El Club

Elena se unió a “El Club” como por broma. No recuerda de dónde sacó las referencias. Fue por internet, eso seguro. Se ha llegado a plantear la posibilidad de que la eligiesen desde la organización. Está  convencida de que le hicieron llegar los enlaces de forma tele-dirigida. Se pregunta si tiene algún tipo de aptitud o un perfil psicológico del que se desprenda que es especialmente apta para esto, justamente ella.

Todo en la organización es muy anónimo. Un e-correo con un enlace y sin remitente aparece los viernes a las siete. Sólo puede abrir el correo desde su portátil, si intenta abrirlo desde otro ordenador desaparece. La página a la que es re-dirigida, sólo está visible durante una hora. Contiene explicaciones e instrucciones muy sencillas, dirigidas exclusivamente a ella. No ha dudado ni por un momento de que el asunto fuese en serio, que fuese una broma, o una trampa. Al principio guardó silencio porque era excitante. Ahora guarda silencio porque sabe de lo que son capaces. No vacilarán en tomar medidas si decide ser un elemento anómalo del Club, aunque nunca la han amenazado, ni le han dicho nada en esa dirección. Y también, por que no decirlo, porque quiere seguir.

Al principio las misiones era como de prueba: hacer sonar la sirena de incendios en un edificio, robar algo valioso, matar el perro del rector… Todo sin delatarse.
Luego fueron subiendo de nivel: envenenar el agua de los jugadores del equipo de fútbol. Provocar, mediante una reacción química, que el autobús 15 de la linea se incendiase durante un trayecto. Debilitar estructuralmente el hierro que sostenía una gradería… Todas sus acciones pasaban por accidentes cuando no totalmente desapercibidas. No falló ni una sola vez.

Una vez la curiosidad la venció. Trato de averiguar algo a través de los correos que le enviaban. Los correos no siempre son expeditivos, a veces simplemente le ordenan que se ejercite físicamente, estudiar algo concreto o ejecutar tareas aparentemente inocentes. Le enseñó uno de esos correos a Rafa, un conocido experto en informática. Él, amante de los retos informáticos, quedó fascinado con lo blindado del sistema que utilizaban. Se comprometió a intentar descifrarlo. Quiso saber más sobre el misterioso Club, pero Elena le dijo que no le contaría nada hasta que él no lograse alguna información a cambio. No sospechaba de que iba el asunto y Elena le dio indicios falsos: creía que era un club elitista de alumnos de la universidad. Como una hermandad secreta.
Rafa vino al día siguiente muy enfadado. Todos sus dispositivos electrónicos: ordenadores, consolas, móvil y demás habían quedado inutilizados por la noche. Miles de euros a la basura. Elena sabía que habían sido los del club. Rafa también. Exigió que le pagasen por los daños o los denunciaría. En ese momento Elena se dio cuenta de que había sido una mala idea.

– Inténtalo. Busca algún indicio de quienes son, alguien a quien señalar, alguna prueba de que les incrimine. No obtendrás nada.

– Te señalaré a ti. Te denunciaré al tribunal universitario.

Muy mala idea.

– Lo que ha sucedido bien podría ser debido a una subida de tensión. No tengo nada que ver con el asunto.

Elena estuvo asustada de las posibles consecuencias un tiempo. Pero esa misma semana, Rafa fue denunciado y lo cogieron con drogas duras en su habitación. Perdió toda credibilidad y lo expulsaron de la residencia. Poco después era un adicto a las drogas. Sus notas se hundieron, sus amistades lo abandonaron y se perdió tragado por el sumidero sucio de aquella ciudad.

Lo que más asustaba Elena, pero, era que  decidieran castigarla. No hubo mención al incidente de Rafa, ni la más mínima referencia. Sucedió mucho tiempo atrás, al principio de su pertenencia. Ahora lo recordaba con una leve inquietud, pensando que podría haber quedado fuera.

