Arcanos Perdidos: La Casa (segunda parte)

– Primero los nuevos deben jurar sobre la piedra. Pueden hacerlo los dos a la vez, no veo ningún impedimento.– Estaban sentados al fondo. Todos se giraron para mirarlos. Tanta atención le abrumó. –Venid aquí, al centro, y poned la mano sobre la piedra.– Álvaro vio la piedra por primera vez. Era eso, simplemente una piedra gris con el símbolo grabado en relieve, un poco gastado, encajada en el suelo entre las losetas. El tacto resultó frío y húmedo.

– Repetid: Juro que no contaré nada de lo que aquí vea, ni nada de lo que aquí suceda a nadie que no pertenezca a este grupo. Lo juro sobre mi vida, que me muera si intento traicionar este pacto.

Juraron. La mano se le quedo helada, la cabeza le rodó y sintió un escalofrío. El pacto había quedado cerrado.

– Bien, ya podéis volver a vuestro sitio. Hoy la historia la contaremos Antón y yo, para que los nuevos vean cómo funciona la piedra.

Álvaro aún estaba mareado. Se sentó atrás. No podía dejar de mirar la cenefa, que daba la vuelta a las paredes de la habitación, enlazada con ella misma una y otra vez, en un bucle infinito. Reparó en Bruno y Antón. Ahora ellos estaban sentados junto a la piedra. Bruno tenía las piernas cruzadas delante, como un niño pequeño. Antón arrodillado, se sentaba sobre los tobillos. Tenía que encorvarse para poner la mano en la piedra. Ambos tenían la mano sobre la piedra, como él mismo unos instantes atrás. Tenían los ojos cerrados y se balanceaban suavemente hacia adelante y atrás. Bruno murmuraba unas palabras, pero tan bajo que Álvaro no escuchaba nada.

Estuvieron así un buen rato. Todo el mundo se mantenía en silencio, expectantes. Pasó tanto rato que a Álvaro le hubiese parecido ridículo, si no fuese por el aura de solemnidad de los demás. Era evidente que algo importante iba a ocurrir. De pronto Antón habló con voz ronca, como si acabase de levantarse.

– Veo luz. Es de día. Hay una carretera. Un coche gris de lujo corre por una carretera secundaria.

– Soy un ejecutivo, me he entretenido con mi secretaria, por fin ha caído. – Se alternaban para contar la historia.

– Corro mucho más de lo permitido, el motor ruge, me siento bien.

– Mi mujer empieza a sospechar, no quiero que me interrogue. He cogido una carretera secundaria, sin tráfico, sin semáforos. Voy a apretar para llegar a tiempo

– Miro la hora, miro el cuenta-kilómetros, miro las revoluciones. No sé si llegaré a tiempo.

– Mi mujer me increpará, pero ha valido la pena.

– De dónde ha salido esa curva, no la he visto.

– El coche está fuera de control…

Ambos muchachos dieron una sacudida, y con ellos todos en la habitación. Al poco Bruno y Antón abrieron los ojos y separaron la mano de la piedra.

– Ha muerto – Dijo el segundo, con una sonrisa en los labios y cierto aire de triunfo.

Álvaró pensó que aquello tenía que ser una broma.

– Por hoy es suficiente. – A Bruno se lo veía cansado – Quedamos la semana que viene, misma hora, mismo sitio. Recordad, sobre todo los nuevos, pase lo que pase nada de esto puede salir de aquí.

¿Qué era lo que había pasado? ¿Qué era todo aquello? Volviendo a casa todos guardaban silencio. Cada uno tomó un camino diferente, se separaban para ir a su destino. Marcos y Álvaro volverían a casas acompañados por Isidro, como cada miércoles después de natación. Marcos estaba excitadísimo. En seguida que se quedaron solos interrogó a su hermano.

– ¿Qué ha sido esa historia que han contado? ¿El secreto es la piedra? ¿Son una sociedad secreta que se reúne para contar historias?

– No es ninguna historia. –  Contestó Isidro serio.– Lo que has escuchado ha pasado de verdad, estaba pasando cuando ellos lo contaban.

– ¿Ha pasado de verdad?¿Cómo lo sabéis?

– Lo sabes porque te lo digo yo.

– ¿Y tú como lo sabes?

– Lo sé… Lo sabrás porque comprobarás las historias, en la tele, en los diarios, verás las noticias. Yo al principio tenía dudas. – Hubo un silencio – Ése es el poder de la piedra.

A Marcos le brillaban los ojos. Álvaro no comprendía bien, sentía que aquello no estaba bien, aunque que no sabía concretar qué era lo que estaba mal.

