Una noche en el Paradiso

CINCO

En cuanto pudo, David se escabulló de la barra. El saxofonista se acercó sonriente y pidió unas copas para un ligue. Los músicos podían beber cuanto quisiesen, pero no podían invitar a nadie. Aún así, todos invitaban a beber a ligues, amigos, contactos profesionales y familiares. Por ese orden. Marcos era un tío resultón y el instrumento que tocaba, el saxo, le daba tirón. Era un conocido Don Juan. Su mujer aparecía de vez en cuando para controlarlo. Sabía que le era infiel noche sí, noche también, pero nunca acababa de pillarlo.

Cuando triunfaba, Marcos se retiraba a la habitación de la máquina de hielo a echar un polvo. De novata Anna lo había interrumpido accidentalmente una vez. Marcos perdió los papeles, le gritó y le tiró hielos, armando un escándalo. Dago la defendió. Anna se sintió furiosa consigo misma, porque se había quedado bloqueada ante la situación como una estúpida, porque habían tenido que defenderla.

Más tarde, esa misma noche, Marcos habló con Anna. Con una sonrisa encantadora y en tono confidencial le aclaró que si le contaba algo a su mujer haría que la despidiesen. Desde entonces, Marcos siempre iba a pedir las copas a la barra de Anna y mostraba con ella una amistad desmesurada. A Anna le repugnaba.

Con la misma moneda se había ganado el interés de su mujer. Bajo una mal fingida amistad escondía desconfianza y veladas acusaciones. Cada vez que venía se acercaba a su barra y la sometía a un interrogatorio, al que Anna respondía con su mejor baza:

– No sé nada, ¿no ves que yo soy la última en enterarme de todo?

Contar que era infiel no iba a cambiar las cosas: ella no lo dejaría, él seguiría engañándola y ella ejerciendo de esposa enamorada y celosa. Todo seguiría igual, salvo que Anna tendría dos enemigos declarados.

Por la puerta entró un grupo en despedida de solteros. Anna los detectó enseguida. Ya iban bastante borrachos. En su mente rogó con intensidad que se fuesen hacia otra barra. Pero la suya era la primera que se veía desde la entrada. Se encaminaron en su dirección. En un minuto tendría encima treinta y pico tíos borrachos diciéndole guarradas y exigiendo bebida. Anna alzó la mano y Dago se acercó.

– Nandi está en su descanso, Djana la cubre y Noe está también sola en la segunda. El niño está borracho, no te va a ayudar, no se aguanta de pié. En cuanto Jose se quede libre, te lo mando. Pero tenemos muchos servicios de mesa ahora, tendrás que apañártelas.

Anna pensó muchas palabrotas. Las pensaba, pero no las decía, porque no le gustaba decir tacos. Puta, puta, puta, mierda puta, mecagoenlaputa, puta, reputa suerte, pensaba como un mantra, mientras caminaba hacia los borrachos.

Atendió como pudo. Puso 31 copas a velocidad del rayo, bajo una lluvia de piropos que fueron degradándose hasta ser muy soeces. Luego recogió el dinero que tiraban sobre la barra. Se preguntaba si eran conscientes de que tirar el dinero a un camarero es el peor desprecio que puedes hacerle. En esas divisó a Manolo que miraba atento desde la entrada. Si las cosas se descontrolaban intervendría rápidamente. Luís también andaba cerca, para imponer un poco. Porque si ven una chica sola, los tíos no respetan. Faltaba dinero, en las despedidas a alguno siempre le cuesta rascarse el bolsillo.

– Pero si hemos puesto ahí un montón de pasta. Quieres sacarte una propina ¿o qué? Anda vuélvelo a contar.

Anna juntó todo el dinero, que ni siquiera había retirado a sabiendas, e hizo las cuentas como explicándoselas a un párvulo.

– A ver, ¿quién no ha pagado? … ¿Tú cuanto has puesto? … Tú suelta la pasta tío…
Al final consiguieron reunir casi todo, faltaban unas monedas.

– ¿No puedes enrollarte tía?, sólo faltan unos céntimos –

Ni lo sueñes, muñeco. Claro que podía, pero no se lo iba a consentir.

– Mi jefe me mata. – Anna era tajante, no invitaba a nadie, salvo que ya se hubiesen tomado cinco o seis rondas.

No les quitó el ojo de encima al grupo. Les habló mientras duraba la segunda actuación de la banda, para que no gritasen, ni se acercasen a la pista. Puso unos chupitos para contentarlos y aguantó guarradas de todo tipo.

Anna pensaba que de noche todo el mundo saca su peor lado. Si el que sale por la noche se transforma en un borracho y un crápula, los que no se conforman con salir de noche, si no que viven de la noche, han de ser unos tremendos fiesteros, vividores y viciosos. Creen que eso les da derecho a tratarte como basura. No era el caso de Anna, que era seria hasta el hastío. En vez de beber aprovechando que era gratis, se había vuelto abstemia a ultranza, harta de ver los estragos que provocaba el alcohol.

Acabó la actuación y otra hora se escurrió lenta y penosamente antes de que los borrachos decidiesen que era hora de volver a casa, o ir a otro local. Anna suspiraba de alivio al verlos irse. El que había llevado la voz cantante,  ya casi fuera, se giró en última instancia y se acercó a la barra. Llamó con un gesto a Anna y con aliento de borracho le dijo:

– El trabajo que tu haces lo podría hacer un mono amaestrado.

Anna sintió la rabia desbordarse. Tubo que contenerse para no coger una botella y estamparla en la cabeza de aquel idiota borracho. Alzó la mano en dirección a Manolo, que la miró con cara interrogante mientras se acercaba.