Sigue evitando escrupulosamente acudir a las clases que se imparten en el aula de la gradería debilitada. Pero no vive con miedo. Para ella estar en el club es la mejor garantía para salir ilesa de sus movimientos extraños. No piensa en abandonarlo. No le inquietan las consecuencias de sus acciones, ni le interesa saber que finalidad tienen. Tampoco le interesa saber que otras fichas mueve el club. Le gusta pensar que es una ejecutora, un arma en manos de otro ¿qué importa qué manos? ¿qué importa que fin? Ella, que parece una jovencita modelo, que vende una imagen de inocencia e ingenuidad, tan educada y correcta, con unas notas brillantes, diestra en todo lo que emprende, envidiada por ellas y admirada por ellos, conocida por todos y a la vez tan esquiva y misteriosa. Eso le gusta, le hace subir la adrenalina, los sentimientos la inundan en explosiones. Nunca hubiese pensado que era así, que podía sentirse así.

Es viernes y son las siete. Elena abre el ordenador en la soledad de su cuarto, esperando las instrucciones. Se convence a si misma de que está serena. Respira pausadamente y controla su interior. Se imagina, como dicen las instrucciones de meditación, que tiene una delicada llama dentro y que debe mantenerla quieta iluminando firme y sin parpadeos, conteniendo cualquier alteración en su interior. El correo aparece, lo abre y pincha el enlace. En la página van apareciendo las instrucciones. Al leerlas su pulso se desboca. Tiene que hacer un esfuerzo, está sobre excitada. Su misión de hoy es matar. Sin duda la más importante de todas cuantas ha hecho hasta ahora. Una leve sonrisa se le dibuja en los labios y transforma su rostro iluminado por la fosforescencia de la pantalla en una visión angelical. Reconoce que hace tiempo que lo espera. Lee las instrucciones una y  otra vez, incluso después de memorizarlas, hasta que desaparecen de la pantalla.

Pone especial empeño en actuar como siempre, en pasar desapercibida hasta que llega el momento indicado. Tiene la bolsa de deporte, que ha recogido en el lugar indicado, con el equipo necesario. Tal como las instrucciones dicen en el momento oportuno se origina un pequeño incendio en la planta baja de la residencia. Se monta un jaleo enorme y casi todos los estudiantes salen del edificio. Cuando el silencio en su planta es absoluto, abre la puerta con prudencia. No hay nadie en el pasillo. Va vestida con un mono azul, debajo lleva un relleno que oculta la forma de su cuerpo y la transforman en un tipo regordete. Calza zapatos grandes y de hombre. El pelo está recogido, con una redecilla y encima lleva una peluca. Gafas oscuras, gorra negra y una mascarilla completan el disfraz.  Lleva unos guantes de látex color carne que simulan unas manos de forma muy eficaz. En una mano sujeta una caja de herramientas que parece de metal, pero es muy ligera. Parece uno de los operarios que vienen a reparar la luz, la caldera o las tuberías.

Camina hacia las escaleras al fondo del pasillo. Pero en vez de bajar, como sería de esperar, comienza a subir. Al principio duda, mirando hacia los lados. Tras unos segundos, recita las instrucciones como un mantra y redirige su actitud. Sube rápido, con decisión y mirando al suelo. En un momento dado se cruza con varios jóvenes que bajan corriendo. Elena sigue su camino y ellos pasan de largo, ignorándola. Cuando ya todos la han rebasado el último se gira y le grita desde un tramo más bajo:

– Eh, señor, al parecer hay un incendio, están recomendando a todos que salgan del edificio. Debería salir.

Elena se queda petrificada. Sin levantar la cabeza, señalando vagamente hacia arriba musita la frase que tiene preparada:

– Voy a cerrar un conducto de gas, es por precaución.

Lo dice tan bajo que sabe que el chico por fuerza no debe haber escuchado nada. Luego sigue subiendo, sin mirar atrás. Para su alivio observa por el rabillo del ojo que el chico no se ha detenido y sigue bajando sin prestarle atención.

Unos tramos más arriba llega a la planta indicada. Recorre el pasillo hasta encontrar el número de habitación correcto. Llama primero, nadie responde. Saca la llave electrónica maestra y abre la puerta en unos segundos. Una vez dentro cierra la puerta y la asegura por detrás con una silla. Abre la falsa caja de herramientas y saca una jeringuilla con un líquido transparente. Rebusca en el armario y encuentra unas barritas energéticas. Coge una y despega apenas el papel plastificado que la envuelve por una esquina, hace pasar la aguja, se asegura de pinchar el contenido e inyecta una dosis. Luego la vuelve a dejar entre las demás. Busca una taza de la que ha leído una descripción exacta. Cuando la encuentra echa una nueva dosis, esta vez en un trozo de algodón, y frota minuciosamente el borde. Busca después el cepillo de dientes y aplica una tercera dosis del líquido de la jeringuilla.

