Jácome

– Me pido a Jácome.

Por en medio, piensa Jácome. No está mal.  Personalmente cree que juega a básquet mucho mejor que algunos de los que han salido primero. Pero no está mal. Al menos podrá lucirse ante Abigail con alguna buena jugada. Pero a mitad del partido ese dolor de cabeza otra vez. Pide el cambio, no lo soporta. La próxima vez lo elegirán de los últimos. Pero necesita ir al baño y meter la cabeza bajo el agua fría.

El dolor de cabeza no le abandona en toda la tarde. Su amigo Fedro le habla durante la clase, pero le duele tanto la cabeza que apenas lo oye. El profesor hablando,  la tiza rasgando contra la pizarra, los cuchicheos de la clase, hasta los ruidos lejanos del patio, le molestan hasta hacer que el vello se le ponga de punta.  La campana suena, martilleando su cabeza de forma horrible, pero es la libertad para volver a casa.

En casa podrá aislarse en silencio y a oscuras. Tiene que estudiar, al día siguiente hay un control de matemáticas. Su madre aparece y le regaña. Cree que le está echando cuento. Pero tampoco se pone demasiado dura, no sabe que al día siguiente hay examen. Mejor, no tendrá que fingir que estudia.

Al día siguiente en clase está en blanco. Lo intenta, pero no hay nada que rascar ¿Cuánto va a bajar su nota media un cero? Normalmente es un estudiante de notable, pero últimamente su rendimiento ha bajado. Tal vez quede en sufi, o puede que suspenda. Intenta rellenar algo al azar, por si cae algún punto. Desde luego la profe de mates no va a tragarse nada sobre dolores de cabeza, aunque sea verdad. Está molesta con él. Al principio estaba entre sus favoritos: es bueno con las mates. La profe cree que no estudia porque es un vago,  así que lo va a castigar con la nota. Se levanta a entregar el examen cuando suena la campana, procurando que quede entre medias, ni arriba ni abajo, aunque de poco le va a servir.

Las horas pasan y tras la comida de medio día el dolor amenaza. Cuando vuelven a clase se siente además un poco mareado. Al acabar la jornada su cabeza late de dolor, como casi cada día. Sus amigos hacen planes para quedar y él se escabulle. Fedro le envía un mensaje, pero ni si quiera se molesta en contestar. Mirar la pantalla le marea. Se va a casa.

Otro día de clase ¿Cuándo llega el fin de semana? Sólo quiere estar en casa, acostado, en silencio, a oscuras… Fedro pasa ostensiblemente de él. No le saluda, habla con otro chico y cuando intenta acercarse le ignora. Está molesto. Jácome se pasa la mañana intentando excusarse. A medio día Fedro se acerca al fin. Pero para entonces ya tiene dolor de cabeza. Hablan poco. Fedro ha salido por ahí sin él algunas tardes. Han quedado con chicas y Abigail está medio enrollada con otro tío de clase. Fedro ha intentado hablarle bien de él, pero no es muy popular últimamente. Fedro cita a Abigail: Es algo rarit0 tu amigo. Debería sentirse molesto, decepcionado o algo así, pero lo único que siente es mareo. Deja que todo el mundo se marche hacia clase e intenta ir el último. Sospecha que cuando se levante va a tambalearse como un borracho y no quiere que lo vean.

Aquella tarde su tutor lo llama al despacho. Le da una carta para su madre, citándola . Es por el examen del otro día, piensa, la he jodido. Al volver a clase está tan mareado que casi se desmaya. Golpea la mesa y la clase se ríe. El profesor se enfada con él, por payaso, intenta protestar, lo castiga. Fuera de clase.

Las clases terminan. Fedro no lo busca. Nadie le envía mensajes. Mejor. Vuelve a casa y entrega la carta. Ve la cara de decepción de su madre. Siente rabia, tiene ganas de llorar, su dolor de cabeza se intensifica. Cuando intenta contestar habla pastoso.

– ¿Estas tomando drogas? – Le pregunta su madre con un tono entre sorprendido y amenazante, dos notas más agudo de lo que es habitual.

– No, mamá, es sólo que me duele mucho la cabeza.

– ¿Es eso lo que te pasa? Volveremos a ir al médico.

– El médico piensa que miento.

– Pues que te hagan pruebas.

– Ya me han hecho pruebas.

– Pues que te hagan más, si hace falta.

– De acuerdo, Mamá.

– ¿De verdad que no hay nada que quieras contarme? ¿Nada que te preocupe? Sabes que puedes hablar siempre conmigo…

Pues soy un vago, tomo drogas y practico sexo desprotegido, piensa Jácome, con rabia e ironía. No podrá soportar un sermón, su cabeza va a estallar. Si quiere sermonearle, va a tener que perseguirlo.

