Arcanos Perdidos: La Casa (tercera parte)

Álvaro no quería volver nunca más a la casa. Las pesadillas después de tocar la piedra se volvieron peores. Dejó de mirar las noticias, sentía responsabilidad sobre todos los accidentes. No hacer nada se le antojaba el mal menor, pero mal al fin y al cabo. Se volvió un chico solitario y taciturno. Su madre se dio cuenta de su continua inquietud:

– Ya no vas nunca con Marcos ¿habéis dejado de ser amigos?

– Ahora tiene nuevos amigos. No me gustan.

– ¿Se han metido contigo?

– No, es que no me gusta lo que hacen.

– ¿Son gamberros?¿Se meten con otros chicos?

– No es eso.

– ¿Entonces?

– Son mayores.

– ¿Mayores?

– Va con la pandilla de Bruno y Antón

– Bruno es el chico pelirrojo, ¿verdad? Escuché que tuvo problemas antes, muchos problemas. ¿Sabías que es huérfano? Adoptado. Igual por eso se comporta extraño. Pero debes tener paciencia Igual siente envidia de otros chicos más afortunados, como tú… ¿Te ha dicho algo desagradable? Sabes que puedes contarme cualquier cosa…

– No te preocupes mamá, todo está bien.

– Puedes tener nuevos amigos ahora.

– Claro.

Pero no todo estaba bien. Nada estaba bien. No podía contárselo, no dudaba del poder de la piedra. Tampoco quería mezclar a su madre en aquel asunto. Pero llevar la carga sobre sus hombros el solo era demasiado.

Si Marcos antes le evitaba, tras la última visita a la casa había emprendido una campaña en contra de Álvaro. Le insultaba, le fastidiaba siempre que tenía ocasión, hacía correr todo tipo de rumores desagradables sobre él… Le estaba haciendo la vida imposible. Al fin un día se enfrentaron

– ¿Qué es lo que te pasa? ¿por qué no me dejas en paz? – Le dijo en una ocasión en que le estaba insultando.

– Lo sabes muy bien. Eres un traidor. No sé por qué Bruno quiere que vuelvas.

– Yo no sé por qué te sientes tan fascinado con… eso. – Tenían que hablar en clave, había gente cerca.

– El secreto es algo especial. Es increíble, pura magia, pero existe, es real. Yo te invité y tu vas y lo fastidias todo. Eres un mierda. – Se le acercaba con los puños crispados. Hablaba bajo, entre dientes. Estaba tan ofuscado que se le escapaban salivazos al hablar.

– Paso del secreto. Es malo.

– Tu has tocado la piedra, has “visto”, y ahora prefieres pasar. Pero yo no podré poner la mano en la piedra hasta que tú no vuelvas. No es justo.– Estaba tan cerca que podía ver las venas de su cuello hinchadas.

– Olvídalo, no voy a volver.

– Me lo debes.

– No te debo nada.

– Vuelve una vez y luego te dejaré en paz para siempre. No volveré a hablarte, puedes jurarlo.

– Estas obsesionado. Déjalo ya…

Marcos, fuera de sus casillas se abalanzó sobre Álvaro. Rodaron por el suelo entre puñetazos, codazos y rodillazos hasta que alguien los separó.

– Una vez. Joder, me lo debes, cabrón! – Gritaba mientras lo alejaban a la fuerza.

El siguiente miércoles Álvaro se avanzó a todos en el camino. Llegó a la chatarra y esperó sentado a que llegase el grupo. Cogió a Marcos por el brazo y esperó a que todos hubiesen andado un trecho.

– Voy a hacerte este favor para que me dejes en paz. Iré para que Bruno te deje poner la mano en la piedra – dijo esto último con tono burlón –. Luego deja de joderme, lloriquearme o hablarme siquiera, porque no volveré. Has entendido.

– Si.

– Júralo

– Lo juro.

–Bien. Yo no tengo piedra, pero esto es un juramento, no lo olvides.

Álvaró caminó rápido, dejando a Marcos atrás. Había tenido tiempo para meditar aquel discursillo desde que se pelearan, días atrás. También para imaginar que iba a suceder, pero eso siempre iba ligado a pensamientos desagradables. Pasaría aquel mal trago, las pesadillas, lo que fuese, con tal de que le dejasen definitivamente en paz todos. Marcos, Bruno, la pandilla y la Casa.

Cuando llegó Bruno le esperaba sonriente. No lograba imaginar por qué tenía tanto interés en que fuese, salvo fastidiarlo.

– Sabía que volverías a honrarnos con tu visita.

– ¿Dejarás que Marcos ponga la mano en la piedra hoy?

– Eso dije.

– He venido a eso, luego no voy a volver.

– Ya lo veremos. Pasa Marcos, hoy tendrás tu lugar de honor, ocuparás el lugar de Antón, junto a mí.

