Una noche en el Paradiso

TRES

Estaba retocándose el maquillaje cuando las demás chicas comenzaron a llegar. Anna preguntó despreocupadamente, mientras salía del vestidor, quién la iba a acompañar esa noche en la barra. Tenía la barra principal de las tres que formaban el local. Todas querían estar porque había más propinas. A ella le daba igual quien la acompañase. Raramente intervenía a favor de una o de otra y siempre intentaba tener una buena justificación para hacerlo.

– Hoy ha venido Sonia – Dijo Djana, zanjando la discusión antes de que comenzase.
Nandi la miraba fijamente, con una media sonrisa en la comisura. A Anna se le antojó que era una sonrisa cruel. Seguro que la miraba esperando una reacción de hastío o enfado, para luego chismorrear al jefe, a los clientes o a Sonia. Anna puso su cara de póquer, permaneció impasible y dijo con voz neutra y despreocupada.

– Pues ya sabéis, chicas, la antigüedad manda. Hoy Sonia estará conmigo.

– Si la antigüedad manda, en la barra tendríamos que estar Yo y Sonia – El burro delante, pensó Anna – O Yo y tú, porque Sonia es una petarda. –Nandi era tan retorcida que Anna nunca sabía con qué nueva historia iba a intentar fastidiar, ni a quién. La temía y la evitaba porque era incapaz de seguir sus maquinaciones. Aunque lo que más miedo le daba era precisamente que descubriese que la temía.

– Si quieres estar hoy en la barra grande, yo me quedo con tu barra y tú te vas con Sonia, así no hay nada que discutir.

– No. Yo me quedo en mi barra, que para eso es mía y lo tengo todo a mi gusto. Ya sabes que a mí me gusta trabajar sola. Y si alguien está en mi barra me lo desordena todo. Además yo me saco más propina. La veteranía tiene sus ventajas.

– Pues ya está todo hablado. – A Nandi le gustaba quedar por encima, demostrar que era la más veterana, que sacaba más propina y que la suya era “la barra de Nandi”. Pero la realidad era otra. Anna sabía que no la iban a dejar sola en la barra principal, Luís no lo hubiese permitido. No tenía la capacidad para dirigir la barra y se retiraba muchas veces a lo largo de la noche, dejando la barra desatendida. Tampoco era cierto lo de las propinas. Nandi ponía dinero de su bolsillo en el bote y no cobraba alguna copa por caja, para que sus propinas pareciesen mucho mayores. Por eso quería estar sola. Lo de la veteranía era complejo. Estaba casi en los cuarenta rodeada de camareras de veinte. Siempre estaba hablando de la experiencia y la clase, y de glorias del pasado. En opinión de Anna, Nandi tenía la misma clase que una voceadora de mercadillo.

Pero tenía razón en una cosa: menuda le había caído con Sonia aquella noche. Al salir no pudo evitar que los ojos se le pusieran en blanco al verla. Allí estaba, vestida con un vestido rojo, brillante y minúsculo, saludando con gran efusión y besos de pintalabios a todo el mundo, como una estrella de Hollywood.

Sonia era personificación de un estereotipo. Había venido muy jovencita desde un pueblo del interior, deslumbrada por la vida lujosa y el ambiente de la noche. Una bonita chica de pueblo, guapa de veras. Llegó inocente y había caído en todas las trampas. Había estado colgada de varios tíos que sólo se aprovecharon de ella. Lo único que le dejaron fue su adicción al alcohol y las drogas. Siempre sin dinero y siempre endeudada, faltaba mucho al trabajo y cuando venía no estaba en condiciones. Para mantener el puesto se enrolló con el jefe, un hijo de puta casado, pero siempre dispuesto a irse con niñas bonitas. Lo hizo por supervivencia, pero acabó por enamorarse. Se quedó embarazada. Él se desentendió y le dijo que abortase, pero ella no quiso. Temiendo que eso le trajese problemas, le proporcionó drogas a discreción hasta que sufrió un aborto espontáneo. Cuando fue al hospital, estaba tan mal que la obligaron a quedarse ingresada en una clínica de desintoxicación. Ahí había estado hasta ahora, que le habían dado el alta. Fue a recuperar su antiguo trabajo, y el jefe no pudo decirle que no.

– Anna cariño, estás aquí! Tu me mantienes la barra caliente. Mi pequeña Anna, comienza tu a preparar las cosas, yo voy al tocador un momento.

A empolvarte la nariz, pensó Anna. Mientras Sonia le daba uno de sus besos de pintalabios, Anna vio el reflejo de ambas, juntas, en el espejo. Anna era igual de alta que Sonia, si no fuera por los tacones. Y un año mayor. Lo de pequeña le jodía. No odiaba a Sonia, le daba lástima. Se creía tan lista, de vuelta de todo… El puesto que ella ocupaba era antes el de Sonia.
La noche se presentaba difícil.

– Dago cariño, estás aquí! – Sonia pasó de largo, en dirección al vestidor de los camareros.

