Poeta Loco

el

Una avecilla negra alzó el vuelo.
Voló en círculos lentos
alrededor de la extraña pareja.
Luego partió lejos,
llevándose todo reflejo
capturado en sus alas negras.

Darío estaba sentado al lado de la joven. Era tan bonita, le parecía la niña más linda del mundo. Había una extraña familiaridad entre ellos. Ella estaba afligida, y empezaron a rodar unas grandes lágrimas por sus mejillas.
– ¿Qué té pasa, muchacha?
– ¡Oh! Yo no debería existir…
– ¿Cómo? – Interrumpió Darío – ¿Cómo dice eso una niña tan bonita?
La joven miró al anciano a los ojos. No con burla ni desprecio, ni con reproche como si mirase al viejo chocho que era. Era una mirada cristalina.
– Recuerdas cuándo eras joven, Darío, cuándo tus cabellos eran rubios y rizados, cuándo lucias orgulloso un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta y aprendías del mundo leyendo libros de la ciudad fantástica y tu padre te maldecía en el pueblo por no arar el campo…?
Que agradable, aquella muchachita lo conocía.
– Claro que me acuerdo
– Entonces nací yo
– No puede ser, tú eres más joven
– ¿Que tienen que ver las fechas en esto? Mira. ahí vienen tus amigos .
– ¡Oh!

Ya no reflejaba el lago
la luz del sol,
ya no hay espejos azulados
contenidos en tus ojos.
Soy ave negra que parte
robado ya tu tesoro:
Tu cordura, tus recuerdos…

Eran el Pope, el Trispe y el Tanino. Que jóvenes se veían, que llenos de vida, y él mismo, que se levantó para saludarles, era un joven atolondrado y lleno de energía, que saltó del banco.
– ¡Hola! ¿Qué hacéis por aquí?
– Paseando, a ver a las muchachas enjabonar la ropa blanca y ponerla al sol en el lavadero – Dijo el Pope.
– ¿ Y tú, qué haces? ¿Leyendo como siempre? – Preguntó el Trispe.
– ¿Tú qué vas, para ministro? – Preguntó el Pope con guasa- ¿No sabes que en casa de pobres solo hay ministros del campo?
El Pope y el Trispe rieron.
– Deberías ir para tu casa, tu padre esta enfadado, amenaza con darte una cura de San Palo si no apareces para ir esta noche a echar el riego – Dijo el Tanino muy serio.
– Deja, él no se mancha las manos con barro – Dijo el Pope – Pero luego bien que sisas los duros para ir a la ciudad a por libros.
Como reían el Trispe y el Pope.
– ¿Qué lees ahora? ¿Más cachos de rempuja, como los que luego escribes tú?- Preguntó el Trispe.
– Son poemas – Dijo Darío ofendido y orgulloso.
– Tu padre te va a partir las manos, ha oído que eres poeta y dice que no quiere finolis ni señoritos en su casa – Dijo el Pope burlándose.
El Pope y el Trispe reían, el Tanino miraba serio. Sonó entonces una radio. Era una clásica, la voz modulada de un hombre interrumpió entonces:
– Aprobada por mayoría de votos la Segunda República Española. Pierde el partido Monárquico y Alfonso XIII será expatriado…
La voz se perdió, la escena se volvió entonces en blanco y negro, como en una foto y Darío era otra vez un viejo.
– ¿Qué ha sido de nosotros? – Preguntó el Pope serio.
– Tú y el Trispe habéis muerto – Respondió Darío entristecido – Tú, Pope, en 1931…

Muerto en la capital,
aplastado por un carro,
no siendo más que un niño,
en las calles llenas de barro.
Te desfiguró la cara
y también té corto un brazo
y en el funeral tu madre
té tapó con un trapo blanco.

Tú, Trispe, en 1936…
Moriste lejos de casa
ensartado por un buey
que se coló por un agujero
y te pilló en la cama,
y te envió al sur
de una cornada.
Un agujero en el techo,
un agujero en el pajar,
un agujero pequeño
hecho con el pulgar.

– ¿Y yo? – Preguntó el Tanino.
– Tú…

Ahora te estás muriendo,
en tu casa del Barranco.
Pero alégrate
que ya nació tu bisnieto,
y María se ha casado.
Tu mujer ya murió de vieja,
en la mecedora del porche
mientras hacía calceta
atando vuestros nombres…

– ¡Abuelo! Deja ya de hablar sólo. Levanta del banco y ven a casa, que está lloviendo y te enfriarás.
Darío lloraba, pero no se notaba con la lluvia. Se levantó y dejó que su nieta tirase de él mientras decía por lo bajini lo chocho que estaba el viejo. Entonces recordó: ¿La joven, dónde estaba?