Le brillaban los ojos. Álvaro pensó que iba a ver su aura y sintió asco. Dani no había venido, estaría solo en su deseo de salvar a quien fuese. Todos ocuparon su lugar. Rápidamente la ceremonia comenzó. Segundos después Bruno y Marcos se balanceaban adelante y atrás. Bruno movía la boca recitando su mantra imperceptible.  Álvaro deseaba que todo pasase rápido. Pero no fue así. Esperaron mucho rato, todos reunidos, nerviosos, a que comenzase, mientras Bruno murmuraba y los dos con la mano en la piedra se balanceaban. Álvaro se preguntaba si algo no iba bien. Incluso Antón estaba anormalmente inquieto. Tras un tiempo largo que a Álvaro le pareció el doble al fin comenzaron.

– Soy una mujer, conduzco tranquilamente por la carretera. – Comenzó Bruno.

– Voy de vuelta a casa. – Álvaro apretó los dientes, comenzó a desear que se salvase.

– Quiero llegar pronto y cocinar. – Tanto deseaba que se salvase que tenía los puños cerrados y apretados hasta clavarse las uñas en las palmas. Había dejado de respirar. Que se salve, que se salve…

Hubo una nueva pausa. Álvaro sentía que se mareaba, que se le iba la fuerza. Sentía nauseas. Sentía el mundo sostenido en rojo. No sabía cómo ayudar a aquella mujer, salvo deseando que se salvase. Durante un momento pudo sentir la agresión de los demás en la sala, que deseaban el mal a aquella mujer. Al final la balanza se inclinó.

– Un ciervo ha salido de la nada cruzando la carretera. –Reemprendió Bruno.

– Quiero esquivarlo, pero le doy. – Álvaro sintió el pánico. Deseaba que se salvase. Un dolor agudo se le instaló en las costillas, doblegándolo hacia delante. Estaba perdiendo la batalla.

– Me he salido de la carretera. – Rojo y dolor.

Bruno y Marcos se sacudieron, saliendo del trance. En seguida Marcos dijo, atontado pero triunfante:

– Se ha estrellado contra un árbol.

Álvaro sintió arcadas, y hizo el gesto de vomitar, aunque tenía el estomago vacío. No salió nada, excepto un hilo de bilis. Los ojos se le pusieron en blanco, el dolor en las costillas y el mareo lo hicieron caer de lado.

Antón se rió, le hacía gracia que se hubiese caído. Pensaba que era un cobarde, nada sabía de su lucha interior, no percibía nada y apenas comprendía. Los demás en cambio se mantuvieron silenciosos. Bruno se acercó a Álvaro y lo ayudo a incorporarse, sentado sobre el cojín.

– Lo siento, ha muerto.

– ¿Por qué todo esto? No comprendo. Ha muerto una persona ¿No os dais cuenta? No es ningún juego!.

– Nadie ha dicho que sea un juego. – Bruno miró alrededor. Hizo un gesto y los demás comenzaron a marcharse. Esperó a que no quedase nadie.

– Siento que sea así. El primer día que estuviste aquí pude ver que tienes fuerza, mucha fuerza interior. El azar te trajo hasta mí. Quizás eres el único capaz de manejar la piedra que he encontrado en muchos años. Tenía que hacer que volvieses para traspasarte la responsabilidad de la piedra.

– No pienso volver.

– No comprendes, han sido muchos años esperando. Cientos.

– Te digo que no voy a volver.

– Volverás. Hoy mismo. Estaré aquí esperándote.

– Estas mal de la cabeza. Déjame. Si vuelves a molestarme le contaré lo todo.

– No dudes del poder de la piedra para hacer cumplir la promesa que hiciste.

– Diré a la gente que te metes conmigo, que me pegas, que me tocas, me inventaré lo que sea. – Poco a poco recuperaba las fuerzas y se levantó, tambaleante, aún débil, pero decidido. Caminó hacia la puerta.

– Álvaro, yo, lo siento mucho. Si vuelves te lo explicaré todo. – Dijo un poco compungido.

– Ya, puedes guardarte tus artimañas para otro, conmigo no funcionan.

De vuelta a casa le temblaban las rodillas. La nausea y el dolor en las costillas no le abandonaban del todo. Caminó trastabillando, penosamente, hasta casa. Pensó en la pobre mujer que no había podido salvar y sintió una pena lejana y sin rostro. Pensó que llegaba tarde: le pedirían explicaciones, tal vez lo castigasen. No le importaba. Tenía que acabar con el asunto de la Casa de una vez por todas y seguir con su vida. Debería sentir alivio, pero simplemente se encontraba mal. Podría jugar esa baza: se encontraba mal, seguro que tenía fiebre.

Cuando llegó a casa la puerta estaba abierta. Desde fuera se oía ruido de gente hablando, mucha gente, dentro. Le parecía oír incluso alguien lamentandose y lloriqueando. No era tan tarde, no podía ser que sus padres se hubiesen preocupado tanto. Al ir a entrar un policía salía. Álvaro se asustó y se quedó petrificado.