Está recogiendo todo de nuevo en la caja cuando escucha con ansiedad como unos pasos se acercan pesadamente por el pasillo. Unos hombres abren cada puerta, inspeccionan y vocean, en busca de estudiantes que se hayan quedado atrás. Los bramidos de los bomberos se acercan rápida y peligrosamente.

Por un momento la ansiedad se dispara y Elena no puede moverse. Su cerebro corre vertiginoso, llevándola a través de escenarios y desenlaces nefastos. Pero recuerda la llama. Al tratar de hacerla brillar firme y sin parpadeos, su interior se vacía, la tensión se relaja y reacciona justo a tiempo. Coge la silla que bloquea la puerta y la aparta. Con el mismo movimiento empuja la caja, aún abierta, bajo la cama. Se acerca rauda al armario ropero y se mete dentro. Cierra  justo a tiempo, antes de que los hombres golpeen la puerta de la habitación, abriéndola tan violentamente que golpea la pared.

– ¿Hay alguien aquí?… Nada en esta tampoco.

Pasan de largo.

El tiempo pasa lento.
Primero espera dentro del armario hasta que le parece que los bomberos han cambiado de planta. Luego sale cautelosamente y cierra la puerta de la habitación. Sabe que eso puede levantar sospechas, pero al menos no la verán desde fuera. Tiene que esperar lo suficiente como para que los hombres se marchen. Pero no demasiado como para que apaguen el incendio o la gente vuelva y la encuentren a medias. Ha intentado dejar el armario igual que antes de su inesperada irrupción dentro. También a colocado la silla en su posición original, ha recuperado la caja y se ha asegurado que no se deja nada ¿Qué tiempo es el correcto esperar? Las instrucciones suelen ser precisas y detalladas en todos los aspectos. Siguiéndolas nunca ha tenido problemas. Pero la irrupción de los bomberos no estaba prevista en las instrucciones.
El tiempo pasa lento.

En un momento dado decide que es suficiente. Sale de la habitación y deja la puerta abierta, como todas las demás. Tiene que bajar de nuevo hasta la suya propia. En las escaleras hay humo, el incendio parece que se ha descontrolado ¿Estará ardiendo toda la planta baja? Baja las escaleras corriendo. Tiene miedo de encontrarse a los bomberos subiendo o bajando. Llega hasta su habitación, la puerta está cerrada. Eso significa que los bomberos van de arriba a abajo y que aún no han llegado a su planta, la primera. Tiene suerte de no habérselos cruzado.

Entra, coge la bolsa de deporte y mete la falsa caja de herramientas. Rápidamente se despoja de la mascarilla, las gafas, la peluca, la redecilla, los zapatos, el mono, el relleno y por último los guantes, que van cayendo dentro de la bolsa de deporte. Debajo lleva su ropa, sólo le faltan las zapatillas. Se calza sin desatar los cordones, coge la bolsa y sale.

De nuevo en las escaleras. Aún tiene miedo de encontrarse con los bomberos, pero al menos ahora no va extrañamente disfrazada y puede justificar su presencia diciendo que se ha quedado rezagada. Baja hasta un pequeño rellano. Aquí la escalera se divide en dos y baja por ambos lados del cuarto de admisiones. Por uno de los lados, el izquierdo, sube un humo espeso que se pierde escaleras arriba. Se asoma. Le pican los ojos y la garganta, al fondo ve las llamas. Lanza la bolsa asegurándose de que cae dentro. Todo el equipo está hecho de un material especial. Al contacto con el fuego prende y se volatiliza en unos segundos.

