Una noche en el Paradiso

DOS

Se dirigió a la costa por la carretera de siempre. Era una vía secundaria en mal estado y casi todo el trayecto estaba a oscuras. Aún así los jóvenes conducían rápido y bebidos por aquel tramo. Anna se puso un poco de buen Rock para animarse. Salir de casa, conducir hasta el trabajo y arrancar la noche le costaba horrores. No podía controlar sus emociones. Su cerebro, su cuerpo se revelaban. Odiaba su trabajo. Pero se obligaba a seguir adelante, tenía que hacerlo. Conducía tarareando la canción en inglés que entendía sólo a medias, tratando de no pensar, resistiéndose al impulso de dar media vuelta y llamar diciendo que se encontraba mal. En más de tres años no había faltado ni una sola vez. Sin embargo hacía mucho tiempo que la posibilidad la tentaba cada noche.

Una vez había estado enferma durante semanas: fiebre, tos y la garganta irritada. La doctora la miraba, vestida y pintada de noche, con olor a tabaco que no había fumado y alcohol que no había bebido, una mañana entre semana en urgencias. Seguramente no creía que era camarera. Estaba acostumbrada. Le jodía, auque ya no se molestaba en aclarar nada. La doctora le dijo que debía darse de baja y quedarse en la cama, o su faringitis se volvería crónica. No podía hacerlo, necesitaba el dinero. Le dio las gracias por las recetas, agradecimiento sincero. La doctora se quedó mirando, como a la espera de más. Quizás esperaba que ella se desahogase, que le contase sus penurias. Seguramente esta acostumbrada a escuchar historias de todo tipo, pensó y sintió cierta extraña afinidad con la doctora. Pero Anna era muy reacia a explicar su vida a los desconocidos, y sentía como una agresión que tratasen de entrar en su intimidad por la fuerza. Había construido un muro alrededor de sus sentimientos, infranqueable desde fuera hacia adentro. Pero también lo era desde dentro hacia fuera. Su sonrisa al despedirse de la bienintencionada doctora le sabía amarga.

Pensaba en su faringitis cuando llegó a la puerta trasera del local y aparcó. El termómetro marcaba tres grados. Sintió un frío intenso al salir del coche. Había mucha humedad y podía escuchar el mar picado al final del espigón. La mayoría de los chiringuitos estaban cerrados en invierno. Todo estaba recogido y encadenado. Las maderas azules y blancas estaban medio desteñidas, estropeadas por la acción del salitre. El único edificio grande era el Paradiso, construido en los años setenta y declarado ilegal dos décadas después, junto con todo lo que había edificado a pie de mar. Todo se mantenía en pie mientras duraban los pleitos.

Ya había otros dos coches: el Alfa Romeo del pinchadiscos y el Renault de Dago. Caminó apresuradamente hacia la puerta y picó. Vio como los gatos se acercaban descarados hacia el calor de su coche. Cuando volviese el capó estaría lleno de pisadas de gato. Escuchó el pestillo restallar con un sonido metálico en el interior y la puerta se abrió.

– Hola preciosa – Era Dago y su sonrisa. Dago siempre de buen humor y con una copa a medias en la mano.

– Hola – Anna pasó dentro.

– Ya tienes el pedido sobre la barra.

La temperatura variaba muy poco con el exterior. Saludó con un gesto al dj, que estaba en su cabina liado con los discos, y éste le contestó por el micrófono. También saludó al encargado y a la mujer de la limpieza, que discutían en medio de la pista de baile.

– Bianca te he dicho mil veces que no alimentes a los gatos aquí. Si quieres les das de comer en otra parte.

– No soy yo, será otra persona…

– Vamos, ¿Me tomas por tonto o qué? He visto los plásticos vacíos en la basura, les has vuelto a traer sobras del hotel. Los gatos saben que aquí hay comida y vuelven cada noche. Se reproducen como ratas, hacen barullo, se pelean, son agresivos, entran por todos lados y lo ensucian todo. Los clientes se quejan. Si sigue así tendremos que llamar a control de plagas del Ayuntamiento, otra vez, para que vengan a llevárselos ¿Y sabes lo que hacen entonces con ellos? ¿Tú que crees que hacen? Los matan.