– Me duele la cabeza. No tengo hambre ¿Te importa si me voy a la cama pronto hoy? – Dice esto mientras camina ya hacia la habitación. Ve el gesto impotente  de su madre. No ha sido muy listo, contando que mañana irá al colegio a hablar con el tutor.

Al días siguiente su madre y el tutor hablan largamente a solas. Luego le hacen pasar.  El tutor se tira a su yugular: no muestra interés en los estudios, no hace las tareas, no prepara los exámenes, vaguea todo el tiempo. Su media está bajando considerablemente. Algunos profesores amenazan con suspenderlo.  Su madre añade que está desmotivado, que no sale con los amigos, no va a la cancha a jugar a básquet, ni si quiera toca el ordenador o la consola. Entonces comienza el interrogatorio: ¿Tiene problemas con los compañeros? ¿Está deprimido? ¿Se siente estresado? ¿Echa de menos a su padre? ¿Es algún problema de drogas?

No, no, no… Jácome no sabe que contestar. El dolor martillea su cabeza y el mareo hace que las lineas rectas se curven.

– Me duele mucho la cabeza. Todos los días. Sólo es eso.

La respuesta no convence a nadie. Su madre promete que lo llevará al médico. El tutor además añade visitas con el psicólogo del centro.  Al salir, Jácome muestra su enfado.

– No soy un loco, ni un mentiroso. Me duele la cabeza. – Está tan mareado que vomita. La gente alrededor, la mayoría alumnos que están saliendo de clase se lo quedan mirando. Ve a Fedro con otros chicos, se ríe de él, como los demás. Siente rabia. Está tan mareado que a penas se sostiene de pié. Su madre tiene que ayudarlo. Ella apenas puede con su peso. Siente vergüenza. Su madre tiene cara de miedo. Siente miedo también.

–  Iremos al médico, a otro médico. Que te hagan pruebas.

Van al médico, de urgencia, esa misma noche. Está muy mareado, le duele la cabeza y le sangra la nariz. Las cosas que le dan no le hacen ningún efecto. El médico habla bajo. Su madre está muy asustada. Le hacen muchas pruebas. Tendrá que esperar unos días por los resultados.  Mientras puede quedarse en casa. Le dan la baja: libertad para no ir al instituto.

Jácome pasa tres días encerrado en casa, con la cabeza palpitándole. El miedo y esa especie de intuición nefasta no ayudan. Su abuela se ha mudado a casa. Ha venido para cuidarlo mientras su madre está en el trabajo. La atmósfera del mundo parece haberse vuelto más grabe y silenciosa.

Llega el día. Se ducha y se viste formal. Siente muchos más nervios de los que ha sentido nunca antes. El médico los hace esperar. Al entrar está muy serio y condescendiente. Jácome sabe lo que sucederá antes de que suceda, se siente en el aire. Unas palabras de introducción amables y luego la cruda realidad: Tiene un tumor en el cerebro.

El mundo se abre a sus piés y siente un vértigo doloroso en la boca del estómago, como si le hubiesen dado un puñetazo. Intenta comprender, pero su cerebro no responde, las ideas no llegan. Comprende la expresión “quedarse en blanco” en toda su profundidad, nada que ver con lo del exámen del otro día. Su madre llora. Jácome no puede sentir nada. Es como si su alma se hubiese hecho pequeña dentro de su cuerpo, como si hubiese encogido. Su alma es minúscula y está replegada sobre si misma. Se niega a llegar hasta la piel, porque llegar a la piel es tocar el exterior, la realidad. Siente el cuerpo grande y torpe, como un traje demasiado grande y muy pesado. Con un esfuerzo terrible levanta una mano y la pone en el hombro de su madre, aunque no la mira. El gesto empeora el llanto.

El doctor sigue hablando. No comprende todo lo que dice. Nombra el cáncer con un nombre largo, rimbombante, extraño. Habla de  fases, de tratamientos y de operaciones. De una operación, de operarle el cerebro. La cabeza comienza de pronto a funcionar, rápido: puede morir ¿va a morir? ¿por qué? El doctor habla de operar o morir. Tiene que elegir, y no puede esperara mucho. Su madre contesta que harán lo que tengan que hacer. Están decidiendo su suerte a cara o cruz, allí delante, sin consultarle. Jácome imagina a alguien abriendo su cráneo como en una película cómica,  hurgando en él con un bisturí mientras pone un gesto de desaprobación y niega con la cabeza:

– Esto no está bien, hay que cortar lo que sobra. – Dice el malévolo doctor mientras saca unas tijeras enormes.

Es más de lo que puede soportar. Se levanta y sale  de la consulta.

-Déjame, necesito pensar. – Dice a todos y a nadie en particular.

