Una noche en el Paradiso.

SEIS

Llegaba la última hora, apenas quedaban clientes. Éstos podían entrar fácilmente dentro de tres categorías: borrachos solitarios a los que no esperaba nadie en casa. Pretendían beber hasta perder el sentido, y no recordar al día siguiente la vuelta a una cama solitaria y fría. Otros más jóvenes, puestos de todo, a los que habían echado de los otros garitos. El Paradiso era siempre el último sitio abierto. Finalmente, escondidos en las mesas de penumbra, parejas de una noche apuraban hasta agotar las horas de un escarceo amoroso sin solución de continuidad. En esta categoría se incluían unos cuantos señores con señora y muchos más señores con puta, señores con puto vestido de mujer y las señoras con gigoló. Aquel no era un local de alterne, y las profesionales no eran bien venidas solas. No era esa clase de negocio. Pero podían entrar si pasaban del brazo de un hombre dispuesto a invitarlas a muchas copas.

Estarían allí hasta que los echasen al cierre, ya no pedían apenas copas. Las barras pequeñas estaban cerradas. Las camareras ayudaban en el office para avanzar faena y poder salir pronto. Jose andaba distraído con alguno de sus “amigos” en una parte de la barra, mientras Anna anotaba el pedido.

– Todas las camareras sueñan con ser actrices y todos los camareros con escribir un libro. Tu eres una camarera que quiere escribir un libro. Lograrás que tu foto figure junto a la definición de un nuevo tópico.

A Anna le dio un vuelco el estómago, pero hacia la nausea. Conocía esa voz, era Alejandro.

– ¿Me pones una cerveza?

– Ve a otra barra, yo tengo mucho trabajo – Alejandro estiró el cuello y miró hacia las otras barras, aunque sabía que estaban cerradas.

– Están cerradas.

– Ve a una mesa, un camarero te servirá.

– Yo soy un bebedor de barra. No me gusta que me sirva un tío con pajarita en la mesa. Quiero que me sirva una guapa y sonriente camarera aquí.

– Jose, puedes atender, yo estoy muy ocupada. – Sin más Anna se giró y siguió apuntando el pedido, con los dientes apretados y completamente de espaldas. Jose charló un poco con Alejandro. Era un buen cliente al fin y al cabo, un habitual.

Cuando Anna era novata y a última hora de la noche se escabullía al baño para llorar sin que la viesen, agotada y deprimida, apareció Alejandro. Era bombero. Sus horarios extraños le hacían pasar de madrugada a tomar una cerveza. Una vez la vio sentada en el escondite al final de la barra leyendo un libro: a él también le gustaba leer. Congeniaron. No era muy guapo, pero era un amigo.

Él le contó que acababa de divorciarse y que su mujer estaba tratando de sangrarle. Ya estaba con otro y apenas cuidaba del hijo que tenían en común. Ella le contó que trabajaba de noche para poder pagar el alquiler y la universidad. Estudiaba literatura y quería escribir una novela. En broma se preguntaban el uno al otro “¿qué hace alguien como tú en un lugar como este?”. Era su saludo.

Una noche Alejandro le regaló un libro.

– A mi me ha gustado mucho, me ha ayudado. Te lo regalo para que haga lo mismo por ti. – Anna no sabía que hacer. Aceptar regalos de clientes era problemático. Pero le parecía que rechazarlo sería ofensivo.

Anna nunca le había dado esperanzas. Por aquel entonces salía con alguien de la universidad. Alejandro parecía un buen tipo, pero no le atraía. Nunca había quedado con él fuera del trabajo, ni le había dicho dónde vivía o cuál era su número de teléfono. Finalmente aceptó el regalo. Alejandro aprovechó para tirar la caña, pero Anna le rechazó. No quería humillarlo, así que llevó el asunto con discreción.

Alejandro necesitó valor para atreverse con Anna. Había hablado antes con sus amigos y también con los compañeros de Anna. Molesto o despechado mintió y dijo que se habían enrollado y que estaban juntos desde aquella noche. La historia tardó unos días en llegar a oídos de Anna. Mientras Alejandro contó a todo el mundo que era tímida en público, pero una tigresa ardiente y dominante en la intimidad.

Fue Dago, que sospechaba que Alejandro mentía, el que se lo contó a Anna.

– ¿Qué, qué!?! Será – hijo de perra, mamón, desgraciado…– mentiroso. Yo me lo cargo. Se va a enterar.

– A la gente le da morbo, porque es una novedad y porque has rechazado a otros antes. Pero le darán tanta importancia al asunto como le des tú.

Dago le dio una lección ese día. Si discutía con él, si montaba un espectáculo, dijese lo que dijese la gente seguiría creyendo que habían estado juntos, que algo había entre ellos. Por mucho que repitiese que no le importaba lo que los demás pensasen, sí le importaba. Le importaba porque se trataba de la verdad, de su dignidad y también de su supervivencia. Pensó en su estrategia: lo iba a ignorar. Ni si quiera se iba a molestar en desmentir nada. Con suerte la gente creería que Alejandro era un fantasma, o un amante decepcionante. En todo caso no volvería a hablar del asunto. Cada noche nacen mil historias y la gente olvida pronto.

Cuando volvió a ver a Alejandro simplemente le pidió por favor que se fuese a otra barra.

– Veo que ya te has enterado…– Silencio –  Verás puedo explicártelo.

– Lo siento, no puedo atenderte hoy. – Así había sido desde aquel día

Sucedió tiempo atrás, ya nadie le daba importancia. Alejandro había intentado que Anna lo perdonase. Pero Anna era fría e implacable. Estaba decepcionada, sentía esa decepción como una barrera insuperable. Estaba enfadada con él, pero también consigo misma, por haberse metido solita en aquel embrollo. Aquello la hizo volverse más distante y más dura.