– Sonia, mi amor! Qué delgada estás! Mi niña, dónde están tus tetas, con el cuerpazo que tú tenías…

– Dago, ¿qué nos pasó? Tú y yo hubiésemos llegado lejos… – se metieron en el vestidor de camareros.

Dago tenía debilidad por Sonia. Habían tenido un affair años atrás. Eran la pareja perfecta, decían todos, los reyes de la noche. Pero Dago era incapaz de permanecer mucho tiempo fiel. Además era celoso y posesivo con sus novias. Sonia era igual de inconstante que Dago y el concepto de monogamia le era totalmente ajeno. La cosa no duró mucho y la bronca fue sonada. Pero Dago se preocupaba por Sonia. La advertía contra los abusones y le había partido la cara a más de uno. Siempre estaba intentando que dejase las drogas, la había animado a ingresar, la visitó en la clínica… Dago podía ser un enemigo temible, pero tenía un gran corazón. Se preocupaba sinceramente por todo aquel que apreciaba, podía dar altruistamente y siempre estaba feliz.

Anna se puso las pilas: cargó la barra de hielo y de vasos, se aseguró de que las otras barras estaban bien surtidas. Mientras Dago charlaba, comenzó a repartir las zonas entre los camareros, definió los apoyos a las barras y los turnos de descanso. Se acercaba la hora de abrir. Cuando todos estaban en sus puestos, apagó las luces y le dio la señal al Dj para que encendiese los focos y los altavoces. Cuando las luces se apagaban, las manchas y los desconchones quedaban ocultos, el techo y las paredes amarillentas de humo quedaban fuera de la vista, los colores horteras se volvían brillantes, los uniformes con pajarita de los camareros parecían elegantes y las mesas con velas de parafina parecían invitar a beber en intimidad. Parecía un sitio con clase. La magia de la oscuridad hacía brillar al Paradiso en todo su esplendor.

Estaban listos para comenzar y se acercó a Luís para indicarle que abriese las puertas delanteras. Luís abrió y se quedó en la garita de la entrada acompañado por Anna, mientras los primeros clientes se decidían a llegar. Luís solía ser silencioso y eso le hacía congeniar con la gente. Todo el mundo quería a Luís. En realidad era machista, racista e hipócrita. Anna lo había descubierto poco a poco, en frases sueltas, y lo despreciaba secretamente. Luís fingía muy bien quererla mucho, igual que a todos los demás.

Allí estaban, uno junto al otro en silencio, esperando. Vieron llegar a Manolo, el portero y segurata. Era gracioso verlo llegar y salir de un minúsculo Opel Corsa de diez años, un tipo de más de dos metros y casi doscientos quilos de ancho de espalda.

– Mi mujer se queda el coche grande, por el bebé – Decía siempre que nos metíamos con él porque el coche que le iba pequeño.

Imponía, pero era un buenazo. Estaba molesto porque no le pagaban las mismas horas que a los demás. Llegaba a la hora de abrir las puertas, no antes, y se iba a las cuatro en punto, aunque dentro hubiese una fiesta de palos. Saludó a Luís y Anna, entró a por una cerveza y un minuto después les acompañaba en la garita. Justo entonces los primeros clientes se acercaban por las escaleras del Paradiso. Habituales que tenían controlada la hora de apertura.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Conocí a un tipo que tuvo varios locales de alterne. Fue durante una época oscura de cambios y adversidades que hoy no viene a cuento. Aquel tipejo pagaba a las mujeres con dosis de heroína, por lo cual siempre andaban endeudadas. Cuando no tenía chicas las iba a buscar a las Ramblas (Barcelona) Con la condición de la adición.
    Era su modo de llevar las finanzas, compraba una cantidad importante de caballo y con él, mantenía esclavizadas a las muchachas. Las que se endeudaban mucho no salían del local, dormían en los establos. Vigiladas día y noche por los africanos que cuidaban de los caballos. (Con los que también traficaba)
    Esto que te cuento es de hace unos cuantos años. Las chicas eran españolas todas. Hoy con las inmigrantes, han dilatado el poder del lobo. Que fácil es culpar a los chicas, sin duda lo más trágico.
    Y no seas tan perezosa para mandar cuatro letras, si tienes una pluma que te escribe sola. Celebro de verás que te guste mi blog, es un honor.

    Un abrazo.

  2. eduard dice:

    Tienes razón, te pido disculpas. Me dejé llevar por la pasión antes de que terminaras el relato. Lo siento de verás. Soy un poco capullo a veces.

    Un saludo

  3. fanou dice:

    El honor es mío, sin duda. Por las visitas y también por los comentarios. No pidas perdón por comentar. Me gustan los comentarios. Me gusta ver que reacción provoca lo que escribo en quienes me leen, lo que construyen partiendo de ahí.
    Ha sido una tentación dejar la historia a medias, o hacerla más corta.
    Va a ser demasiado larga, me temo.

  4. Poio dice:

    En mis años como barman conocí un patovica como Manolo… asustaba su tamaño nomás, pero creo que es incapaz de aplastar un insecto siquiera.

    Lo mejor de la historia es eso, todos los personajes son creíbles y sus historias reales.

    sevemos

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