Aquella noche fue la primera en que sufrió las pesadillas.  Soñaba con la casa. Fuese cual fuese el sueño, la casa aparecía y con la casa llegaba el terror abstracto. Cada noche era igual. Las pesadillas eran peores justo después cada visita a la casa y se atenuaban con los días.

Siguió visitando la casa, fascinado con lo que allí sucedía, con las historias. Al principio creía que el misterio de la piedra era que podía ver el futuro, o más exactamente, podía ver lo que estaba sucediendo en otro lugar. Poco a poco fue descubriendo que la piedra siempre veía cosas horribles: accidentes de todo tipo que acaban con la muerte de personas. Un ascensor que cae, un accidente en una obra, más accidentes de tráfico… Lo peor era descubrir en los telediarios que aquello no era ninguna broma.

Normalmente los contadores de historias eran Bruno y Antón. Ocasionalmente dejaban que otro pusiese la mano en la piedra y contase la historia. Había más chicos de los que había visto en una primera visita. Un chico flaco y muy moreno que no era de su instituto y otro chico que venía sólo a veces porque a menudo estaba enfermo.

Marcos siguió fascinado con el secreto. Preguntaba continuamente a Isidro, a veces incluso se atrevía a preguntar a Bruno, sobre todo lo relacionado con la piedra. Así supieron que en la habitación había un libro manuscrito que encontró Bruno. El fue el que encontró la casa, el primero en utilizar la piedra y el poseedor del  libro negro. En el libro se explicaba como usar la piedra. Había que recitar una fórmula para iniciar la visión. También explicaba que la piedra había sido puesta allí doscientos años atrás, aunque antes había estado en otro lugar.

Álvaro podía ver ese brillo oscuro en la mirada de los que conocían el secreto. Fuera del grupo, en clase, Marcos se había vuelto un presuntuoso. Se las había ingeniado para hacer correr el rumor de que conocía el secreto. Ahora era muy popular. Siempre hablaba de forma intrigante y grandilocuente frente a los demás. Álvaro no entró en ese juego y se distanciaron. Pero seguían haciendo juntos el camino hacia la casa, y se sentaban juntos en los cojines.

Un par de veces Álvaro se demoró en ir. Se sentó en el coche en ruinas y jugó a conducir. Se imaginó que se quedaba allí y no iba a la casa. Se preguntó si aquel coche había llegado allí tras un accidente. Quizás también lo vieron desde la piedra. Eso querría decir que alguien murió. Todo el asunto del secreto, la casa y las historias era muy siniestro. De vuelta tomó una determinación:

– Oye, siempre vemos personas que mueren, accidentes, allí en la casa.

– Isidro me contó que una vez siguieron a un suicida.

– Es igual, es horrible. La gente muere ¿Para qué todas historias?

– Lo que pasa es que eres un cagado. Conoces el secreto y mírate, lloriqueando y quejándote siempre. Me fastidias todo el rato. No mereces conocer el secreto. No debí invitarte.

– No voy a volver.

– Por mí fenomenal. Pero recuerda que si cuentas te juegas la vida. Espero que no seas un chivato. Si te chivas yo esperare que te mueras.

Álvaro sintió alivio. No le importaba que creyesen que era un cobarde, o un traidor. No tendría que volver. Quería olvidarse del asunto. Faltó un par de semanas a la cita. Las pesadillas se atenuaron. Tal vez con el tiempo desapareciesen. Durante el día a menudo pensaba en la casa, aún sin querer. Mientras garabateaba con la mente distraída durante las clases, se sorprendía dibujando la runa enlazada consigo misma, en una cenefa como la de la pared. Innmediatamente la tachaba, rompía el papel y lo arrugaba hasta destruir cualquier evidencia.

Un miércoles Marcos, que ya no le hablaba, se le acercó en la hora de recreo.

– Quieren que vuelvas.

– Me da igual. Yo no quiero volver.

– Bruno dice que si vuelves, te dejará poner la mano en la piedra. Dice que entonces comprenderás.

– ¿Qué es lo que debería comprender? La gente muere, ¿eso es lo que hay que comprender?

– Yo no lo sé, a mí no me han dejado poner la mano en la piedra. – Álvaro no sabía que responder – Deberías ir, Bruno quiere que vayas. Poner la mano en la piedra es un privilegio. Bruno deja a muy pocos hacerlo.– Veía la admiración que el otro sentía por Bruno y le parecía estúpido.

– Lo pensaré. – Esperaba que con eso bastase y le dejara en paz. No pensaba ir.

Todo el día se repetía a sí mismo que no iría. Lo decía tan firmemente que murmuraba sin darse cuenta. Él mismo creyó su mentira. Pero cuando acabo el colegio, en vez de ir a natación, sus pasos se encaminaron a la casa. Tenía que saber si todas esas muertes tenían explicación, si había algún sentido.