Vuelve hacia atrás en el mismo momento en que un pequeño grupo de gente baja. Se mezcla con ellos y alcanza al fin la planta baja. En el hall unos bomberos intentan apagar el incendio con mangueras. Un hombre grita detrás de ellos, los empuja hacia afuera y los lleva cerca de una ambulancia. Un sanitario se les acerca solícito, para examinarlos. La gente se agolpa alrededor de los que van saliendo en último lugar, intentando captar algo nuevo. Ella se mezcla con la multitud y se funde con ella. Lo ha logrado. Limpiamente. Entre la emoción y el humo los ojos le lloran.

Han pasado unos días desde el incendio. Fue declarado como fortuito. Es increíble lo rápido que la gente vuelve a la normalidad, a su rutina, aunque las cicatrices de los sucesos pasados queden largo tiempo expuestas. Allí están, los vestigios más difíciles de borrar acompañan a un cotilleo desgastado y deforme

Pero eso no le interesa nada. Lo que le interesa saber si ha realizado su tarea correctamente, si ha tenido éxito. La toxina que ha puesto tardará entre dos y tres semanas en hacer su efecto completo. Mata con una sola dosis, se ponen tres por seguridad. Una vez ingerida, dependiendo de la cantidad, el individuo sufrirá diferentes indisposiciones y afecciones hasta que estas derivarán, invariablemente, en un paro cardiaco. Para entonces el veneno ha desaparecido del organismo y también del escenario.

Elena mira las escaleras. Sabe que ahí arriba hay un tipo muerto que camina simplemente porque aún no sabe que está muerto. En el Club no le dirán si ha tenido éxito. Nunca hay referencias a casos pasados, mucho menos palmaditas en la espalda. No es que espere felicitaciones, simplemente quiere saber. Mira las escaleras y desea subir y llamar a la puerta de esa habitación y ver quién la abre. Ver cara a cara la muerte. Pero no debe. Debe actuar con total normalidad, como si el veneno no estuviese consumiendo a un infeliz ignorante por obra de su mano. No ha tenido relación alguna con él, no sabe que aspecto tiene, y así debe ser.

Elena tiene un pequeño temor, teme que la euforia de lo que ha hecho y a la vez la decepción por no poder contemplarlo la delaten. De nuevo se imagina la llama, la hace brillar, sin parpadeos.

16 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MX dice:

    Excelente, quedé enganchado de principio a fin tanto por la historia como por tu habilidad para contarla.
    Por otro lado, si alguna vez te solicitan referencias de algún tipo, puedes entregar el mío sin problemas…

    Buena suerte y más que suerte!

  2. Camaché dice:

    Bastante efímero.
    Bueno pues como ya dice el comentario anterior, a mi también me mantuvo enganchado de principio a fin. Muy buen ritmo, escribes muy bien. Pero opino (y que no se malinterprete) que esto pinta más de noticia que de cuento. Por qué?. bueno a mi parecer las letras deben dejar una impresión en el lector, no deben quedarse sólo en la pantalla. creo que en eso reside la magia de un buen cuento, en su trascendencia.
    Y esto bueno, pues es la historia típica (que no mala, sin ánimo de desmeritar). Pero si le hace falta el puntito para pensar.
    cierro de la misma forma como abrí.
    Bastante Efímero.

    Saludos.

  3. annefatosme dice:

    Bueno Fanou, te has hecho esperar pero ha merecido la pena. Tu cuento engancha del principio al fin, es inquietante,muy actual. Ayer estuve viendo en la tele la película: Una mente prodigiosa que refleja la historia de un matemático esquizofrénico. Me ha recordado mucho tu personaje al de John Mash, al principio de su enfermedad y el ambiente de la peli a la de tu relato. Enhorabuena Fanou.

  4. Poio dice:

    Muy bueno!!! Me recordó por momentos a Guillermo Camarena y los encargos que hacía los primeros lunes de cada mes en mi cuento “Esos ojos”, aunque mucho mejores y emocionantes😀 Y cómo siempre me dejaste con esa sensación de que esta historia es sólo el punto de partida para algo mucho más grande aún. Para cuándo la novela???

    Sevemos

  5. g. dice:

    me gusto, es interesante como primer episodio de un serial.
    salut!

  6. Emi dice:

    Es un gran relato intrigante a la vez que exasperante en alguno momentos.

    Un saludo.

