Arcanos Perdidos: La Casa (primera parte)

Álvaro siente una excitación tan grande que le tiemblan las manos como a un viejo. Desde que tomó la determinación se ha sentido mal. Ese día, el señalado para su expedición, se lo ha pasado descompuesto. Pero no se plantea ni por un instante abandonar. Abre furtivamente la puerta de su habitación y clava los ojos en la oscuridad de la habitación de matrimonio. El olor del perfume de mamá, su presencia cercana, como si estuviese a punto de regresar en cualquier momento, se siente en el aire demasiado insoportablemente. Sigue adelante por el pasillo. Pasa rápido y silencioso frente a la puerta del salón. Su padre se ha quedado dormido frente al televisor. Cada noche hace lo mismo, está agotado, pero no puede dormir en la cama.

Álvaro se escabulle por el pasillo, echa un último vistazo a la luz titilante que se escapa del comedor antes de girar el recodo. En el descansillo escucha atentamente cualquier indicio que delate que su padre se ha despertado. Sólo oye la tele hablando lejana. En la penumbra hace una última comprobación de la mochila: las llaves para volver a entrar, dinero por si lo necesita, linterna, agua y unas galletas con chocolate, por si tiene que esperar un rato… a que “las historias” lleguen. Abre la puerta y la cierra tras pasar afuera, con mucho cuidado de no hacer ruido.

Le tiembla el corazón mientras baja por el ascensor. Al abrirse la puerta podría estar esperando algún vecino. Si ven al chico de doce años saliendo sólo a esas horas querrán saber qué sucede, intentarán detenerlo, llamarán a su padre y todo su plan se habrá ido al traste. El ascensor baja hasta la B y se abre a un rellano desierto.

Logra salir del edificio sin cruzarse con nadie, pero en el barrio aún está en peligro de ser descubierto. Se pone la capucha, baja la cabeza y procura ir por los lados más oscuros. Camina rápido, pero sin correr. Espera que no reparen en él. Se detiene un momento delante del parque en el que jugaba cuando era más pequeño. De vez en cuando aún pasa algo de tiempo allí, aunque no mucho, porque es un parque para niños pequeños. Es todo gris, sin plantas ni césped, y la arena la utilizan los perros de todo el vecindario. Hay varios columpios: balancines de uno y de dos, un tobogán y una estructura con torre, pasarela, subidas y bajadas. Todo es de hierro, pintado de colores chillones que rápidamente se desconchan y decoloran. Es un parque muy feo, y su aspecto por la noche le resulta inquietante.

Sigue de largo y pronto llega a la carretera de circunvalación. El tránsito allí es más denso. Ve personas a lo lejos, andando raudos de un lado para otro. Cruza la carretera peligrosamente, por no ir hasta uno de los semáforos regulados, pulsar el botón y esperar. Sigue caminando sin mirar atrás.

Llega al descampado en el que los adolescentes van a jugar y hacer sus trastadas. Hay unos cuantos coches y motos, aparcados lejos los unos de los otros. Por la noche las parejas van allí a hacer manitas y otras guarradas un poco indeterminadas en la mente de Álvaro. Sigue caminando hasta que encuentra el torrente seco de una riera. Camina por ella y las luces quedan atrás. Tarda un poco en acostumbrarse a la oscuridad, mientras camina despacio. Percibe el resplandor de la ciudad a sus espaldas. La luna, bastante crecida, también ayuda. Rehace el camino que conoce tan bien. Llega a la altura de la chatarra de un coche que es cómo un hito. Recuerda haber jugado ahí un par de veces. Aún está a algo menos de la mitad del recorrido. Por la noche le parece mucho más largo. Sigue caminando, escuchando los ruidos de la noche. Momentáneamente tiene la sensación de que alguien le observa, le persigue. Mira varias veces hacia atrás y escruta la maleza en busca de movimiento. Pero todo está en su cabeza. No va a acobardarse, sigue hasta que al fin divisa la casa medio derruida.

Siente una excitación mezclada con miedo que le recuerda a la primera vez que se acercó a la casa, aunque ahora las cosas son muy diferentes. Ha tenido pesadillas con la casa. En ellas la casa tiene vida y lo quiere encerrar dentro. Siente un vértigo nuevo, el miedo le va a atenazar. Pero no se deja vencer. Ha tenido el valor de ir hasta allí, él sólo. Se siente orgulloso. Se obliga a seguir adelante.