Sale del edificio, que le ahoga. Echa a correr, como si corriendo pudiese dejar atrás la realidad. Pero la realidad le persigue. Al fin se serena y las lágrimas caen. Pero no siente pena. Siente rabia y miedo y impotencia.

Después llegan los días grises. El llanto mal disimulado de su madre, que sonríe con los ojos y la nariz rojos:

– Vamos a luchar, vamos a hacer lo que sea necesario, vamos a superar esto.

La cree. Necesita creerla. Es como un niño de cuatro años al que su madre consuela asegurándole que no hay monstruos bajo la cama. No va a mirar ahí abajo, va a cerrar los ojos y repetir una y otra vez que no hay nada ahí abajo, aún cuando sienta como se encarama a las sábanas y tira de ellas.

Pruebas y más pruebas, pinchazos, medicamentos, dolor, vómitos, diarrea, sangre… Los días grises transcurren entre días malos, días peores y días menos malos. Cada mañana se levanta dividido entre la suerte de seguir con vida y el horror de enfrentar un nuevo día gris, lleno de incertidumbre. El pelo se le cae, la piel se le vuelve frágil, llena de eccemas, el estómago le duele, le han pinchado tanto que le han salido callos en las venas, como a un yonki…

El tiempo transcurre indefinible, una agonía que se estira interminable y lo atrapa. Nada tiene sentido, nada le importa. Apenas va al instituto, las notas son como un chiste malo. En los amigos sólo ve una mirada de lástima insoportable ¿Si no comprenden que significa pensar en morir antes de llegar a los 18, cómo se atreven a mirarlo con lástima? Los odia, por tener esas vidas despreocupadas, llenas de estupideces, donde un drama es no tener dinero para comprar el último capricho o no poder ir a una discoteca o una cita tardía. Cuando sale a pasear por la calle al frío de ese crudo invierno, el más frío en muchos años, tal vez su último invierno, sólo ve cadáveres en la gente que le rodea. Todos van a morir: el tendero, la mujer del carrito de la compra, los niños que corren huyendo de la víctima de su última trastada, la chica de las taquillas del cine, el padre que lleva a su hija, la niña que ríe y señala, encaramada en los hombros de su padre,… todos son muertos que andan, instantes breves, fantasmas. ¿Le dice el padre a su hija que morirá? ¿Es cruel decirle a un niño que va a morir? ¿Es menos cruel mentirle con fantasías o eufemismos edulcorados?

Al final llega el día de la operación. Todo el mundo ha decidido por él: debe luchar. No les ha llevado la contraria, tampoco tiene claro que esté de acuerdo. Al entrar se plantea la posibilidad de usar su voz para negarse, prorrogar lo improrrogable. Pero lo desestima. Se deja guiar, porque ese porcentaje alarmantemente pequeño de que todo vaya bien es lo único que lo mantiene cuerdo, lo que lo sostiene en los días grises. Esa esperanza como un peso muerto atado con un hilo frágil es lo único que tiene.

Despierta tras la operación como si volviese de un viaje muy lejano. Tarda un largo rato en saber dónde está, que ha sucedido y quienes son las personas a su alrededor. Madre, abuela, enfermera, doctor, gotero y esa otra cosa, la máquina que hace bip-bip. Todos sonríen. Ha sobrevivido. Todo ha ido bien. Jácome tiene ganas de sonreír, también.  Quiere decir algo y le cuesta horrores encontrar las palabras.

– Tranquilo, con calma muchacho. Ahora tienes que adaptarte, ver que tal va todo. Has tenido mucha suerte.

Los pensamientos de Jácome llegan lentos. Cuando habla, lo hace despacio, atascándose.  Le ayudan  a hacerlo todo. Eso le molesta. Él quiere que le dejen hacer las cosas por si mismo, como antes. Le dejan y tarda mucho tiempo en conseguir atarse los zapatos y cuando termina se da cuenta en el espejo de que tiene el jersey del revés.

En su vida ya no hay dolores de cabeza. Pero levantar la cuchara sin que el líquido se derrame le cuesta. Cortar con el cuchillo le cuesta. Apretar el botón correcto le cuesta. Escribir o leer es como descifrar un jeroglífico. Tarda mucho en recordar la palabra que está buscando: frustración. Es una cima amarga. Prometen que mejorará. Todos actúan como si la vida fuese como antes, como si nada hubiese pasado. Están felices. Incluso le animan a volver al colegio.

Vuelve al colegio. Saluda a Fedro, que lo mira nervioso y con cara de asco. Apenas le saluda y le rehuye. Abigail se acerca.

– No le hagas caso, es idiota. Ten límpiate.