  7. Increible e…¿inacabada? Me he quedado con ganas de más. Me gusta tu forma ágil de contar las cosas, la familiaridad con la que nos las acercas (como si aqui todos matáramos a alguien todos los días) jeje.

    Volveré a pasarme por aqui.

    Un saludo.

  8. fanou dice:

    Muchas gracias a todos por vuestras visitas y vuestros comentarios. Gracias por incluirme en la lista de las escaleras. No puedo evitar pensar que no estoy a la altura, además he llegado tarde, pero ha sido una experiencia muy grata. He sido lectora antes que escritora y he leído todos los relatos con dilección.

    MX: Gracias y mil gracias. Si tengo noticias del Club les haré llegar tu currículo. Pero recuerda, nadie deja el Club, en todo caso el Club te deja a ti.

    Camaché: Espero poder suplir mi falta de talento con dedicación y trabajo.

    Anne: Gracias. Os veo a todos enganchados y eso me alaga, porque es un relato largo. No he visto la película que mencionas. Sé cual es. Haré lo propio por verla.
    De nuevo parece que mis relatos pecan de estar muy influidos por ésta era de la imagen, los relatos aspiran más a ser una película o un videoclip. No es la primera vez que me lo dicen. No sé que pensar, aunque no me es del todo grato. Me gustaría que mis palabras creasen un universo más literario, menos sacrificado a la estética visual.
    Tus comentarios son siempre muy importantes, me animan a seguir.

    Poio: Me alegra que este te guste. Sigo echando de menos que escribas. Terriblemente.

    G: No tenía continuación, pero tal vez si tu escribes un serial, yo haga lo propio. Muchas gracias por tus visitas, me honran.

    Emi: Gracias por la visita y por el comentario. Ya había descubierto tu blog, aunque muy recientemente. Estoy poniéndome al día y cogiendo impulso con tus relatos, que me parecen muy interesantes. Pero soy persona un poco parca en palabras y comentarios.

    Pilar: Gracias por tu visita. Tu blog no lo conocía, pero intentaré poner remedio a esta carencia.
    La agilidad es un punto que intento trabajar, justamente porque considero que carezco de ella (<-esta frase es un ejemplo de lo que quiero decir).
    Me alegra que hayas visto el quid: Elena, la protagonista de mi relato, hace esas cosas terribles con una naturalidad que inquieta. O al menos, eso es lo que yo pretendía transmitir.

  9. chrieseli dice:

    Fanou: La agilidad es un punto que intentas trabajar dices, pero tu relato goza de ella de punta a rabo. Suelta el lápiz me dijo alguien una vez y disfruta la experiencia de dejarlo que te guíe. De escritora a escritora, un gran abrazo.
    Saludos,

  10. micromios dice:

    Una escalera más o un peldaño. Otra visión diferente, que se lee con interés y tiene un punto escalofriante por la frialdad con que se realizan los hechos.
    Salut

  11. Concha Huerta dice:

    Un relato que rezuma adrenalina, muy visual, muy cinematografico. Podría valer para un corto.
    Un saludo

  12. eduard dice:

    Te tomaste tu tiempo, a tu ritmo a tu manera, está muy bien, es muy bueno, muy bien estructurado. Felicidades.

    Edu

  13. fanou dice:

    chrieseli: muchas gracias (sobre todo por lo de “de escritora a escritora”. En mi caso la agilidad requiere disciplina.

    micromios: gracias. Cuando me uní a esta iniciativa había leído ya muchos relatos sobre escaleras, pero no las bases. Tal vez por eso mi relato es un poco diferente. Nunca acabo de ajustarme totalmente a las “bases”.
    Sobre los hechos fríos, hoy en día ya no impresiona tanto una chiquilla matando, lamentablemente. A mí me sigue pareciendo un tema escalofriante.

    Concha: te digo un poco como a Anne. No es la primera vez que me dicen que mis relatos son muy visuales, que se prestan a cortos. Sin embargo no es mi intención primera. Tal vez soy incapaz de crear un relato con un universo literario más destilado, más centrado en las palabras que en las imágenes.
    No es que no me alegre de poder crear imágenes certeras.

    Edu: Yo cuando sea mayor, también quiero tener un “muy de tu estilo, estilo fanou”.

    Saludos a todos.

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