre.

    sevemos

  7. fanou dice:

    Gracias, muchas gracias a todos por leerme.

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