Caso #0

Me llamo Roberto Alcaravea. Esta información puede parecer poco relevante, pero es una de las pocas cosas que recuerdo. Sé que soy detective. Estaba investigando un caso, no recuerdo muchos detalles. Debí dar con algo importante, realmente importante.

Desperté tirado en el suelo de un callejón. Hacía mucho calor. Unos contenedores, situados a pocos metros, apestaban con tal intensidad que el olor se podía masticar. Tenía ganas de vomitar. Me levanté y las rodillas me temblaban. El callejón era estrecho, corto, irregular y con una entrada en ángulo. Estaba rodeado por edificios grises, viejos y sucios. Pocas ventanas daban a aquel rincón, un par de ellas ciegas. También estaba la puerta trasera de un hostal: Hostes Potau. Parecía un establecimiento de mala muerte.

Al tratar de recordar qué hacía allí me di cuenta, con una punzada de pánico, que no lo recordaba. Un nombre, Roberto Alcaravea, resonaba en mi cabeza, pulsando en lo más profundo de mí, indicándome que era mío: mi nombre. Era detective, por eso lo observaba todo con mirada rápida y calculadora. Recordé que llevaba gabardina y sombrero. Me llevé la mano a la cabeza. Allí no había nada más que pelo áspero y enredado. Miré alrededor y en el suelo encontré el sombrero gris, a juego con la gabardina. Estaba un poco arrugado. Lo recogí y me lo puse. El calor era infernal. Me quité la gabardina y el sombrero. Debajo la camisa blanca estaba sudada. Me remangué, me aflojé la corbata y salí con paso tambaleante del callejón.

¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí? ¿Qué demonios había descubierto? ¿Quién me había hecho aquello? ¿Cuánto tiempo había pasado desvanecido? ¿Dónde estaba mi casa? ¿Alguien me estaría esperando en algún sitio? Oh!, tal vez me buscaban, pero ¿Con qué propósito?. El sol brillaba con tal intensidad que me hería los ojos. La gente me miraba, debía tener un aspecto horrible. Entré en un bar y pedí un café. Fui al lavabo y descubrí por qué me miraban. Tenía sangre en la frente. Me lavé en busca de la herida, pero no la había ¿La sangre no era mía? Me lavé la cara, y me peiné el pelo con los dedos hacia atrás. Me quité la corbata. Estaba rota, así que la tiré en una papelera.

Salí y me tomé el café de un trago. Busqué en los bolsillos del pantalón el dinero para pagar. Di con mi billetera; ¡Mi cartera!. Me senté en la barra y la abrí con ansiedad en busca de respuestas. Allí no había más que tarjetas en blanco con letreros: “policía”, “prensa” o “crédito” decían los letreros como escritos con una vieja máquina de escribir, unas cuantas tarjetas de visita: “R. Alcaravea, detective privado”, monedas de plástico y billetes tan falsos que parecían pintados por un niño. ¿Qué coño de broma era aquella?

El camarero miraba con curiosidad, tratando de ver que estaba haciendo. Pero siempre me muevo con prudencia y sigilo. Estaba seguro de que desde el otro lado de la barra no podía ver lo que tenía entre manos. También sabía que mi rostro no le daba pistas, controlo bien mis expresiones faciales. El camarero tenía curiosidad porque había entrado con un aspecto sospechoso. Le dediqué una de mis sonrisas con mirada desafiante, punzante, una de esas que dice ¿Qué estás mirando? ¿Quieres problemas?. Dejó de mirarme abiertamente, pero me controlaba de reojo. Guardé la cartera, dejando uno de los billetes falsos arrugado en la mano, como si en cualquier momento fuese a usarlo para pagar. Cuando uno de los parroquianos entró saludando, dejé caer el billete con un movimiento ostentoso y me dirigí a la puerta, con zancadas largas, pero no demasiado rápidas. Gané la puerta antes de que acabase de cerrarse. Una vez fuera apreté el paso, girando de una calle a otra aleatoriamente. El camarero me iba a maldecir, pero confiaba en que no dejaría el negocio desatendido para salir a buscarme por el precio de un café.

