Una noche en el Paradiso

UNO

Anna se despertó por el ruido de la calle. Retumbaba en sus oídos insoportable. Le había echado fuera del sueño. Estaba completamente desorientada sobre la hora que era. La luz se colaba por las rendijas de la persiana. Buscó a tientas el reloj en aquella oscuridad artificial. 2:23PM decía el luminoso verde. Aún es pronto, se dijo y se dio media vuelta en la cama, aún puedo dormir una o dos horas. Es la hora de la siesta, en realidad no hay tanto ruido fuera. Pero no podía volver a dormirse del todo. Estaba en una especie de duermevela, ni dormida ni despierta. Aquel estado la ponía muy nerviosa, así que decidió levantarse.

Sentía el cuerpo abotargado y la boca pastosa. Al poner los pies en el suelo, estos recordaron el cansancio. Con un leve dolorcillo le decían que no había descansado suficiente y que las horas de pie se iban acumulando. Caminó pesadamente hasta la ducha. Aquel baño siempre estaba frío. La ducha fue desagradable, el frío nada más levantarse la ponía de mal humor.

Se hizo un café muy cargado: necesitaba cafeína para arrancar. No sabía si desayunar, comer o merendar. No tenía hambre, pero tenía que comer. Abrió una lata con un preparado para sándwiches que había comprado porque lo anunciaban en la tele y se preparó uno.

Tenía un rato para salir a dar una vuelta, pero a aquellas horas no encontraría a nadie que la acompañase. Tenía que salir un rato al sol. Si encendía la tele se quedaría atontada en el sofá hasta la hora de ir al trabajo. Acabaría por enfermar. Se abrigó bien y se fue a dar una vuelta por el centro.

Las tiendas estaban cerradas y las calles solitarias. Paseó un rato tratando de ir siempre por donde daba el sol en las estrechas calles. Luego se sentó en un banco. Cuando el aburrimiento se hizo insoportable consideró que ya tenía su ración de sol.  Se dirigió hasta su librería favorita, tratando de caminar despacio. Estaban por abrir. Esperó impaciente mirando el escaparate. Cuando por fin el primero de los pesados batientes se abrió, se coló dentro ignorando la mirada molesta de la dependienta. Fue directamente a su sección favorita y estuvo largo rato mirando títulos y leyendo reseñas. Al final se decidió por uno, pagó y se marchó de vuelta a casa.

La gente paseaba antes de retirarse, acabando el día. La luz comenzaba a palidecer y extinguirse. Que pronto se acaban los días en invierno. Anna se sintió angustiada por uno de esos pensamientos recurrentes: Estoy perdiendo los días, miserablemente. Trató de desechar ese pensamiento caminando más rápido.

Cuando llegó a casa había oscurecido completamente. Se preparó la cena y se sentó frente al plato. No tenía hambre, casi nunca tenía hambre. Cenó de mala gana, mirando por la ventana. El día se acababa, la gente volvía a casa en sus coches con los faros encendidos. Los niños eran mandados a dormir, la gente se relajaba en los sofás y pensaban ya en el día siguiente. El telediario acabó deseando buenas noches y hasta mañana.

A ella sin embargo le tocaba comenzar. El final del telediario era su pistoletazo de salida. Apagó el televisor, escogió la “ropa de guerra” y se maquilló. A medida que se iba preparando para salir, su cuerpo se rebelaba, se ponía mala. Era el momento del bajón. Se obligó a seguir adelante, sin pensar. Miró el reloj, quería asegurarse de no llegar pronto y tener que esperar en la puerta. Un último vistazo en el espejo antes de salir. Se dio ánimos, reprimiendo la tristeza, que flotaba siempre bajo la piel amenazando con desbordar a cada momento. Se aseguró de que el libro que había comprado iba en el bolso. Su contacto era como un talismán, le daba ánimos. Qué estupidez, pensó, y cerró la puerta tras de sí.

Bajó a la calle, que estaba desierta. En verano a las diez y media de la noche aún queda luz y gente. En invierno no. Buscó su coche allí dónde lo había dejado aparcado. Sus compañeros de clase alguna vez le preguntaban si no tenía miedo de salir sola, de vivir sola. Procuraba ser prudente, miraba a los lados y se aseguraba de que no la acorralasen, ni la cogiesen desprevenida. Evitaba los lugares conflictivos y esquivaba las personas con mala pinta. Por lo general, caminaba despreocupada por la vida. La soledad no la asustaba, la soledad y el silencio eran momentos de paz, antes del disturbio.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. eduard dice:

    Pobre Anna, la de paraísos que hay y le tocó el de alquiler y esquina. Tan sola y tan viva, tan real, tan cercana.

    Una abraçada

  2. Poio dice:

    La vida de día de Anna me suena conocida, o al menos imagino a alguien viviendo así :S

  3. fanou dice:

    Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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