Una noche en el Paradiso

SIETE

Anna salió a terminar su parte de la faena, pero Noe y Jose se estaban ocupando. Dago le dijo que se sentase. Las luces ya estaban encendidas. La música paró en seco, dejando un vacío en sus oídos. Por fin habían cerrado puertas.

Anna se sentó mientras las chicas se cambiaban y Luís hacía las cuentas. Las últimas barcas de vasos navegaban como góndolas blancas sobre el fondo fucsia del telón. Los camareros caminaron después hacia el vestidor. Anna cerró los ojos. Estaba tan cansada que podía ver imágenes difusas proyectadas sobre los parpados, como se ven antes de quedarse dormido. Colores brillantes se movían rápidamente como focos sobre. Caras informes salían de la oscuridad e intentaban definirse sin lograrlo, para luego volver a disolverse en la oscuridad. Todo ello en una especie de baile frenético que acabó fundiéndose en una masa informe de gusanos.

– Veo gusanos – Musitó Anna, atemorizada por sus propias visiones.

– ¿Qué?

Al abrir los ojos se dio cuenta de que estaban todos sentados a su alrededor. Esperaba a que Luís terminase con la caja fuerte. Los miró sin la penumbra, derrotados por la noche, con caras macilentas y arrugadas, estragados por los excesos. Los odiaba. Sentía vergüenza, pero los despreciaba a todos por igual. Se creían tan listos… “La mejor maestra es la noche”, decían grandilocuentes.

La mayoría pasaba bastante de los treinta y ninguno tenía una casa, una familia o un sueño por el que luchar. No tenían aspiraciones. El futuro les aterraba. También la vida extraña bajo el sol dónde todo es menos un espejismo y más cercano a la realidad. Inmaduros atrapados en cuerpos que envejecían rápidamente por la vida malsana. Peter Panes con su País de Nunca Jamás en la noche. Ignoraban lo que les convenía, no tenían fuerza de voluntad para enderezar sus vidas. Y el tiempo pasando raudo afuera, dejándolos atrás.

Quería gritarles que la noche los había engullido y sólo escupía despojos. Los miraba y los despreciaba tanto que temía que sus palabras, sus gestos la delatasen y todos se tirasen sobre ella como lobos. No era uno de ellos. No quería estar de vuelta de todo, ni conocer todos los turbios y sórdidos bajos fondos. No quería vivir la noche hasta ser una vieja patética, esclava de sus vicios. No quería tener sólo historias tristes que contar.

¿Y qué la diferenciaba de ellos? Los odiaba porque se odiaba a si misma. Siempre pensaba que estaría un tiempo en la noche y ahorraría para pagarse los estudios. Uno o dos años. Luego buscaría un trabajo de día, aunque ganase menos. Pero no había ahorrado nada en tres… no, casi cuatro años ya… Estaba atrapada, como los demás.

Sintió una punzada de pánico. Alzó la mano para tratar de disolver aquellos pensamientos dañinos. Lo que la diferenciaba de los demás es que ella podía ver lo triste que era aquella vida. Verdaderamente quería cambiar.

– ¿Te duele mucho? – Preguntó Dago. Había alzado la mano herida.

– No. Me escuece.

– Hoy te vienes a desayunar con nosotros. Te vas a tomar un buen bocadillo para reponerte. Invito yo.

Se dejó llevar. Tampoco tenía sueño. A veces iban a desayunar a un bar cercano, uno de los pocos que abría tan temprano. En el se mezclaban por igual los últimos rezagados de la noche y los primeros trabajadores del día. Se diferenciaban unos de otros como razas diferentes. Un transportista miraba con desprecio a una muchacha a la que le temblaba la mandíbula descontroladamente al pedir. Ella no se daba cuenta de nada, ni del temblor de su mandíbula, ni de la mirada de desprecio del hombre. Anna conocía a ambos, sus historias oscuras. Los miraba como una escena de cine. No le importaba nada. Tenía suficientes frentes propios como para sentir nada por nadie. Ella que en otro tiempo fue inocente, sensible, altruista e idealista… Vio como todos miraban al vacío, ignorando también lo que no les interesaba. Excepto el niño, que como un bufón bobo señalaba entre risotadas ininteligibles algo que su enturbiada mente había vislumbrado. Somos un puto circo, pensó.

Le pusieron un bocadillo caliente, humeante a pan recién echo y jamón calentado en la parrilla. Le dio asco el olor a comida. Cayó en la cuenta de que hacía más de diez horas que no probaba bocado. Ya casi nunca tenía hambre. Apuró el café de un trago largo y sin decir nada se alzó y se marchó.

De vuelta a casa la luz del sol comenzó a brillar. A Anna le dolían los ojos por la luz. Un dolor en la parte de atrás de los globos que también se repetía como un ardor en las entrañas. Pensó que eso era lo que debían sentir los vampiros: el sol quema dolorosamente.

Entraba a casa cuando escuchó sonar el móvil. Se lo había dejado. El teléfono era insistencia de su madre, para poder localizarla. No lo utilizaba nunca. A veces se lo dejaba olvidado, o quedaba descargado durante días. Nadie más llamaba, así que contestó sin mirar quien era:

– ¿Qué quieres, mama?