Anna estaba completamente de espaldas a la barra. Una norma básica es no dar la espalda a la barra, pronto Dago o Luís la reñirían. El Dj puso la canción titulada “el jefe está aparcando afuera” y Jose se escabulló. Al jefe no le gustaba que los camareros estuviesen tras la barra, ni que las camareras llevasen bandeja. Rápidamente todos se pusieron firmes. El jefe entró y comenzó a hablar con Luís. La cosa siempre iba igual, le informaba brevemente de que tal había ido la noche y la recaudación, si había habido problemas o había sucedido algo destacable. Echaba una ojeada de rigor y alguna bronca al azar. Luego se marchaba.

Esa noche Dago se acercó y comenzaron a discutir. Dago plantaba cara al jefe si no estaba de acuerdo con algo. El jefe lo odiaba, pero se contenía porque era bueno para el negocio. Dago odiaba al jefe desde el asunto de Sonia. No habían llegado nunca a las manos, pero poco faltó. Seguramente ahora discutían por ella. Anna no los escuchaba, discutían en voz baja. En un momento dado el jefe dio la discusión por zanjada y se marchó. Dejó a Dago con la palabra en la boca y los puños crispados un instante. Luego dejó ir la ira y se encaminó hacia la barra de Anna.

– Ponme una copa, preciosa. Ya noto el nivel de alcohol en sangre bajo y se me pone mal humor.

– ¿Cuántas llevas esta noche? – Preguntó Alejandro.

– No sé, he perdido la cuenta – dijo mientras volteaba la bandeja en una exhibición de profesional – Doce o quince cervezas a principio de la noche y siete u ocho pelotazos.

No exageraba. Dago podía beber y beber como una esponja. Tumbaba sin esfuerzo a cualquiera que quisiese seguirle el ritmo. Sin embargo nunca lo habían visto mostrar síntomas de embriaguez. Nunca se tambaleaba, perdía el equilibro o tiraba una bandeja. Nunca hablaba pastoso, ni perdía una chispa de su ingenio, por muchas copas que llevase encima. Anna no sabía si Dago era inmune al alcohol o vivía eternamente borracho.

– Son años de práctica. – Dijo mientras lanzaba la bandeja hacia arriba y la recogía con la zurda suave y perfectamente recta.

Anna le sirvió su Whiskey on the rocks. Antes de que hubiese acabado de servirlo, una exuberante mujer madura, con mucha clase y pinta de ejecutiva, se acercó a la barra.

– La copa del caballero la pagaré yo – Dijo mostrando un billete de cien euros sujeto con dos dedos largos y ensortijados. Dago ya había recuperado su sonrisa por completo. Anna asintió educadamente, cogió el billete y se giró para cobrar, ocultando la risilla que se le escapaba. Dago se marchó con la mujer colgada del brazo.

Instantes después llegaban Jose y el niño con ocho las cajas de refrescos. Ya podían sacar los botellines, fregar las barras e ir encendiendo luces. El jefe no quería que lo hiciesen antes de cerrar, pero era media hora o tres cuartos de tiempo que se ahorraban. Así los últimos remolones se iban dando por aludidos.

Anna sacó unos cuantos botellines hacia arriba, para que quedasen fríos, por si alguien quería una última copa, y comenzó a cargar rápidamente las neveras. Sentía la mirada de Alejandro sobre ella. No hacía muchas florituras, pero era la más rápida en hacer todas esas cosas. Las botellas pasaban de una mano a otra y parecían volar. En un momento dado una  Coca-Cola estalló en la mano de Anna.

– ¡Joder! – Exclamó.

Cuando sacó la mano de la nevera sangraba profusamente. Jose al ver tanta sangre se puso pálido y se quedó parado. El niño tampoco se atrevía acercarse, pero reaccionó y le acercó un trapo limpio, que Anna aplicó sobre la herida. Alejandro hizo el gesto de pasar al otro lado de la barra, pero Anna le detuvo con una mirada fulminante.

Salió en dirección al office porque allí estaba el botiquín. Tiró el trapo empapado en sangre a la basura, lavó la herida bajo el agua. No dejaba de sangrar porque había un cristal dentro. Ella misma lo saco con la otra mano, mientras todos miraban con cara de asco. Estaba sorprendida por la reacción de miedo a la sangre de gentes supuestamente duras. También estaba molesta por tanto revuelo. Desinfectó la herida y la vendó ella misma.

– No es nada. Ya está. – Dijo para que todos se tranquilizasen.

Maldita noche, que parecía no acabar nunca.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. annefatosme dice:

    Me parece que el Paradiso es un club muy privado.
    ¿Se reserva el derecho de admisión?

  2. fanou dice:

    La puerta está abierta a todo el mundo.

  3. eduard dice:

    Que noche tan dilatada, tan detallada y precisa. Parece como si uno pudiera entrar a tomarse una copa sin tropezar con una silla ni poner atención por donde anda, por estar familiarizado con el local y consagrado a ser parte de la historia.

  4. Poio dice:

    Me hice un raid con las 3 partes que no había leído 😀 Lo que extraño son los raids que hacía hace años por bares como el Paradiso 😛

    Por cierto, a pesar que lo mandaste sin corregir, encontré un sólo error. Bien!!! 😛

    sevemos

  5. maníasmías dice:

    me ha gustado mucho

    (de momento solo he leído éste)

    ¡bien escrito!
    .

  6. fanou dice:

    Es el penúltimo pedazo de un relato. Mejor por orden. Arriba pone uno, dos, tres… Si no abajo, en categorías hay una que se llama “Una noche en el Paradiso”, si la eliges salen todos agrupados.
    Por si te interesa.
    Gracias a todos.

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