No tenía dinero, no recordaba ningún lugar al que volver. Intentaba orientarme. A veces creía que una calle, una esquina, una fachada me eran familiares. Pero la sensación se desvanecía enseguida. No sabía dónde estaba. Deduje que tal vez me alojaba en el hostal, el Potau. Si me estaban buscando y yo trataba de huir, volver no era lo más indicado. Seguro que uno, o varios matones me estaban esperando. Pero ¿qué otra cosa podía hacer?

A pesar del calor me calé el sombrero para ocultar mis facciones. Caminé despacio hasta la parte trasera del hostal. Volví a entrar en el callejón, no sin cierta sensación de alarma que me hacía estar alerta y reaccionar a cualquier ruido, por insignificante que fuese. La puerta estaba cerrada. Tendría que ir por delante.

Salí de los callejones y dí una vuelta a la manzana. Me aproximé a la entrada del hostal desde un lugar estratégico en el que pudiese observar desde lejos. Efectivamente había un matón en la entrada del hostal. Uno sólo, pero que valía por tres. Era un tipo gigantesco. Tan grande que las medidas resultaban inapropiadas, más parecidas a las de un simio. Era grotesco. La puerta del hostal parecía hecha para enanos junto a aquella mole. Dejé de mirar la entrada y seguí de largo. El hostal estaba descartado, pensé. Al menos por ahora. Giré a la derecha en la primera bocacalle y… topé con ella.

Aquella fue la primera vez que la vi. Alholva. Entonces no sabía su nombre, por supuesto. Aún así, no podía dejar de mirarla. Era preciosa. La piel blanca como la leche, ese vestido blanco de algodón vaporoso y sugerente. El pelo largo y negro, y el flequillo enmarcando aquella mirada felina de ojos grises. Alholva te mira y te quema por dentro. Y me miraba directamente a los ojos.

– ¡Detective!, te estábamos buscando – Dijo sonriendo con esos labios rojos y suaves. Y me hipnotizó. – Eres difícil de localizar.

Sabía que estaba en problemas, pero no podía apartar la mirada y marcharme. Si aquella muchacha hubiese dicho salta, seguramente hubiese bailado. Si hubiese dicho baila, hubiese bailado a su son. Seguramente lo que fuese que hubiese dicho, lo hubiese hecho sin dudar. Hay que reconocer que si a uno le mandan a Alholva para que te atrape, lo único que puedes hacer es dejarte atrapar. Entonces comenzó a sonar la melodía más hermosa del mundo. Era como si unos instrumentos perfectos tocasen una melodía perfecta. Sencilla y a la vez conmovedora. La música me envolvía. Había perdido de vista el mundo y a mi mismo. La música me llamaba. Estaba por allí cerca, y en ella estaban todas las respuestas. La muchacha era una hermosa visión, pero la música… ¿Dónde estaba? ¿por qué aún no era uno con la música?… La muchacha me agarró del brazo y me pellizcó dolorosamente. La miré de nuevo. La había olvidado en tan sólo un instante. Su mirada era de angustia. Unas finas arrugas surcaban su perfecto y hermoso rostro. Quise decirle que escuchara la música ¿Acaso no la oía? Era tan hermosa. La música nos estaba esperando, a ella también. Allí todo sería perfecto.

– ¡No!, ¡No la escuches! – Me gritó tirando de mi brazo.

Era tan pequeña y ligera ¿Por qué no escucharla? …quería decirle… ¿Por qué no fundirse con ella? Aunque no estaba hablando en absoluto. Di un paso hacia atrás, estirando de Alholva que a la vez intentaba en vano tirar de mí en dirección opuesta. Al intentar girar divisé una mole que se me echaba encima. El gigante, dijo mi voz en alguna parte en el fondo de mi cerebro. Pero era tarde, me golpeó y perdí el sentido.

Cuando desperté estaba bajo techo. El golpe en la cabeza me latía. Estaba en una cama. Se escuchaba a la muchacha tararear mientras hacía ruido en la cocina. Intenté levantarme, pero estaba esposado de una mano a la cama. Me senté y el hombre-simio hizo un gruñido gutural. Estaba quieto en un rincón de la habitación, escondido en la penumbra.

Bueno, si me quisieran muerto, ya estaría en una zanja, pensé. No me tranquilizó demasiado. Al momento la muchacha apareció, encendió una lamparita y dejó un sandwich y un baso de leche en la mesilla de noche.

– Come. Debes tener mucha hambre. – Dijo.