– ¡Tranquilos, me parece que el muchacho está aquí! – Dijo el agente hablando hacia dentro de la casa. Luego comunicó hablo por la emisora. Finalmente se dirigió a él.

– ¿Dónde te habías metido, muchacho? Te están buscando. – No parecía enfadado. Lo miraba con lástima. ¿Cómo era posible que hubiesen montado aquel revuelo por un pequeño retraso? ¿Querían asustarlo? Tal vez habían descubierto que hacía pellas en natación y querían escarmentarlo. Su tía apareció en el umbral de la puerta. Había estado llorando, tenía la cara roja y hinchada. De hecho aún lloraba.

– ¿Dónde estabas!?

– Lo siento, yo…

– TU PADRE ESTÁ AHÍ FUERA, BUSCÁNDOTE.. – Su tía estaba totalmente fuera de si. Gritaba. Álvaro se asustó mucho.

– Cálmese. – Dijo el policía. – Tu padre te buscaba porque ha sucedido algo, un accidente, con tu madre. Como no te encontraban pensaban que estabas con ella cuando… Bueno, ahora te lo explicarán…

A Álvaro le rodó la cabeza. Sabía que justo ahí delante había algo horrible, pero no podía comprenderlo.

– Álvaro, hijo mío, tu mamá ha tenido un accidente de coche. – Dijo su tía entre sollozos.

– No.

– Un animal, un ciervo… ha hecho que se saliese de la carretera.

– Noo! – El mundo de Álvaro se despedazaba a su alrededor.

– ESTÁ MUERTA

– Señora cálmese, no creo que sea la forma adecuada… –

El agente dejó de hablar porque Álvaro gritaba. No decía nada, simplemente gritaba con la boca tan abierta que le dolían las comisuras de los labios, y tan profundamente que le dolían los pulmones. Cuando el grito acabó, las lágrimas nublaban su vista. El mundo rodaba sin sentido y Álvaro no podía comprenderlo.

Antes de que nadie pudiese reaccionar salió corriendo escaleras abajo, deshaciendo el camino que acababa de hacer. En su cabeza aún sentía el grito que no cesaba. Corrió por las calles, cruzó la autovía, corrió por el campo, sin hacer caso del agudo dolor del costado que le indicaba la extenuación de su cuerpo, ni de las lágrimas que inundaban sus mejillas por mucho que tratara de contenerlas. Llegó al fin a la casa y entro en un revuelo. Bruno seguía allí, como había prometido. Sentado en un cojín, su cojín, que ahora estaba situado lejos de la piedra, en un rincón.

– ¡Lo has hecho tú!

– Yo no he hecho nada, yo no he deseado que muera o que viva.

– Tú sabías quién era ella. Tú querías que volviese. “Muéstranos a quien queremos ver”. – Su pensamiento volaba ahora: – Tú la elegiste. ¿Puedes hacerlo? – En realidad no necesitaba respuesta.

– Puedo elegir seguir a una persona, que aparezca o no la fatalidad no está en mi mano. Tampoco está en mi mano que se salve o muera.

– ¿Qué esperabas que sucediese si la apuntabas con tu dedo maldito? Has matado a mi madre!

– No, yo no la he matado, la han matado todos los que estaban aquí con su deseo, y ninguno en realidad. La ha matado el destino. Las cosas suceden, queramos o no. No estoy detrás de todo lo que sucede, ni sucede lo que yo quiero, no funciona así. Debes comprender …

– Te mataré.

Bruno rió.

– Bien, sea pues. Te desafío. Mátame, si puedes. Pero hazlo bien. Ten, este libro lo he escrito yo, durante más de doscientos años. En él está todo lo que sé de la piedra. Aprende a usarla, compréndela, y mátame. Yo he matado a tu madre, te desafío.
Álvaro se abalanzó sobre Bruno. Quería matarlo allí, ahora, con sus propias manos. Sólo sentía el instinto animal, un odio profundo que no atendía a razones. Pero bruno tenía tres años más que Álvaro, era mucho más alto y mucho más fuerte. Empujó a Álvaro con fuerza hacia atrás. Tropezó con un cojín y cayo de espaldas. Se golpeó la cabeza y ese fue el final de la pelea y, momentáneamente, de la consciencia. Cuando despertó estaba tumbado sobre cojines, tapado con la chaqueta de Bruno. Al lado estaba el libro negro. Ni rastro de Bruno.
Cuando volvía a casa estaba amaneciendo. En casa su padre había vuelto. Tenía la cara gris, ojeras y parecía mucho más viejo. Al ver a Álvaro lo abrazó. Le preguntó dónde había estado, pero no esperó respuesta. Llamó a la policía para avisar de que estaba en casa y dejaran de buscarlo. La casa ahora estaba solitaria, lo cual era un alivio.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anne Fatosme dice:

    Fanou, tu relato está envuelto en misterio. Me recuerdan las leyendas celtas que me contaban de pequeña.
    Un abrazo

  2. eduard dice:

    Mañana me vuelvo a pasar y te digo (Seré implacable)

    Al Pacino.

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