Caso #73

Llegué a la zona tras escuchar el aviso, creía que era el primero. Era un incidente importante. La anomalía llamaba demasiado la atención. Ya lo veras tú mismo, me habían dicho en tono de guasa. Di unas vueltas con el coche. No veía nada, así que aparqué y comencé a patear las calles. No debía ser tan impresionante: no escuchaba alboroto, ni sirenas. Nada delataba que cerca hubiese ninguna incidencia significativa. Estaba por retirarme cuando los frenazos y los cláxones de los coches comenzaron a sonar. Corrí rápido hacia la esquina de la calle para poder ver de qué se trataba. Tal vez aquella fuese mi paga del mes. Cuando casi ganaba la esquina apareció corriendo en dirección contraria…

Era una mujer enorme, de metro noventa o dos metros. También era muy gruesa. Las proporciones del cuerpo resultaban extrañas. Como única ropa llevaba unas medias a rallas blancas y negras y un corsé negro de los que llegan justo hasta debajo del pecho. También llevaba una sombrilla roja con borlas que sostenía con un brazo muy alzado. La mujer canturreaba y reía en tono agudo y chillón mientras avanzaba por el medio de la calzada, ignorando los coches y las personas. Daba unas zancadas largas y altas, cayendo sobre un vertiginoso tacón rojo charol cada vez, varios metros más allá. Sus pasos resultaban gráciles, y claramente imposibles. Con cada uno, sus enormes tetazas, sus cachas y las borlas de la sombrilla bamboleaban a un lado y al otro de forma acompasada e hipnótica: bum, bum, bum…

La gente quedaba pasmada a su paso, algunos reían, otros gritaban, la mayoría simplemente se quedaban quietos con esa expresión de quién no puede comprender lo que ve. Los coches frenaban y esquivaban como podían, ante el avance despreocupado de la extraña mujer. Escuché el sonido de un impacto por detrás. Parecía que dos coches habían chocado. Unos metros más allá la mujer se detuvo, hizo una pirueta aún sosteniéndose sobre una pierna para acabar saludando con una inclinación de torso, la mano de la sombrilla bien alzada, al igual que la pierna que quedaba libre. Tenía la agilidad de una contorsionista y sus enormes tetas colgaban como dos sacos bajo su cabeza. Tras esta pirueta su cantinela recomenzó y volvió a avanzar en su extraña carrera. Eso me hizo reaccionar. Salí corriendo tras ella. Avanzaba muy rápido. Iba a tener que sudar para lograr atraparla.

Entonces comenzó a sonar la conocida melodía. Los del SM habían llegado. No podía verlos, pero ellos seguro que nos estaban viendo. Al menos a la mujerona. El mundo se volvió más gris. La Canción, aquella melodía que nadie era capaz de recordar, tararear o atrapar aunque todo el mundo la conociese, tiraba de mí imperiosamente. No podía pensar, deseaba correr hacia la música y fundirme con ella, aunque sabía que debía huir en dirección contraria. Hice trabajar a mi mente para resistirse a la música. Había algo en mi bolsillo, lo palpé y lo apreté hasta que sentí dolor. El dolor, como una llamada lejana, tenue, me permitió alejarme un poco de la música. Con un dolor tremendo, comencé a caminar en dirección contraria. Cada paso era una agonía en cada molécula de mi cuerpo. Un paso, luego dos, tres… Huir, debía alejarme de la música, la música era la muerte.

La gente alrededor no oía la música, tampoco veían ya a la mujer. De hecho ni si quiera recordaban a la mujer. Y si alguno había reparado en mí, tampoco me recordaría. Veían lo que su cerebro les decía que era normal. Un mundo normal, gris y anodino. Volvieron a moverse todos con normalidad, como respondiendo al unísono a una orden, dispersándose cada uno en la dirección de sus propios pasos. Mientras la mujer había redirigido sus pasos hacia la música. Siguió su carrera de gráciles pasos uy piruetas hacia la música. Hasta que de pronto empezó a dar unos chillidos agudos y horribles. Ya nada podía hacerse nada por ella.

Apenas había dado cuatro pasos y me había detenido. Cerré aún más el puño, para volver a sentir el dolor, para seguir avanzando. Esperaba que no me hubiesen detectado, lo deseaba con todas mis fuerzas. Los chillidos cesaron y poco después la música también. Sentí un tremendo alivio y di gracias una vez más a Alholva por sus indicaciones. Una mujer que avanzaba en dirección hacia mí casi choca conmigo antes de reparar en mí. Pidió disculpas antes de mirarme con cara extrañada. Reparé en que tenía la cara mojada, se me habían saltado las lágrimas. El dolor estalló en mi mano. Saqué la mano del bolsillo: me había clavado una pluma en la palma. El plumín, deformado, estaba totalmente hundido en la carne. De la palma goteaba la sangre mezclada con tinta. La mujer pensó que lloraba por eso, pensó que debía estar mal de la cabeza y se alejó rápidamente.

Me quité la gabardina manchada. Arranqué una manga y me envolví la mano, tras retirar el pedazo fino y retorcido de metal. Guardé la pluma en el bolsillo e hice una pelota con la prenda y me la puse bajo el brazo: No dejar nunca nada atrás, ninguna pista. Volvía a pensar. Hice balance: no había podido salvar a la mujer, no iba a cobrar nada. Pero conservaba la vida.

Menuda mierda.

8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    hay más de esto no???

  2. annefatosme dice:

    Me gusta la idea de utilizar la música como agente represor en un país totalitario. Un placer volver a leerte.

  3. Deprisa dice:

    Por el título supongo que hay otros 72. Este me ha gustado. Introduce bien en el escenario (sin contar con la mujer enorme es todo un personaje). No he sabido encontrar el resto ¿Podrías indicarmelo?

  4. fanou dice:

    No hay otros 72. He empezado por el 73. Cosas que pasan…

  5. Poio dice:

    y va a haber un 74???

  6. chrieseli dice:

    Uff, mientras leía me acordaba de Bladerunner. No me preguntes porqué. Frases muy bellas. Frases delirantes. Surrealista y oscuro,confuso y desesperado me dio la impresión. Se lee de prisa, se digiere de a poco.

  7. eduard dice:

    Te leí, pero volveré a leerte después, que es lo que mereces y más. Me alegra encontrarte en plena forma.

    Compadre de penas y alegrías, tu sincero admirador desequilibrado y desbocado.

  8. eduard dice:

    Eh, cosa seria lo tuyo, muy seria. Fantástico texto, fantástica visión que ni con el dolor de tu palma lograste detener. Agónico don el ver el devenir de ésta forma, virtuosa la mano malherida con la que después plasmarías el pedazo de la historia. Tienes tanto por decir que los demás ignoramos tu talento, porque cuando te disparas es un torrente de talento.
    Tienes mucho que dar y mucho que escribir. No vayas a volverte maldita y a olvidar a los que leemos en tu mundo. Estas semanas que fueron años de tortura, aunque mi arte implique el arte de despistar, me acordé mucho de ti, mejor dicho, de tus palabras, de tu fuerte caminar y dicho sea de paso, de tu disciplina celular (De célula me refiero).
    Ya te advertí que Loco regresaría a por tus palabras, y a la que pudo, escapó y volvió con esta misión.

    Yo Mateix

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