# # #

Se sentó en una silla, en su casa y cuando se quedó sólo, entró ella, que lo había seguido tímida.
– ¿Es que no tienes casa, niña?
– Yo vivo contigo, ¿es que ya no te acuerdas? – Como se parecía a su mujer de joven…
– ¿Recuerdas cuando ella bajó de la montaña?

Era por las fiestas,
la conociste en la plaza.
Era joven y fuerte,
la sal de la montaña.
La niña de ojos grises,
a luz de luna bronceada.
Cantaba letanía triste
por sus añoradas alas.
De bailarina sus pies,
de roca en roca saltarina
y su vestido nuevo de saco:
¡Qué guapa se veía
el hada de las montañas…

– Pero cuanta gente en mi salón ¿Qué es esto? Me voy a marear
– ¿No ves? Son las fiestas del patrón…
Darío era ahora un hombre en plenitud, y entró en la plaza la que después sería su mujer…

Con un vestido nuevo
y con olor a tomillo y puchero.
Entonces él se volvió a enamorar
y al momento le compuso un verso,
un poemilla de amor
y la volvió a conquistar.
Ella le habló de sus hiervas,
de sus remedios y sus pomadas
y de cómo crecía la salvia
la liria y el esparto
allá en la montaña.
Él le dijo poemas
y todas las palabras bellas
juntas y sueltas
y también revueltas.

Sabía que iría por ella a la montaña para quedársela, porque ya era suya. Y así como le había prometido fue a reclamarla.

El día de su boda
la coronó con flores,
y la noche de su boda
la pasaron solos
perdidos en el bosque,
y la luna siguiente germinó semilla en ella…

– Darío vamos, ya tienes la leche y las galletas
Que dulce y comprensiva, que joven aún su voz en ese cuerpecillo marchito, cuanta bondad en su cara arrugada.

Y sus quince galletas,
quince, como siempre,
para desmigarlas en la leche,
mientras miraban juntos el televisor,
arrugaditos los dos…

###

– ¿Por qué me has despertado? Nunca me dejas dormir, que malas noches paso contigo
– El Tanino se muere, debes ir a presentarle tus respetos, ¿O querrás que se vaya sin saber que lo echarás de menos?
– ¿Ya se muere? Debo ir a verlo… ¿Desde cuando cierran la puerta desde fuera?
– Es tu mujer, Flora, que le puso un cerrojillo a la puerta, porque ya eres un viejo loco y te escapas por las noches y apareces desnudo en la plaza del pueblo.
– ¿Eso hago? Debe ser cierto que ya estoy chocheando ¿Pero ahora como salgo?
– Pues como todas las noches: yo te abro la ventana, tú saltas al patio, luego me abres el cerrojillo, que yo ya cerraré la ventana para que ni tu mujer, ni tu hijo, ni tu nuera sepan como te escapas, no sea que también le pongan cerrojo a la puerta chica.
– ¿Y si me hago daño?
– ¿No ves que es planta baja? Tu guarda silencio, que no te oigan tus nietos.

Bajo la ventana del señor Eduardo, el Tanino para todos los del pueblo, Darío empieza a aullar, para despertar a su amigo y hacerle saber que aquel viejo lobo lo echará de menos…
– ¿Por que me llamas? Ya me iba – Le dijo el Tanino, que estaba detrás de él.
– ¿Ya te has muerto?
– Pues sí
– Se te ve mejor, más contento.
– Es que me voy con mi mujer, que me espera, y con mi otro nieto, el pequeño Valentín.

– Yo sólo venía a decirte
que te echaré de menos,
que saludes a todos los del pueblo,
y dale las gracias al librero,
que me cedió en testamento
veinticinco libros nuevos –

– ¿Quieres hacer algo por mí?
Entiérrame con el gorro de calceta
que me hizo mi mujer.
Es que tengo frío en las orejas,
y si me entierran con sabañones
creerá mi Encarna al verme
que no me cuidaron bien.
– Claro Tanino… ¿Dónde estas?

