Una noche en el Paradiso

CUATRO

Anna limpiaba el botellero con parsimonia. Cada noche repasaba las botellas y las alineaba perfectamente, repartidas estratégicamente. Sonia hablaba y hablaba con clientes y amigos en su retorno. Su súbita ausencia se debía a un extremo agotamiento que la obligó a tomarse unas vacaciones para descansar. Contaba una y otra vez su versión y todos la aceptaban, a pesar de que sabían que no era cierta. Anna observaba el fenómeno con interés. Tal vez alguno desconocía la verdad, pero todos sin excepción repetían y extendían la versión falsa, asintiendo con gravedad, dándole consejos, con buenos deseos y piropos. Anna creía que era una cuestión de fe, una fe que podían consentirle a aquella muñequita barbie, pero que, Anna lo sospechaba, no le consentirían a ella misma. Todo está bien si caes de pie, luces hermosa y todo sigue igual. Pero todas esas muestras de apoyo y solidaridad no eran más que cáscaras vacías.

Todos pedían las copas a Sonia, que a su vez se las cantaba a Anna. Ella en silencio y en un segundo plano las servía. Sonia cobraba y recogía las propinas. Alguna la guardaba directamente en su menguado escote. Anna preveía que aquella noche la caja no cuadraría. Sonia hizo un par de visitas al tocador, para empolvarse adecuadamente la nariz. Anna dejaba que todas esas cosas la llenasen de rabia, la contenía y la dejaba viajar por sus venas, hasta que al final todo le daba igual, nada le importaba.

Así la noche se deslizó hasta la hora punta. Los músicos comenzaron a llegar y pedir “lo de siempre”. Saludaban a Sonia, mientras Anna servía. Tenía las copas listas porque había empezado a prepararlas nada más verlos entrar. Los músicos bebían gratis, pero el jefe siempre insistía en que no cargasen las copas, o acababan la última actuación doblados por el alcohol. El aforo comenzó a llegar al máximo, también el trabajo. La norma de Anna era servir estrictamente por orden de llegada y que nadie esperase más de cinco minutos. En el momento cumbre, cuando la banda estaba a punto de salir al escenario, la nariz de Sonia comenzó a sangrar. Corrió al baño y dejó a Anna sola. Anna levantó la mano para que el refuerzo viniese a ayudarla, pero andaban tan ocupados que no la vio, o miró a otro lado. Anna no podía salir. Puso el turbo. Podía memorizar más de veinte copas y a quién correspondía cada una con facilidad. Los hielos caían de tres en tres en los vasos, los botellines salían de la nevera y eran destapados con una mano y el mismo gesto, las botellas bailaban y el licor cubría los tres hielos de forma estudiada. Las copas tenían que parecer generosas, por eso el tubo era estrecho y los hielos grandes. Servía a tal velocidad que sorprendía a los clientes.

Así pasó la hora de la primera actuación. Cuando Djana se acercó para comunicar que iba a hacer el descanso, Anna la envió al baño a por Sonia. Sonia estaba encerrada en un water y no quería salir. Casi ni contestaba. Dago tubo que entrar en el lavabo de mujeres y forzar la puerta. La llevaron a los vestidores y allí acabó su noche.

– ¡David a la barra con Anna! – Gritó Dago, mostrando su disgusto porque no había estado pendiente del refuerzo. –Hoy te quedas ahí.

David refunfuño por lo bajo. La barra estaba fatal. Anna mandó al camarero al office con una barca de vasos sucios y de vuelta con vasos limpios y hielo. Había botellines vacíos, posavasos y manchas a todo lo largo. Para cuando David volvió Anna terminaba de adecentar la barra y casi había llenado otra barca de vasos sucios.

David el niño. Lo mandaban siempre a la barra porque era el más enclenque de todos. Aquel era un local con clase y los camareros llevaban la bandeja por encima de la cabeza. El niño se cansaba pronto, le dolían los brazos y llevaba la bandeja abajo y con la mano plana.

– La bandeja se lleva con la yema de los dedos y la mano hueca, como si entre la palma y la bandeja hubiese un huevo. Si no te saldrá una tendinitis en pocos años que ni un tenista profesional.– Le habían oído decir mil veces a Dago. – Y siempre por encima de la cabeza, para guardar mejor el equilibrio y que los clientes no te la tumben. – Era exigente con esas cosas. Prefería que los novatos tirasen bandejas hasta aprender antes que ver a alguien llevando una bandeja cogida con dos manos. – La única forma de diferenciar a un buen camarero es su forma de llevar la bandeja. – Dago sentía orgullo por su profesión. Y aprovechaba cualquier excusa para pinchar a David.

El niño era un tipo flaco y rubito, de pelo rizado, grandes ojos azules y mejillas siempre sonrosadas. Parecía uno de los ángeles de Rubens. El contraste venía cuando el niño abría la boca y hablaba con su voz fina:

– ¿Has visto a ese, Anna? ¿El tío del jersey azul que está en la mesa cinco? Es Juez, está casado con una morenaza y tiene dos críos. Pues es más maricona que yo el muy puta. Yo me lo he follado alguna vez. Sin amor, sólo folleteo. Al tío le va que le metan cosas por el culo ¿sabes? Una vez tuvimos que ir a urgencias a que le sacasen un botellín de Coca-Cola. –Anna no podía evitar la risa – Voy y le sirvo y me mira por encima del hombro, con desprecio. Cuando me iba oigo que le dice a sus amigos: “menudo maricón está echo ese, que yo los huelo”. Será mamón! Pues ese capullo está bebiendo Güiski-Cola con gapo de maricón.

En esas estaban, cuando se acercó la cantante a saludar. María casi todas las noches se escapaba a saludar a Anna, y le pedía a ella su copa, sólo una en toda la noche. Los artistas tenían un cuarto propio para sus bártulos al que María tenía que retirarse rápidamente. Todos los moscones del local se acercaban con la excusa de hacer una petición del repertorio o invitar a la cantante a una copa. Todos querían hablar con ella, ligársela. María era una mujer casada, aunque pocos lo sabían, era malo para el negocio. No era muy guapa, casi nadie la reconocía cuando llegaba vestida de calle. Pero sabía sacarse partido: maquillada, vestida de noche y bajo la luz de los focos impresionaba. Pero lo mejor era su voz. Tenía voz de soprano, una voz hermosa y potente, bien trabajada con clases de solfeo y cuidada con esmero. Continuamente hacía audiciones y estaba siempre pendiente de conseguir el trabajo de su vida, que la catapultase a la fama. Pero las oportunidades pasaban de largo. Y allí estaba, reina de un universo muy pequeño.

Se saludaron con cariño y charlaron unos instantes antes de que María se retirase. David estaba al fondo de la barra, tratando de ligar con un tío bueno y manifiestamente heterosexual. Hacía una de esas exhibiciones con botellas, volteándola acrobáticamente antes de servir. En un momento se acercó a Anna, buscando botellines de la nevera.

–¿ No ves que va con su novia?

– Calla, aguafiestas, la esperanza es lo último que se pierde. Y tú deberías dejar de ser tan estrecha y vivir la vida, que son dos días.

La noche llegaba apenas a la mitad. Los primeros borrachos de la noche comenzaban a manifestarse. Un impasse producido por los que se retiran pronto y los que llegan tarde les daba un respiro, antes de la segunda mitad de la función.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Os sigo siguiendo.

    Un abrazo

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