Ella seguía siendo fascinante, pero yo ya no me sentía tan fascinado. Me habían golpeado la cabeza, esposado a la cama… y me habían impedido ir hacia la música. ¿Por qué me seguía pareciendo tan importante la música?

– ¿Qué es esto? – Pregunté. Menuda pregunta de mierda. Fue lo único que se me ocurrió. Qué es esto se refería a todo: despertar en la calle sin recordar nada, la broma de la cartera, la muchacha y el gorila, la música, estar esposado a una cama.

– Es un sandwich de jamón y queso. La cocina no se me da bien. Pero el sabor es bueno.

– ¿Leche? – Le seguí el juego.

– Oh, no tengo whisky para tipos duros como tú. Pero ahora lo que más necesitas es la leche, créeme.

Levanté la mano esposada, que se detuvo a mitad de camino, impedida por las esposas. Miré a la muchacha con cara inquisitiva.

– Es por cuestiones de seguridad. Las cosas van a ir de la siguiente forma: Mientras comes como un chico educado voy a explicarte un par de cosas. Después de eso me marcharé. Macis me dará tiempo suficiente para esfumarme antes de darte la llave.

– No veo cómo iba a poder negarme a un trato tan justo. – Dije con tono irónico. Cogí el sandwich. El olor hizo que el estómago me doliese de hambre. Durante un segundo me pregunté si habría puesto algo en la comida. Pero miré de reojo a la mole aún oculta en la penumbra: contando con los mamporros de Macis ¿quién necesitaba de esas sutilezas?

– Buen chico. Seguro que te preguntas muchas cosas ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando? ¿Quiénes somos yo y mi amigo?… Ahora no recuerdas nada. Poco a poco irás recordando. Al principio es duro, a la mente le cuesta aceptarlo y se bloquea. Con el tiempo, si eres suficientemente inquisitivo y tu mente lo soporta, aceptarás la verdad. Algunos no llegan a aceptarlo nunca. Por ahora debería bastarte mi explicación. – Hizo una pausa, trataba de buscar las palabras – Hasta ahora estabas… en un lugar diferente a éste. Te has escapado. Algunos escapan por accidente, otros por que buscan escapar. Tú eres de los segundos. Descubriste que estabas encerrado e intentaste huir. Y lo has logrado. La gente de la que has escapado te busca, pero no para devolverte a dónde estabas. Eso ya no es posible. Aunque intentasen dominar tu mente, tarde o temprano volverías a recordar y volverías a huir. Eso es peligroso para ellos. Tampoco quieren que andes por ahí suelto. Te buscan para… liquidarte. Tienen dos formas de lograrlo. Una es con la Melodía. Es esa música que has escuchado antes. Para la gente como tú resulta irresistible, ya lo habrás notado. La hacen sonar cerca y esperan que tu vayas hacia ellos. Si no lo logran buscarán algo tuyo. Algo que se te cayese, que dejases olvidado o que hayas tirado. Cuando encuentren algo así se lo darán a los sabuesos que te perseguirán hasta encontrarte. Técnicamente yo te he salvado hoy. Además puedes quedarte aquí. Tarde o temprano hubieses descubierto que no tienes a dónde ir, ni persona alguna a la que recurrir.

Se sentó a mi lado. La tenía tan cerca que podría haberla golpeado, tal vez cogerla del cuello. Pero Macis me habría noqueado antes de lograr nada. De su cuerpo se desprendía un olor a flores embriagador.

– A veces creerás reconocer un sitio, una cara, un objeto, pero es una ilusión. El lugar del que vienes se parece mucho a éste. Pero no es igual. – Sus ojos volaban lejos, empañados. Luego se giró hacia mí. – Pero como ya debes saber, nada es gratis. En realidad espero que me devuelvas el favor trabajando para mí. La primera misión que te encomiendo es que busques y destruyas esas cosas que accidentalmente hayas podido dejar atrás, si, como sospecho, tal cosa ha sucedido ¿Fácil, no?

Tenía muchas preguntas. Estaba mareado. Su mirada, su proximidad, me desarmaban.

– ¿Qué debo hacer con… mis cosas?

La muchacha alzó la mano en dirección a Macis. Un brazo peludo y enorme salió de la oscuridad y depositó en la mano una cartera que enseguida reconocí como mía. La abrió y observó su contenido. Miraba las tarjetas ridículas y las iba tirando a una papelera.