– Se ha ido ya – Dijo la joven.
– ¿Ya?, ¿Y cómo… ?
Y la muchacha lo guió por la puerta del corral, que se abrió misteriosamente y sin ruido, hacia la habitación donde descansaba su amigo, y sobre una silla estaba la gorra, casi terminada, y se la puso. Luego saludo al pulgoso y doliente perro y se marchó. Y al salir oyó el lamento del perro, que puso la casa en revolución.
Volvió entonces a su patio y se sentó en una silla, mientras la joven andaba entre las flores.

– ¡El abuelo no esta en su habitación! ¡Se ha vuelto a escapar! –
– Hay esta nuera mía, hay que ver que aprensiva es – Dijo Darío a la joven, apenas un contorno luminoso bajo el limonero.
Entonces apareció Flora por la puerta del patio. Había madrugado para recoger el pan que traía el muchacho del motocarro, y aunque no había ido antes al patio, lo había visto por la rejilla de la alacena, y sabía que estaba ahí. Se sentó al lado del viejo:
– ¿Sabes, Darío, que esta noche ha muerto el Tanino? Pero dicen que antes de morir se levantó a ponerse el gorro de lana que le hacía su mujer. El médico dice que es imposible. Menudo misterio. Pero para misterio el que tenemos en casa, que no sabe como el loco sale de su habitación para pasear todas las noches. Silvia está llorosa, porque dice que en este pueblo todos son misterios, y que igual el demonio tiene mano. Pero ¿Qué tendrá que ver el demonio con las ventanas y los cerrojos?

# # #

Todos acudieron al funeral, todos menos Darío, se lo dejaron en casa porque era un viejo chocho, y porque una vez robo el dinero del cepillo para invitar a sus amigos a unos vasos de vino.

– ¿Por qué refunfuñas? –
– Porque me dejaron aquí perdido,
con un candado en el portal –
– Eso té pasa por robar el cepillo –
– Pero esto es un funeral
y el Tanino era mi amigo.
Él me ayudó a tomar
en pos de los desfavorecidos
de cristianos la generosa caridad
y juntos todos bebimos vino –
La muchacha rió, ahora estaba alegre…
– Recuerdas cuando llegó la guerra,
poco a poco se acerco a pueblo,
la gorda, la grande, la fea,
todos tenían miedo
y se escondían por las eras.
Tu mujer de ocho meses
del segundo, un barón, tu primogénito…

Estaban entonces en casa del padre de Darío, con su mujer y su primera hija, la pequeña Margarita, que tenía siete años y era delgada, pálida y rubita como su madre. El recuerdo era vívido y de colores casi delirantes, sin embargo Darío no veía más que las grises sombras de la tristeza por todos los rincones del recuerdo. Siguió la joven, porque él no tenía ya fuerzas.
Entonces llamaron a la puerta, eran tres…

Eran tres hijos de la muerte
con largos palos de fuego,
escopetas de los cazadores
para cazar hombres…

– ¿Está aquí tu hijo el poeta y su familia? –
– ¿Quién lo busca? –
– La autoridad…
– ¡No, no están aquí!, Él y Flora no han estado aquí en mucho tiempo. – Interrumpió su madre, su dulce y vieja madre.
– ¡Dejad pasar a la autoridad¡ –
– No, no pasarás, no los matarás.

Luego una orden
y después un trueno,
y después un grito,
y más truenos huecos…
Luego silencio…

– Hay madrecita, hay padre. ¡No! No quiero seguir recordando –
– Ves – dijo la muchacha entre oscuras brumas grises- Nunca jamás debí nacer, nunca debí existir – Cómo se parecía la joven a su pequeña Margarita.
– Hay muchacha, ¿Por qué me hieres de esta manera? ¿Qué habría hecho yo sin ti? –
– Entonces recuerda, recuerda por mí, porque vivo de recuerdos, y me estoy muriendo –

Recordó entonces Darío su huida a las montañas, a las montañas de ella, su amada Flora. Perseguidos por la muerte, con el sonido de la tormenta de espantos a sus espaldas.

Huyeron, cada vez mas lejos,
por avenidas y valles,
por lagunas de hielo,
por ramblas y pedregales,
por picos fríos y fieros.

Comieron hiervas,
vayas, plantas y cortezas,
pájaros negros y pequeños.
y agua helada, y apenas nada,
porque el monte estaba seco.