Bianca se dio la vuelta ofendida.

– Tu eres otro personas que torturan animales. –Bianca construía frases a las que le faltaban palabras cuando estaba nerviosa – Asesino de mierda. – Decía mientras se alejaba hacia los vestidores femeninos. Luís era un tipo templado, pero tenía que ser duro con Bianca. Todos conocían su obsesión por los gatos. Había llegado a tener tantos en su casa que un vecino, harto, la denunció y se los llevaron todos. Ahora tenía prohibido tener animales. Aún así tenía cinco “acogidos temporalmente”, y alimentaba varias colonias callejeras con la comida que sacaba de los hoteles que limpiaba.

– Que no se vuelva a repetir – Dijo él alzando la voz.

– Nazi. – Masculló Bianca cuando se cruzó con Anna lo bastante alto para que algunos la oyesen.

Bianca era del norte de Europa. Su familia era judía y había sufrido la represión nazi. O al menos de eso se jactaba ella. Cuando quería insultar a alguien lo llamaba nazi. Dago le contó una vez que había llegado allí persiguiendo un hombre diez años más joven del que se había enamorado. El tipo estuvo con ella hasta que le sacó todo lo que tenía y luego la dejó plantada. Su familia había pertenecido a la nobleza, pero estaban arruinados. Cuando se marchó al sur a perseguir jovencitos y vivir la vida bohemia se desentendieron. Una menos con la que repartir lo poco que quedaba. Ella no volvió, ni pidió ayuda, ni si quiera hablaba con ellos. Ahora limpiaba hoteles. De esto Bianca no hablaba nunca.

Lo primero que hizo Anna fue poner las botellas que había sobre la barra en su sitio. Cuando fue hacia los vestidores Bianca ya salía. Había que reconocer que era la mujer de la limpieza con el porte más digno que jamás hubiese visto. Siempre llevaba su media melena rubia, lisa y con flequillo recto, perfectamente peinada, ni un pelo fuera de sitio. Vestía trajes de falda y chaqueta, combinados con vaporosas y escotadas blusas, medias de costura por atrás y zapatos de tacón de aguja. Tenía un aire muy estudiado a medio camino entre Jackie Kennedy y Marilyn Monroe.

– Adiós querida, hasta mañana. – dijo mientras caminaba moviendo las caderas sobre los taconazos. Dago se cruzó en la otra dirección:

– Miralá, ahí va, vestida de gala para bailar con las tragaperras y mantener animadas charlas con los gatos. – Le dijo Dago por lo bajo cuando Bianca ya no podía oírles. Anna sonrió, en parte divertida, en parte como acto reflejo. Le daba un poco de pena, pero Dago siempre le sacaba punta a todo.

Dentró del vestidor metió sus cosas en la taquilla y sacó la chaqueta que usaba como uniforme. Apestaba a humo. Era gris con hilos plateados y el cuello y los puños peludos. Era extremada, vista a la luz del día resultaba vulgar. Pero para la noche era ideal, quitaba el frío y daba aire de fiesta. En el bolsillo llevaba su abridor de botellines. Se miró en el espejo, un último vistazo y un último momento de duda, la tristeza como un vértigo… Si superaba aquel punto, el resto de la noche sería cuesta abajo.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Te sigo con interés, quiero decir que sigo a tu Anna. Y a los gatos, testigos de las noches de todos los tiempos.

    Saludos de Paraíso Perdido

  2. fanou dice:

    Gracias, por la visita, por los comentarios.
    No he contestado antes, sobre si Anna ocupa o no una esquina, ni que esquina ocupa, porque esperaba contestar con el propio relato. Me van a permitir esa pequeña licencia.
    Espero que el relato final te guste. Siempre podemos discutirlo, aunque soy cabezota para admitir cambios, lo reconozco.

  3. Poio dice:

    El nombre de Dago me hizo acordar a uno de las mejores historietas argentinas de todos los tiempos, “Dago” precisamente, de Robin Wood y Salinas. Dos grosos de verdad.

    Con respecto al cuento, va genial como todos los tuyos. Mañana leo la 3ra parte, ahora tengo que salir.

    sevemos

  4. fanou dice:

    Espero tu opinión.

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