Entra en la casa e inspecciona la planta baja nerviosamente, asegurándose de que no hay nadie, ningún gamberro ni ningún vagabundo refugiado. Mira la escalera, no tiene por qué ir a la planta de arriba, nunca ha estado ahí… Pero si hay alguien refugiado y le sorprende en plena faena, el susto puede ser muy desagradable. Sube los escalones medio en ruinas, que se quejan con cada paso. Arriba se percibe más luz, es la luz de la luna que entra por los ventanales sin cristal ni persianas. Igual que abajo, todo está arrasado. En el suelo hay runa y basura. En una habitación el papel se ha despegado de las paredes casi por completo y ha quedado colgando medio enrollado todo alrededor. De otra estancia sale un olor muy desagradable, no entra. En la siguiente hay una bañera pegada a la pared, bajo una ventana. Chorretones rojos de herrumbre resbalan por las paredes y tiñen el fondo de la bañera de rojo, como si hubiese sangre. De pronto se le ocurre una osadía:

– ¡Eh! ¿Hay alguien ahí? – Grita, un poco histérico. Su voz, modulada por el miedo, le suena extraña. Los instantes siguientes escucha con tanta intensidad que le duelen los oídos. Silencio.

– ¿Hola!? – Repite, para asegurarse. El pensamiento de que pueda contestar un fantasma cruza por su mente. La casa cruje y Álvaro siente un latigazo de miedo tan intenso que le duele el pecho. Se serena, casi llegando a la risa nerviosa. Está bastante seguro de que no hay nadie en la casa.

Baja las escaleras, con cuidado de no tropezar. No quiere tocar muchas cosas, todo está muy sucio. No se detiene en la planta baja, sigue hacia el sótano. La oscuridad se hace intensa. Saca la linterna a tientas de la mochila, detenido en un escalón. La enciende y continua bajando, iluminado cada paso futuro un peldaño más bajo. Llega a la puerta y la abre. Está hinchada y cuesta mucho. Hace mucho ruido desencajándose del marco, rascando el suelo, y las bisagras chillan. Abre una raja estrecha, suficiente para pasar. La mochila se le engancha y forcejea unos segundos antes de colarse dentro.

Alumbra las paredes, pintadas con ese motivo tan extraño, repetido como una cenefa, que ha mirado hipnóticamente en visitas anteriores. La habitación está mejor conservada que las otras, libre de escombros o basura. En el suelo los cojines viejos, que sirven de asiento alrededor de la piedra. La piedra está clavada en el suelo y tiene el motivo de las paredes dibujado en relieve. Busca el mismo cojín que ha ocupado en otras ocasiones y lo acerca al centro.

Recuerda como comenzó todo aquello. Su amigo Marcos tenía un hermano tres años mayor. Conocía a los dos chicos más famosos del barrio: Bruno, el pelirrojo y al gran Antón. Todo el mundo decía que tenían un secreto y ellos se las daban de importantes. Triunfaban entre las chicas y todos los chicos querían estar en su pandilla. Pero sólo revelaban el secreto a unos cuantos. Entre ellos estaba Isidro, el hermano de Marcos. Isidro, ante la insistencia de Marcos, le había contado algo:

– ¿Qué es el secreto?

– El secreto es más un lugar que una cosa.

– ¿Un lugar? ¿dónde está?

– Está en una casa encantada.

– ¿Una casa con fantasmas?

– No hay fantasmas. Lo que hay es el secreto, por eso está encantada.

– Pero ¿qué es ese secreto?

– No te lo puedo contar. He jurado que no contaría nada a nadie. Si juras algo allí, no puedes cagarla, porque juras sobre tu vida. No bromeo con eso.

Marcos estaba emocionado, obsesionado con el secreto. Todo lo que descubría se lo contaba rápidamente a Álvaro, su mejor amigo.

– Voy a pedirle a mi hermano que me deje ir un día.

– No te dejarán.

– Le diré a mi hermano que pida permiso. Luego te lo contaré todo.

– Pero te harán jurar a ti también…

– Cruzaré los dedos, para que el juramento no sea válido.

– No creo que cruzar los dedos sirva para nada.

– Pues te hago jurar a ti también y listos.

Álvaro no lo veía tan claro. Sentía curiosidad, pero no tanta como su amigo, ¿qué secreto vale más que tu propia vida? Sospechaba que el secreto no era tan, tan importante. Seguro que los chicos exageraban.

Tanto debió insistir Marcos que un día su hermano le dijo que podía ir. Marcos a su vez invitó a Álvaro. Al salir del colegio, de sopetón le dijo que no iban a clase de natación, sino a conocer por fin el secreto.

– ¿Seguro que yo también puedo ir?

– Sí, podemos ir los dos.

Vieron a Isidro a lo lejos, junto con Bruno, Antón y dos o tres chavales más, todos mayores.

– ¿Dos mocosos? Me habías dicho que sólo era tu hermano. – Dijo Antón.

– Es su amigo, son inseparables, parecen culo y mierda ¿Es que no puedes separarte de tu novia? – Dijo Isidro dirigiéndose a su hermano, enfadado.