– El señor se marcha, acompáñalo a la salida.

– ¿Qué ha pasado? – Manolo percibía que algo no andaba bien.

– Nada, no merece la pena, el señor ya se iba. – Contestó, dominándose, con la rabia envenenando las palabras.

Luís lo había visto todo de lejos, sin intervenir. No intervenía a no ser que fuese inevitable. Siempre prefería que otro lo hiciese en su lugar: Manolo, Dago, Jose, el jefe o cualquiera.

– Te los he dejado a ti porque tu sabes manejarlos.– Anna sonrió: Gracias por el favor, bastardo cabrón. Había aprendido a sonreír fuesen cuales fuesen sus pensamientos. Eso la destruía un poco por dentro cada vez. En esas apareció Nandi en la barra, borracha de Pippermint, porque “así el aliento no huele a borracha” como decía siempre.

– Me manndann a ayudarrt. Shieshque shin mí no podeish… – Escupía al hablar. Anna fulminó con la mirada a Luís.

– Nandi vuelve a tu barra y ciérrala, ya es la hora.

La mujer se marchó tambaleante, con el maquillaje corrido, la cara arrugada y enfermiza.

– Ahora te mando a algún camarero.

Poco después llegó Jose.

– Hola, vengo a echarte una mano.

– Voy a hacer mi descanso.

– ¿Aún no has salido? Anda, ve, corre. Deberías aprovecharte más de tus privilegios como veterana, y no salir la última siempre.

Anna se fue a la izquierda de la barra y se sentó sobre una nevera, en un punto muerto, fuera de la vista de los clientes.

– No tengo hambre. Si voy al office acabaré poniendo vasos en el lavavajillas. En el vestidor está Sonia echada. Prefiero quedarme aquí.

– Si Dago te ve sentada sobre la nevera te reñirá.

– No lo creo. Hoy no.

Jose comenzó a recoger la barra. Anna lo miraba. Era atractivo. Sus ojos azules eran profundos. Tenía un flemón, Anna lo sabía porque él se lo había dicho. Pero se notaba a simple vista, si uno se fijaba.

– ¿Aún no has ido al dentista?

– Esta semana, cuando cobre.

– Eres un caso, Jose.

A Anna le gustaba Jose: alto, delgado, atractivo, mayor (quince años mayor que ella), de ojos azules, torturado, educado y aseado. Esto último era más difícil de encontrar de lo que pudiese parecer. Era un hombre con pasado.

Llegó con sus ahorros desde la capital y montó un local muy moderno y caro cuando el turismo estaba en pleno apogeo. Triunfó y se convirtió en un joven empresario. Se casó con una bella y caprichosa mujer, que comenzó a sangrarlo poco a poco. Alguna vez Jose le había contado que en sus años dorados habían ido de compras en helicóptero a París, o de escapada romántica a Venecia.

Luego el negocio comenzó a decaer. Las mafias ahora preferían otros lugares. Había menos turistas y eran menos ricos. Su mujer se negaba a abandonar el tren de vida al que estaba acostumbrada. Pronto las deudas se acumularon. Llegó un punto en que tuvo que ponerlo todo en venta. Su mujer se divorció entonces, estratégicamente, dejándolo aún más endeudado. Al final tuvo que declararse en quiebra.

Ahora era insolvente, y tenía que serlo durante cuatro años más. No podía tener nada a su nombre, ni casa, ni coche, ni tarjetas. Tampoco quería cobrar una nómina declarada, para no tener que dar una parte a su mujer. Trabajaba para otros y en negro.

Lo que sucede si un hombre gana mucho dinero, cobra semanalmente y no puede gastarlo en nada que lleve su nombre, es que acaba fundiéndolo. Cuando cobraba Jose pagaba su parte de alquiler, que estaba a nombre del Niño. El resto lo quemaba: salía por ahí con “amigos” a los que invitaba a beber y a comer de lujo. Pagaba putas para ellos, tenían escarceos con las drogas, alquilaba coches de lujo o barcos. Lo que sobraba lo gastaba en el bingo. Parecía que el dinero le estorbase en las manos. No quedaba ni para ir al dentista.

Por eso Anna había sido muy cuidadosa, y se había mantenido alejada de él. Cuando comenzó a trabajar en la noche Anna se hizo tres promesas a si misma. Uno: nada de drogas. Dos: no se iba involucrar con nadie de la noche, ni compañeros ni clientes. Eso incluía no follar, porque sabía que acabaría cogiéndole cariño al que fuese. Tres: no dejaría que la viesen llorar, sobre todo las otras chicas. Esta última norma, tan tonta, era la que más trabajo le había costado cumplir. Pero hasta ahora lo había logrado, y sentía que mientras cumpliese estas normas no se habría traicionado del todo.

Pensó en darle algún consejo a Jose sobre apartar dinero en una lata para el dentista; y para emergencias. Pero no llegó a salir palabra alguna de sus labios. Sabía que era inútil. Lo miraba en silencio llenar una barca de vasos sucios y alzarla sobre su cabeza, mientras se masajeaba los doloridos pies.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Esto está cogiendo forma literaria, me temo que nos encontramos ante la posible introducción de una gran novela. Esta escritora nos demuestra día a día de las capacidades de su pluma y del torrente de talento que muestra al desarrollar la historia.
    La cercanía con la que toca al lector, con que lo atrapa y enamora. Es probable que nos hallemos ante una futura figura del género.
    Con mi más sincero ánimo, el Jonquie del Lago Salado

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