Jácome descubre que babea, otra vez. Abigail le mira con lástima.La profesora de matemáticas lo mira con culpabilidad. Él intenta demostrarle que aún puede hacer algo con las mates, pero las fórmulas son ahora todas indescifrables. Hasta sumar le parece complicado. No entiende nada de lo que explican en clase, no hace ninguna de las tareas. Sin embargo no importa. Todo está bien.

En gimnasia le ponen a jugar con los juguetes para niños. Jácome piensa que es una broma.

– Vamos a ejercitar tu motricidad fina. – Dice el profesor de gimnasia.

Los demás ríen por lo bajo. Jácome gorma redondas, cuadrados y triángulos  mientras los demás juegan básquet. Tampoco importa, seguro que ahora le escogen siempre el último.

Jácome vuelve a casa. Le preguntan que tal el día. Intenta hablar pero tartamudea. Su madre termina las frases por él. Nadie espera mucho de él. Jácome aprovecha un descuido para coger la llave y escabullirse. Escucha a su madre hablando por teléfono:

– Todo esta bien… tiene mucha suerte… toda la vida por delante… volver a empezar.

Siempre dice eso el payaso: ojos rojos, nariz roja, piensa Jácome. Pasa mucho tiempo intentando acertar con la llave en la cerradura, mirando alrededor por si alguien viene. Cuando al fin acierta todo está hecho, girar la llave es fácil. Jácome se asoma al borde de la terraza.

– ¿Por qué nadie dice que la vida no es como antes?

Jácome salta.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. colomer dice:

    la disociación que hay entre el cuerpo y la subjetividad esta muy bien descrita. Es un relato terrible, muy bien construído, en el que la realidad chirría y no es agradable, por mucho que se empeñen en ocultarla o en hacer como si nada ocurriera. Por otra parte, y eso me parece lo más desolador, a Jácome se le usurpa la decisión de seguir luchando o no, por lo que el final me parece de una lógica aplastante.

    Un saludo.

  2. Poio dice:

    éste es el comentario mil???😛 jajaja

    Bue, ya te dije antes lo que me pareció el relato. Ahora, me dijiste que quisiste hacer una historia triste y eso te llevó 5 días lograrlo. Si todos coincidimos que la historia es triste, entonces por qué vos decís que es pura mierda??? :S

    sevemos

  3. eduard dice:

    Creo leer entre líneas esos secretos que todos guardamos en un rincón de la mente, aunque eso, claro, quede entre nosotros. Es un pedazo de vida real, más que la vida en sí misma que siempre supera la ficción. Por un lado me alegra ver como agarras el toro por los cuernos y de esta guisa expresas más de lo que parece, por otro lado percibo que vuelves a soltarte, a escribir con libertad y soltura. Hablas de luchas, hablas de la incomprensión ajena, de la experiencia que nos da la vida, como un peine, justo cuando nos quedamos calvos.
    Reitero mi opinión efímera y personal, tienes un talento demasiado grande como para desaprovecharlo.
    Y por último, quiero que me respetes como lector y seguidor de tu obra, así que no dejes de cargar pilas y demuestra hasta donde eres capaz de llegar, que es muy lejos.
    Me ha fascinado la descripción de las emociones, del entorno, de los ruidos que oigo cuando te leo, de los olores a sudor en este caso, del dolor que se amaga tras el esfuerzo. Del chirriar de las zapatillas de deporte.
    Usas un verbo genial, siempre lo he sabido. Ni se te ocurra dejarnos colgados con la hoja en blanco.
    De este relato saco la conclusión de que lo nuestro no es competir, sino ganar.
    Con mucho cariño
    LocoDatar

  4. annefatosme dice:

    A parte de suscribir todo lo dicho por Eduard, me ha emocionado tu relato por un motivo muy personal. A los catorce años mi compañera de pupitre se murió de leucemia en dos meses.Vi degradarse a pasos agigantados a una chica llena de vida sin entender nada.Pensaban que tenía anemia y la dispensaron de asistir a clases de gimnasia. Falto un día y a los dos días se había muerto. Nunca la olvidé y gracias a tu relato he conseguido colocarme bajo su piel. Gracias.
    PS: Ayer comentaste un texto mío sobre escarabajos. Lo publique.Pero al no aparecer el texto en la categoría de relatos, lo volví a publicar, sin éxito, y se borró tu comentario! Lo siento y te agradezco la atención.

  5. chrieseli dice:

    Qué tal? Rato que no te comentaba. Además de transportadora,me parece una elegía a la desidia.
    El ánimo de minimizar para no complicar puede ser un signo de los tiempos. La alienación del enfermo y/o diferente es también parte de lo que somos hoy o hemos sido siempre.
    Interesantes tus letras, como de costumbre. Un gran abrazo.

  6. endera dice:

    Me ha gustado mucho tu relato.He disfrutado🙂

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