Un futuro para Margot.

La enfermera abre la puerta de barrotes y la saluda sonriente, franqueándole la entrada a aquel pequeño reino de locura. A cada visita Margot se dice que será la última, pero siempre vuelve puntual a su cita. La enfermera le indica el celador que la va a acompañar. Conoce a muchos integrantes del personal, si fuese un poco más amable seguramente habría trabado amistad con algunos. Pero no quiere saber nada de ellos, los odia como si ella misma fuese una interna forzosa más.

No necesita que la guíen, conoce el camino de sobra. Sospecha que el celador la va a empujar dentro de una celda cuando esté desprevenida, encerrándola. Siempre se imagina al doctor y al personal al otro lado de la puerta mirándola como a un bicho raro, felicitándose por haber desenmascarado y atrapado a una loca. Siempre está alerta, tensa y le cuesta mostrar una mascarada convincente.

– Conozco el camino, puedo ir sola – Insiste, por enésima vez.

– Es por seguridad, tú seguridad. Además dejar a un visitante sólo iría contra las normas, podría buscarme un problema. Por cierto – continúa cuando Margot ya se aleja – cuando salgas pásate por el despacho del doctor Mattieu, quiere hablar contigo.

– Claro. – Sonríe mientras por dentro salta una alarma.

Su mente trabaja rápido, imaginando qué es lo que quiere el doctor de ella. Tal vez su madre haya comenzado a hablar y el doctor tiene sospechas. Pero ¿quién iba a creer a una loca que mató a su marido? Ella se sometió al escrutinio de psicólogos y psiquiatras que certificaron que era una niña equilibrada. Ha mostrado una conducta intachable durante todos esos años. Siempre sospecha, pero luego las cosas siempre están en su sitio, debe dejar de lado esas maquinaciones.

Mientras camina no ha dejado de vigilar al celador. Va un par de pasos por detrás de él, intentando mantenerse fuera de su ángulo de visión en todo momento. Los locos no la asustan nada. Le asusta mucho más que aquellos de deciden quién está loco y quien no de pronto crean que ella ya no está cuerda. Porque siempre están seguros de sus decisiones y nadie duda de su juicio. Y se equivocan, Margot lo sabe bien.

Al fin llegan a la sala en la que se reunirá con su madre. Ella ya está allí, como siempre, medio atontada por las drogas que la vuelven dócil. Sus miradas se cruzan y durante un segundo a Margot le parece que su madre muestra una chispa de reconocimiento. Margot sonríe con su sonrisa de niña buena, esa que implica no solo la boca, sino también los ojos, la cara y el cuerpo. Su madre sonríe como si fuese un espejo. Margot tiene una sonrisa irresistible, lo sabe. No es natural, es fruto de un meticuloso trabajo, por eso es perfecta.

Las dejan solas, aunque tras la puerta espera el celador. Su madre se le acerca y lloriquea, tironeándole de una manga. Habla de forma ininteligible, sin vocalizar. Margot saca una caja de bombones y se la tiende a su madre. Ambas se sientan, la una frente a la otra. Jacqueline deja de prestar atención a su hija. Abre los bombones con impaciencia y empieza a comerlos inmediatamente. Margot observa como su madre se come los bombones. Un hilo de baba manchado de chocolate se escurre por su barbilla y comienza a manchar la ropa de un blanco inmaculado. Margot se pregunta cuánto daño habrán hecho las drogas en el cerebro de su madre.

Años atrás Jacqueline era una ama de casa amargada de su vida mediocre y miserable. Su marido era un hombre silencioso y hierático. Nunca había demostrado cariño por Margot. Por su actitud se podría decir que no era consciente de su existencia. El hueco que Jonás dejaba lo rellenaba Jacqueline,  que nunca dejaba de parlotear. Tenía la fea costumbre de hablar sola en voz alta todo el tiempo. A veces se dirigía a Margot, pero no esperaba de ella una respuesta. Le hablaba a Margot como le hablaba a la tele, a la nevera antes de ir a la compra, o al aire: sin esperar respuesta. Lo único común en todos sus soliloquios era la idea de matar su marido. Por la noche era peor, hablaba en sueños y su discurso se volvía más macabro y descriptivo. Eran las únicas palabras que sus progenitores dedicaban a Margot. Un día Margot sintió en su interior que eso era justamente lo que debía hacer, lo que le estaban pidiendo que hiciese. Así que mató a su padre con un hacha. Sentía que tenía que arreglar las cosas para que al fin estuviesen bien, fuese lo que fuese estar bien.