Hizo el camino el sólo, deliberadamente tarde, para no encontrárselos por el camino. Cuando llegó estaban reunidos: unos sentados en los cojines, Antón y Bruno presidiendo. Al entrar sintió las miradas de todos clavadas en él. Estaba nervioso, asustado.

– Hay gente que pensaba que no vendrías. Pero al final has venido. Estupendo. Hoy ocuparás el lugar de Antón. Pondrás la mano en la piedra y “veras”.

– ¿Qué veré?

– No se puede explicar con la palabras. Ven aquí. Comenzaremos.
Tenía el libro abierto por una página. Echó un vistazo rápido y lo cerró, dejándolo en el suelo a su lado.

– Lo único que tienes que hacer es poner la mano en la piedra y esperar. Sobre todo, no la retires hasta el final.

Álvaro estaba muy tenso. Se movió como una marioneta de madera al sentarse frente a Bruno y poner la mano en la piedra.

– Cierra los ojos. – Obedeció. Bruno comenzó a murmurar: Al fin pudo escuchar lo que murmuraba siempre:

– Despierta piedra, muéstranos a quien queremos ver. Despierta piedra, muéstranos a quien queremos ver. Despierta piedra…

Sentía el tacto de la piedra fría helándole la mano. No se daba cuenta, pero ya se estaba balanceando, igual que Bruno. Entonces comenzó a ver cosas en su mente, como una imagen en un sueño proyectada en sus parpados cerrados. Pero estaba despierto, muy despierto. Veía a los compañeros en la habitación, los percibía con un aura alrededor, brillante y de color. Con la percepción del aura le llegaban pensamientos y sensaciones. Pudo sentir el miedo y la inseguridad de Antón. La excitación mezcladas con miedo de la mayoría. La tristeza del muchacho enfermizo. Sintió claramente el odio de Marcos. Le odiaba a él, el descubrimiento fue como una bofetada ¿Cómo podía odiarle tanto? ¿Por qué?

Empezaron a alejarse, salieron por el tragaluz ovalado. Sabía que en realidad no había abandonado la habitación, su cuerpo había quedado atrás. Percibió que quien dirigía el viaje era Bruno. Se alzaron unos metros. Podían ver las auras como colores luminosos, congregados en la ciudad. También las almas que se movían raudas, como estelas luminosas, por las carreteras. Pronto empezó a percibir los focos rojos. Aparecían iluminando un punto concreto. Algunos se disolvían enseguida. Otros se volvían brillantes, intensos, luego oscuros, rojo-sangre, hasta ser negros, y se hacían pequeños hasta desaparecer. Estuvieron así flotando hasta que Bruno enfocó un punto rojo. Volaron raudos hasta él, tan rápido que Álvaro se mareó. Era un autobús.

– Veo un autobús – Dijo Bruno en la sala a los compañeros.

– Está lleno de niños – Coreó Álvaro. Pero no se daba cuenta, no sentía su cuerpo. Sentía los pensamientos de los niños, que le asaltaban incontrolables y alteraban su propio estado de ánimo.

– Soy el conductor. Miro el móvil. Espero una llamada importante. – Se centraron en el conductor, percibían sus pensamientos con intensidad.

– El móvil suena. No debería cogerlo, pero es una llamada importante.

– Lo cojo, pero doy un volantazo sin querer.

– El autobús bandea de un lado a otro de la carretera, incontrolado en una curva.

– Tengo que recobrar el control… casi lo logro, pero tengo que esquivar un coche que viene en dirección contraria.

– El autobús pierde el equilibrio y vuelca. – Álvaro sintió el pánico del conductor, también el de los niños, que gritaban. Miedo hasta la irracionalidad. Todo era rojo sangre. Luego, poco a poco, percibió algo mucho peor. La mayoría de muchachos en la sala deseaban que algo malo sucediese. Querían que el autobús volcase, y también que hubiese muchos muertos. Antón y Marcos lo deseaban. El chico enfermo no. Él deseaba que se salvasen todos con fuerza.

Se fijó en el aura de Bruno, era transparente. No brillaba. No deseaba nada, que se salvasen o que muriesen. Álvaró reaccionó y deseo con todas sus fuerzas que se salvasen, todos. Durante un momento pensó que la salvación de aquellos niños estaba en sus manos. Grito que se salvasen dentro de su cabeza. Lo debió gritar en la sala, no lo sabía. Segundos después hubo una sacudida y despertó violentamente.
Estaba tirado en el suelo. Sintió dolor en su hombro izquierdo. Antón estaba cerca y lo miraba ferozmente, con el puño alzado. Él le había dado un empujó y lo había apartado de la piedra, tirándolo al suelo.