– R. Alcaravea – Leyó con interés en una de ellas.

– Roberto Alcaravea – Puntualicé – Con tanto interés por mi persona, pensé que sabrías mi nombre.

– No lo sé todo, Robie – Dijo, dándome el apodo en aquel preciso momento. Depositó la cartera también dentro de la papelera. Volvió a extender la mano. La mole silenciosa le tendió automáticamente un zippo. Vertió un poco de gasolina sobre mi cartera y luego le prendió fuego, con cuidado de no quemarse. Se quedó mirando las llamas, mientras me contestaba:

– Debes quemar todas tus cosas.

– ¿Qué lugar es ése en el que estaba? ¿Dónde estoy ahora? ¿Quiénes son los que me persiguen? ¿Quién eres tú?

– Todo a su debido tiempo. Primero tendrás que ponerte a salvo y adaptarte. Los que han mandado en tu busca, se los conoce como Segundo Movimiento. Es importante que sigas estos dos consejos: si oyes la Música, huye en dirección contraria mientras puedas. No trates de hacerte el héroe. Contra ellos no tienes nada que hacer. Quema todo lo que trajiste del otro lado hasta aquí. No dejes rastros que puedan seguir hasta ti.

Se levantó en dirección a la puerta – Espero que sobrevivas para aceptar mi propuesta. En verdad lo deseo. -Antes de salir se giró una última vez. – Por cierto, mi nombre es Alholva.

Esos son mis primeros recuerdos tras despertar. Así fue como conocí a Alholva y me encargó mi primera misión, yo mismo.

Cuando hubo pasado un buen rato desde que ella se había ido Macis lanzó desde la penumbra una llave sobre la cama, fuera de mi alcance, y salió de la estancia y del apartamento con un par de pasos. No dijo ni una palabra. Sólo alcancé a verle el peludo cogote mientras trataba de coger la llave estirando de las sábanas. Para cuando me quité las esposas ya había desaparecido.

Desconfiaba de Alholva, desconfiar es parte de mi carácter. Pero mi instinto me decía que debía hacer lo que ella me pedía. Al fin y al cabo ese instinto jodidamente loco y preciso también está en mi carácter.

En un vistazo rápido recorrí el pequeño apartamento: un comedor-cocina con barra americana, una nevera pequeña y casi vacía, apenas los útiles necesarios para una persona, un sofá gris, un baño con el espacio justo para una ducha y el dormitorio. Sin decoración. El edificio era muy alto, desde allí divisaba gran parte de la ciudad. Encontré algo de ropa y dinero.

Poco después seguía las instrucciones de Alholva. Volví al bar. El camarero hizo ademán de pegarme. Le dije que había sido un error y le pagué el café junto con una propina muy generosa. A cambio sólo quería de vuelta el billete falso. Debió pensar que estaba loco, pero aceptó encantado. Entré en el baño mientras el camarero comprobaba la validez del nuevo dinero. De la corbata ni rastro.

8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    72 más y nos ponemos al día!

  2. fche626 dice:

    Hola! Gracias por pasar por “Horas Privadas” y tu amable comentario🙂 Veo que tenés muchos cuentos; tendré que leerlos uno por uno. Éste me gustó🙂

  3. annefatosme dice:

    Fanou, un relato negro trepidante, con final abierto. Maldita corbata¡
    Un abrazo,

  4. fanou dice:

    Las prisas me han hecho publicar el texto con varios errores garrafales que voy subsanando. Algunos pasajes me siguen pareciendo empalagosos, lentos.
    Gracias por la paciencia para leer y para comentar.

  5. chrieseli dice:

    A veces somos muy severos con nosotros mismos. Me ha encantado. Bienvenida de vuelta. Concuerdo plenamente con las palabras de Anne. El final invita a una continuación, no crees?
    Un abrazo,

  6. Luis dice:

    Tiene continuación, ¿verdad? Se me antoja una realidad algo distópica…

  7. Poio dice:

    Al menos ya sabemos que al caso 73 llega… Retrocedan unos siete u ocho relatos y lo van a encontrar.

    sevemos

  8. nadie dice:

    interesante y con muchas incógnitas, buenas descripciones,

    “…y me encargó mi primera misión, yo mismo” excelente.

    saludos

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