– He llamado antes, no me lo cogías, pensé que no me escuchabas por el ruido. – Silencio. – Ese trabajo tuyo es cosa mala.

– ¿Querías algo?

– Temía que ya te hubieses acostado, y despertarte.

– Acabo de llegar, me había olvidado el teléfono.

– ¿A estas horas llegas? Cada vez sales más tarde.

– Ya sé que no te gusta mi trabajo – Anna atajó una discusión mil veces sotenida – ¿Tienes algo que decirme? Estoy muy cansada.

– Tu hermana está ingresada otra vez. Pensé que debías saberlo.

– ¿Qué le pasa esta vez?

– Lo mismo de siempre. Pensé que esta vez podrías venir.

– Sabes que no puedo. Iré a veros en cuanto pueda.

– Ahora que tu padre no está deberíamos estar unidas. Yo sola no puedo con tu hermana. Vuelve.

Anna no contestó. Estaba llorando. Su madre poco a poco había ido cargando sobre sus hombros la responsabilidad de la enfermedad de su hermana y de la marcha de su padre. Su madre entendió el silencio como una afirmación.

– Podrías coger un avión, yo pago el billete.

– Iré cuando pueda – Dijo Anna, y colgó.

Tiró el móvil lejos. En su caída golpeó un marco en el que aparecían Rober y ella sonrientes, sentados en el césped, leyendo. Rober también se había marchado. La culpa era suya ¿quién iba a aguantar a una frígida resentida? La rabia y la tristeza se desbordaron. Se secó las lágrimas incontenibles con el dorso de las manos. Entonces recordó su mano. El escozor era ahora una palpitación dolorosa. El dolor borró los otros pensamientos.

Se acercó a la pica y retiró el vendaje. Tocó la herida sanguinolenta y sintió un pinchazo agudo. Debía haber un cristal dentro. Palpó con los dedos de la zurda, tratando de encontrar el crista para extraerlo. La herida volvió a sangrar. La sangre se escurría entre los dedos y goteaba. Fue inútil, si había algún cristal, estaba demasiado profundo. Miraba el charco de sangre crecer. La sangre no le asustaba tanto como creía.

Abrió un cajón y removió los cubiertos hasta encontrar un cuchillito curvo de pelar. Su afilada punta le serviría. Tanteó la herida. No lograba dar con el cristal. En cambio si sentía el afilado metal cortando, rasgando la herida en su exploración. Miró la sangría que estaba haciendo. Debería ir a urgencias. ¿Por qué no logro dar con el cristal? Pensó mientras apretaba los dientes. Clavó el cuchillo unos centímetros en su palma. La sensación era extraña. Le dolía, pero el dolor era  tranquilizador. Sin pensar en lo que hacía, tajó la carne hacia el antebrazo en una larga raya recta. Sentía el dolor lejano. La herida no parecía grabe, pero Anna sabía que había sido un corte profundo. Miró atentamente la rayita roja hacerse doble, hincharse, hasta que con una sensación húmeda de ventosa las dos partes de la herida se separaron. La sangre brotó incontrolada. Las salpicaduras mancharon la pared, que absorbió la humedad roja rápidamente.  Anna sintió un ligero temblor en las piernas. Se recostó sobre la pared y se dejó caer  lentamente hasta sentarse en el suelo. No hizo nada por parar la hemorragia.

Se hundía. Un rayo entraba por la ventana  y se derramaba en un charco de luz muy cercano al charco de sangre. Sus últimos pensamientos fueron para aquellos que la encontrasen. Se los imaginaba moviendo la cabeza gravemente, diciendo que era una pena que una chica tan joven, con toda la vida por delante, hiciese aquello. Se preguntarían si no estaba loca. Le parecía una ironía muy graciosa.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    Ya te dije lo que me pareció la historia así que supongo que éste es el final adecuado. Y la moraleja que recortaste creo que la entendí. Te quedó muy bien todo, espero que cuando llegue el vacío no pienses que es una mala historia, porque no lo es.

    sevemos

  2. annefatosme dice:

    Fanou, acabo de ver que visita mi blog. Yo tambien la visito a usted aunque no lo sepa por no haber dejado ningún comentario por vaga. Me gustan sus historias, sus personajes llenos de vida y de muerte, de luz y sombras. Y sobretodo me gusta su extrema sensiblidad,contenida y nada sensiblera. Un saludo afectuoso.

  3. andreas dice:

    Una historia bastante elaborada, me ha gustado especialmente las descripciones que haces.
    Puede que el final me sepa a poco, aún siendo el mismo tema lo habría extendido un poco más para saciar tanto la curiosidad como el morbo.
    Gratamente sorprendido 🙂

  4. eduard dice:

    Contundente manera de cortarse las venas, normalmente los primerizos se infringen cortes laterales por un montón de razones que hoy no vienen a cuento. Cuando el individuo se convierte en suicida patológico, aprende la forma de no fallar el intento, cortando como bien describes, desde la palma hacia arriba, por lo que debe ser recluido y vigilado.
    Sus detalles traspasan la realidad. Son la realidad misma.

    Saludos desde el planeta verde

  5. fanou dice:

    Gracias a todos por vuestros comentarios, me han dado alas.
    Los leo a ustedes, y también les espero de nuevo en ésta, mi casa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s