– Déjalo. – Dijo Bruno a Antón. Luego dirigiéndose a Álvaro:

– Ya ha terminado. Han muerto bastantes. Lo siento.

Álvaro no sabía si lo sentía o se burlaba. Intentó percibir, pero ya no estaba tocando la piedra. Tampoco podía ver lo que sentían los demás, aunque ahora sabía cosas, como que Marcos le odiaba.

– ¡Debemos impedirlo! – Tenía la mirada desorbitada.

– Ya no hay forma, ya ha sucedido.

– Debemos ayudarles, avisar…

– ¿Y qué vas ha decir? ¿Que has visto el accidente tocando una piedra? Te tomarán por loco, o por bromista.

– Podemos decir que lo hemos visto, sin dar más explicaciones.

– Tranquilízate. Seguro que alguien lo ha visto ya.

– ¡Pero deberíamos hacer algo!

– ¿Qué deberíamos hacer? …Quizá ¿cambiar lo que deseamos?

– ¡Si!

– Ver no cuesta nada, pero cambiar las cosas sí. Cambiar hacia lo bueno nos cuesta la salud, mira al pobre Dani. – Todos miraron al chico enfermizo. – Cambiar hacia lo malo no tiene un coste tan perceptible. Pero nadie ha dicho que no sea un coste caro, sobre nuestra alma. No todos aquí comprenden eso.

– Eso es horrible.

– No es horrible. No es bueno ni malo. Las cosas suceden, lo deseemos o no. Verlo no cambia nada. No está mal si miras sin desear nada.

– Podríamos salvarlos.

– No podrías salvarlos a todos, antes morirías.

– Podemos salvar a algunos.

– Antón ¿tu deseas salvarlos?

– ¿A quién? ¿A desconocidos? Por mi pueden morirse todos.– No necesitaba la piedra para ver su resentimiento, su odio.

Todos lo miraban. Sintió asco, desesperación, odio… Se ahogaba. Necesitaba salir. Mientras salía precipitadamente escuchó a Bruno.
– Si vuelves, la próxima vez tu amiguito Marcos podrá poner la mano en la piedra.

Que cabrón ¿Por qué quería que volviese?

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Sin duda, lo tuyo es escribir, literalmente. Muy bueno el ritmo paulatino del diálogo. El detalle del aura sin brillo, mala señal, es todo un guiño a la metafísica.

    Michael Jackson

  2. fanou dice:

    Siendo que no me conoces, me inclino a pensar que tus comentarios son sinceros. Entonces me alegro mucho, es importante el ánimo y un poco de reconocimiento. Pero cuando medito un poco más, llego a la conclusión de que eres muy amable, quizás más amable que bueno el texto.
    Mas no me quites mi modestia. Pensar que escribo mal es el impulso para mejorar, ni que sea un poco.
    Gracias sinceras por tus comentarios.

  3. Anne Fatosme dice:

    Fanou, entiendo que quieras mejorar, igual que todos nosotros, pero esto no quita el hecho indiscutible que escribes muy bien. Tus descripciones son impecables y tus dialogos fluyen con total naturalidad. Enhorabuena de verdad. Un abrazo.
    Anne

  4. eduard dice:

    A veces no sólo es el texto, es el diálogo, la estructura, el ritmo, la reflexión, el análisis. No voy a echar por tierra un trabajo porque descubra errores de sintaxis, ortográficos o lo que sea. Yo mismo pienso lo mismo a veces, comentXcoment, pero hay más debajo de la piel, hay lo que somos y queremos expresar, de un modo personal, con nuestras virtudes y limitaciones. Hay lo que hay detrás de la pluma, la persona a la que hemos conocido a través de un texto que nos gustó. Eso es una realidad, intentar poner cara al individuo que nos perturbó unos minutos con una historia alucinante. Otro día no lo fue tanto, así son los blogs, un ensayo literario. Mañana será mejor. Así se hacen los amigos, también.
    Tengo una edad para ir enjabonando a nadie. Estoy con Anne, escribes muy bien y punto.
    Un abrazo de AtarLoco

  5. Poio dice:

    Yo se lo vivo diciendo y no me cree 😀 Igual es cierto lo que dice Fanou: creyendo que somos malos escribiendo nos esmeramos en mejorar.

    Ahora sí, si tengo que hacer una corrección la hago. No puedo evitar dejar de ser profesor 😛

    Sigo leyendo así lo termino hoy antes de volver a la escuela. No lo leí ayer porque se cortó internet :S

    sevemos

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