Pero en vez de bien se pusieron muy mal. Su madre se quedó sin palabras. Su mirada trastornada asustó a Margot. Fue a la cocina y bebió un largo trago de vodka directamente de la botella, evitando mirar a su hija. Margot la seguía como una sombra, esperando ver como las cosas por fin se arreglaban, gracias a ella. Esperaba que su madre la felicitase. Tras unos minutos, siguió a su madre de nuevo a la habitación en la que estaba Jonás. Tenía el cuello torcido en una postura antinatural y había perdido una cantidad de sangre alarmante. Su cara seguía inexpresiva. Jacqueline cogió el hacha y golpeó varias veces a su marido. Acabó de decapitarlo y le dio varios hachazos en el pecho. Lloraba. ¿Acaso no lo había hecho bien? Jacqueline se embadurnó las manos de sangre y con ellas ensangrentadas se acercó a Margot y se las restregó. Repitió la operación un par de veces. A Margot le dio mucho asco y quería huir, pero se quedó quieta. Manchó su vestido, sus manos, sus zapatos y su cara. Luego habló, muy bajito y muy seria.

– Ahora vas a gritar hasta que venga alguien. ¿Me oyes? Dirás que me he vuelto loca y he matado a tu padre. Después te he perseguido por la casa y cuando te he atrapado te he manchado con su sangre. Si te preguntan otras cosas di que no sabes, que no entiendes o que no recuerdas. ¿Me has entendido? ¡Responde!

– Si

– Lo harás así ¿Me escuchas!?

– Si

– ¡Grita!, ¡GRITA!

Margot gritó. Cuando la policía entro, echando la puerta abajo, encontraron a Margot, medio afónica, dando gritos regulares en el pasillo, como una alarma que hubiese saltado y se estuviese quedando sin pilas. A Jacqueline la encontraron con el hacha en una mano y la chorreante cabeza de su marido en la otra. Había manchado la mitad de la casa con la sangre.

Jacqueline fue encerrada de por vida en un manicomio. Margot pasó un tiempo en un centro. Cuando certificaron que no estaba en exceso traumatizada, una tía suya se la acogió en casa. Margot era fría y no encajaba en su nuevo hogar. No comprendía esas demostraciones excesivas de cariño, que le parecían hipócritas, o en el mejor de los casos ridículas. Pero se dejó llevar, intentaba aparentar normalidad. Toda su vida intentó fingir que era una persona normal que no había matado a su padre con un hacha.

Pasado un tiempo solicitó ver a su madre. Durante años no le dejaron verla. Viendo que no cejaba en su empeño, al final tuvieron que acceder. La primera vez que vio a su madre tras en incidente ya llevaba diez años encerrada. Estaba muy desmejorada de aspecto y algo atontada por las drogas. Pero estaba completamente lúcida.

En su primer encuentro su madre fue incapaz de acercarse y besarla. Cuando ella fue a saludarla, Jacqueline reaccionó como un animalillo asustado, encogiéndose. La miraba de lado con los ojos muy abiertos y petrificada en esa postura encogida. Veía a Margot como el monstruo que era. Fingir no valía con ella. Se sentaron la una frente a la otra guardando una distancia prudente. Así fue siempre.

– Hija mía ¿te portas bien? Debes portarte bien.

– Me porto bien, madre.

– Debes ser buena ¿comprendes? Si no mi sacrificio no tendrá sentido. Estoy aquí por ti, pero si tu vuelves a… portarte mal, arruinarás también tu vida.

– Te digo que me porto bien.

– Si haces algo malo será mi responsabilidad.

A Margot le disgutó que insistiese tanto. Sentía que la culpa de lo que hizo era de su madre. Era justo que su madre, y no ella, pagase. Miraba alrededor, preocupada de que alguien estuviese escuchando la conversación.

– Yo no te pedí que te sacrificases por mí. – Dijo bajando la voz.

– Pero has tenido una segunda oportunidad.

– Gracias madre.

– Debes ser buena, muy buena.

– Soy buena madre.

– Si alguna vez tienes ganas de hacer daño a alguien, debes reprimirte.

– No tengo ganas de hacer daño a nadie, madre. – Margot estaba muy arrepentida de haber ido.

– Eso está bien. Ya sé que te portas bien. Le pregunto a todo el mundo por ti, al doctor, a las enfermeras, a tu tía. Les pregunto que haces. Si algún día descubro que te portas mal, les contaré a todos la verdad. Eres mi responsabilidad, no quiero que hagas daño a nadie más.

Margot se quedó helada. ¿Qué era aquello? ¿Una amenaza, un chantaje? Siempre había tenido miedo de que la considerasen una loca, como su madre. Ahora además debía temer que su madre confesase la verdad y la encerrasen en su lugar. A esas alturas ¿quién iba a creerla? Pero no podía tomar riesgos.

– Madre soy buena. Fíjate si soy buena que yo misma voy a venir a contártelo personalmente. – Margot no sabía que podía considerar su madre ser buena o ser mala. Pero tenía que controlarla, asegurarse de que no iba contando cosas por ahí.