– Tiene miedo – Dijo Bruno en tono burlón. Luego se puso súbitamente serio –Quizás tenga motivos para tenerlo. Pueden venir los dos. Pero nadie más, os lo advierto.

Los mayores comenzaron a caminar con Bruno y Antón a la cabeza. Marcos y él se quedaron atrás.

– ¿Ves como sí que podías venir? Te he hecho un favor.

Álvaro no lo veía así. Miró con cara reprobatoria a Marcos. Ahora tampoco lo ve así, ni mucho menos. Ya no se habla con Marcos. En el fondo de su corazón sabe que no es culpa de Marcos. Seguro que Marcos lo ha pasado mal.  Intentó hablar con él, pero Álvaro no puede…

Aquel día fue el primero que visitó el lugar. Sentía un poco de orgullo de estar con los mayores, de conocer el secreto, aunque no se lo diría nunca a Marcos. No lo habían invitado, pero tampoco le habían dicho que se fuese. Siguió el camino con los ojos muy abiertos. Nunca había estado tan lejos y le daba miedo perderse. Vio el coche herrumbroso en medio del torrente, siguió la vereda apenas marcada en la maleza, y vio la casa aparecer imponente, todo ello por primera vez.

La casa no se divisaba hasta que uno estaba muy cerca, así que había que mirarla alzando la cabeza. Era grande y llena de molduras y figuras arruinadas. Aún quedaban vestigios del color vivo que en otro tiempo cubrió las paredes exteriores. Cuando los chicos comenzaron a entrar sintió era siniestra, amenazante. Pero no podía ringarse o pasaría por un cobarde.

Marcos y él se acercaron instintivamente el uno al otro. Cuando entraron, los chicos ya bajaban hacia el sótano, así que simplemente les siguieron casi sin mirar alrededor. Aquel día la luz entraba por el estrecho ojo de buey del semisótano, situado tan cerca del suelo en el exterior, que estaba medio tapado por la maleza. Antón se situó en el centro, entre ellos y la luz y comenzó a ordenar:

– Cerrad la puerta. Sentaos en circulo. Silencio. – Todo ello lo hacía con un tono solemne, con la espalda bien recta y los brazos alzados.

Antón era un tipo alto, un poco gordo, de grandes manazas. Era del tipo que arreglan las cosas a puñetazos antes que con palabras. Años atrás lo llamaban Antón el gigantón. Pero desde la aparición del secreto se hacía llamar el gran Antón. A su lado, un poco encorvado estaba Bruno. Hacía unos años que su familia se había mudado allí. Su color de pelo le hubiese traído problemas, o cuando menos habría atraído las burlas de sus compañeros. Pero era muy espabilado. Siempre tenía una salida ingeniosa con la que contestar. Pronto se hizo amigo de los populares. Pero sobre todo se granjeó la amistad de Antón. Meterse con Bruno era meterse con Antón, y eso era asunto serio.

Bruno buscaba algo en un libro. Álvaro no reparó mucho en el libro la primera vez. Miraba las paredes, los pocos muebles de madera, la decoración extraña, los cojines el suelo. El mismo símbolo se repetía por todos lados. Bruno lo sacó de su ensoñación.

– Primero los nuevos deben jurar sobre la piedra. Pueden hacerlo los dos a la vez, no veo ningún impedimento.– Estaban sentados al fondo. Todos se giraron para mirarlos. Tanta atención le abrumó. –Venid aquí, al centro, y poned la mano sobre la piedra.– Álvaro vio la piedra por primera vez. Era eso, simplemente una piedra gris con el símbolo grabado en relieve, un poco gastado, encajada en el suelo entre las losetas. El tacto resultó frío y húmedo.

– Repetid: Juro que no contaré nada de lo que aquí vea, ni nada de lo que aquí suceda a nadie que no pertenezca a este grupo. Lo juro sobre mi vida, que me muera si intento traicionar este pacto.

Juraron. La mano se le quedo helada, la cabeza le rodó y sintió un escalofrío. El pacto había quedado cerrado.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Dejaste el suspenso servido. Secretos, los que se descubren y los que no, secretos que matan y secretos que obligan a matar,un secreto escondido por una madre a la que crió como su hija, el vecino que sale después de la medianoche, la del quinto que regresa de madrugada, el hijo que desapareció, los secretos de Fanou, esos que valen su peso en oro.

  2. Anne Fatosme dice:

    Fanou, me han encantado la atmósfera de misterio que has sabido crear y las descripciones de las cosas, de los sentimientos, elaboradas con tanta finura.

  3. Poio dice:

    Me gusta mucho más como termina ahora. Sabés que es un orgullo para mí que le des bola a mis correcciones. Espero la continuación con ansias.

    sevemos

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