Al principio visitaba a su madre semanalmente. No tenían mucho de que hablar. Margot trataba de hacerle ver que era muy buena. Jacqueline estaba obsesionada y la amenazaba con confesar continuamente. Margot no sabía qué decir, no comprendía que quería su madre de ella. Escuchaba sus desvaríos, pensaba que Jacqueline ya no estaba del todo centrada. Ella misma se sentía enloquecer, expuesta y débil. Un nuevo terror se apoderó de ella: se sentía influenciable, como cuando era pequeña. Las visitas la estaban alterando y comenzó a pensar en no volver. Alguna semana no iba, diciéndose que no volvería, pero entonces se pasaba los días imaginando a su madre contarle al doctor, a una enfermera o a algún otro enfermo la verdad, o peor, una historia truculenta. Aterrada por estas ideas volvía a visitarla. Tras las ausencias su madre se ponía aún más suspicaz.

La situación se hizo insostenible y Margot puso en marcha un nuevoo plan.

– Mira que te he traído, madre. Son bombones, de los que te gustan. Son muy ricos.

– Hace siglos que no como bombones. Ha sido un detalle por tu parte.

– Ves como soy buena

– ¿Me los traes acaso porque te has portado mal y quieres sobornarme? ¿Compras mi silencio?

–Siempre con lo mismo. Los he traído porque pensé que te gustarían. Si no los quieres puedo llevármelos.

– No, los bombones están bien.

– Eso pensaba. Cómetelos ahora o te los quitarán.

Margot comprobó que su estrategia funcionaba. La droga que había en los bombones era un nuevo derivado de los opiáceos pensada para pacientes con dolores extremos. Desconectaba el cerebro del cuerpo. Era muy nueva y aún estaba en fase de prueba. El abuso causaba crisis epilépticas, perdidas de memoria y alucinaciones. Combinada con otros fármacos sus efectos podían ser nefastos. Gradualmente fue aumentado la dosis y observando como su madre se idiotizaba hasta ser incapaz de hablar con claridad.

Eso la liberó, al menos un poco. Ahora se permite visitar a su madre una vez al mes. Se pregunta qué daños han causado las drogas en su cerebro. Se pregunta si el daño es permanente o si reverá si deja de suministrarle las dosis puntualmente. Se pregunta si alguna vez detectarán que la está drogando. Se pregunta cuando moriría.

Cuando Jacqueline se ha comido todos los bombones sale. Por un momento tiene la tentación de no pasar por el despacho del doctor Mattieu. Pero eso sería imprudente. Camina con pasos entaconados y sonoros, lentos y firmes, hasta la puerta del doctor. Toca y abre mostrando su estudiada sonrisa.

– ¿Quería verme doctor?

– Si, pase siéntese. Es sobre su madre. No observo mejoría en ella. De hecho empeora. No debería albergar esperanzas de razonar con ella.

– Me apenan sus palabras

– Sé que debe ser difícil.

– Usted sabe doctor… Hizo… lo que hizo, y yo esperaba comprender algún día…

– Es usted una gran persona. Insistió en ver a su madre, cuando otro hubiese olvidado que existía. Es admirable que esté tan interesada en su evolución. La sigue visitando con regularidad.

– Siento que es mi deber.

– De eso precisamente quería hablarle. Sus visitas la alteran, su estado empeora. Quizás debería pensar en visitarla menos.

– No podría, siento que es mi responsabilidad. No piense que es agradable para mí venir. Pero me sentiría mucho peor no haciéndolo.

– Como experto le digo que sería mejor no visitarla. No debe sentirse culpable. Debería ser una liberación para usted.

– ¿Me está prohibiendo visitar a mi madre?

– No se altere, señorita Margot. No, prohibir no. Es un consejo médico. Al menos podría reducir las visitas.

– Lo pensaré doctor.

Se despiden. Margot sonríe al doctor. Luego a la enfermera que le abre la puerta enrejada y le permite salir de aquel pequeño reino de locura y encierro. Las insinuaciones sobre como sus visitas alteran el estado de ánimo de su madre, pero sobre todo el tono que ha usado el doctor al decir que “no se altere” la inquietan. Va a tener que ocuparse de ese asunto, también.

La explicación para este cuento aquí.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. fanou dice:

    No me ha quedado muy lucido, pero espero que al menos sea entretenido.

  2. eduard dice:

    No me queda más que felicitarte, has resuelto el tema con eficacia y rapidez, cual la profesional que eres. Aunque rompiste con el auto castigo de Jacqueline sin ninguna razón como hubiera podido ser un reencuentro, una carta, que sé yo. Que en parte hacía de contrapeso a cambio del crimen cometido a razón de hablar sola delante de la niña. Pero no importa, cuando sigues la historia ya es tuya, y has escrito un relato cojonudo y creíble, con su dosis de maldad urdida y encubierta tras la hermosa sonrisa de Margot. Se te aplaude.
    Anacleto Agente Secreto

  3. annefatosme dice:

    La madre hablaba sola y la hija mantiene un perpetuo soliloquio. Me ha gustado este punto de encuentro entre dos locuras.

  4. Holofernes.

    Gran relato.

  5. fanou dice:

    Eduard, no subestimes diez años de encierro con un futuro nada halagüeño, sabiendo que si hablase quizás las cosas cambiasen.
    Además si siente suficientes remordimientos como para sacrificarse por su hija, también son suficientes para sufrir por lo que pueda hacer Margot impunemente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s