Anduvieron casi sin fuerzas buscando un sitio alto y escondido, donde el viento entre los peñascos no dejaba oír el llanto de la batalla, que ni de día ni de noche cesaba.
Esto veía Darío, ahora desde fuera, y se vio ayudar con sus propias manos a nacer a su primogénito, y no lo llamo como él, su padre, su abuelo… sino con un nombre nuevo: Albino, un nuevo alba.
Y vio, como no había visto entonces, cómo su pequeña Margarita, su linda florecilla, entristecía y adelgazaba hasta morir, con su pequeña e inocente alma aprisionada en su cuerpo lívido y arruinado sin remedio.

Hasta que una mañana la encontraron,
verde y azul, blanca y amarilla,
con su pequeño vestidito escarchado,
muerta entre margaritas…

La joven se llevó a su pequeña, su espíritu irisado, nacido de una crisálida, y dejó la cáscara vacía atrás en la orilla. La enterraron en el bosque y el pequeño Albino lloró tres días y tres noches.

Darío no lloraba, sino que cantó unas estrofas en las que se había transformado su lamento, porque era secreto, y porque había pasado mucho tiempo. Y sin duda también porque su bello jardín había perdido su más bella flor, y hasta el llanto de un niño lo enturbiaba con recuerdos tristes.

– Margarita, hay mi bella Margarita,
de las flores del jardín la más bonita,
es su vestido como los pétalos blancos
y su corazón de tintura amarilla,
un alma que escapo prematura de esta vida –

– Abuelo, no me llamo Margarita, soy Viola, ¿No me recuerdas? –
– Hay flores nuevas en el jardín – Dijo mirando bajo el limonero, pero no estaba la muchacha – Dame jabón Flora, tengo los dedos tintados de amarillo –
– No es verdad, lo que tienes tintado son los ojos –
– ¿Por qué dices eso abuela? ¿Le pasa algo a los ojos del abuelo? ¿Qué es lo que le pasa? –
– No le pasa nada –
– Pero tiene las manos manchadas de tierra –
– Dale el jabón que ha arañado el suelo del huerto, y las flores le han arañado a él, nunca aprenderá este viejo, que no se puede desenterrar nada en el huerto –
– Pero ¿Pero y las patatas abuela? –
– Las patatas no son flores dijo la Abuela al alejarse. ¿O había sido la joven?. Sin duda había sido la joven. Como se parecía la joven a su nieta. ¿O era a su esposa? ¿O era a su pequeña Margaríta?
Si, quizá era ella, porque la enterraron en la montaña para que de nuevo floreciera…
Pero donde estaba la joven, se alejaba por el huerto, por el jardín, hacia dentro de la casa. entró tras ella corriendo, nervioso, agitado.
– ¿Dónde va? ¿Dónde está? –
Se sentó apenado junto a su mujer que estaba cosiendo y le preguntó con lágrimas en los ojos:
– ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido esa mujer joven con la que he pasado tanto tiempo? –
Le preguntó a Flora. Silvia y Albino pusieron de un respingo semblante serio y entristecido. Pensaron que le preguntaba por ella misma, Flora, su propia mujer, la que tenía delante y a la que preguntaba. Pero ella se entristeció mucho más.
– Hay mi viejo chocho, ¿Por quién preguntas? –
– Si ha entrado aquí hace un momento – Dijo Darío – Tienes que haberla visto –
– No la he visto –
– Has de verla tú, yo ya no la veo.. –
– No te entiendo, Darío. –
– ¿Es que ha pasado el tiempo? ¿Es que ya no pasa? ¿O no lo veo pasar? –

Esa noche Darío no se escapó,
comenzó a soñar su último sueño.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. fanou dice:

    Cuando escribí esto, hace ya un tiempo, era un momento difícil de mi vida. Necesitaba asimilar demasiadas cosas que estaban pendientes en mi interior. No podía afrontarlas. Escribir fue exorcizar parte de mis fantasmas interiores. Escribirlo me destrozó. Durante mucho tiempo no podía leerlo sin llorar. Así que para mí tiene un gran valor, aunque no sea de gran calidad poética. Eso no puedo juzgarlo, puesto que no puedo desvincularlo de mí.
    Ahora al menos puedo dejar que la gente lo lea y lo juzgue a su antojo.

  2. andreas dice:

    Me ha gustado, lo he encontrado muy rico en su uso y muy bien conseguido en su ritmo, especialmente mezclando lírica y poesía.
    Supongo que se escapa un trasfondo sentimental que es difícil de entender para alguien ajeno, pero aún así realmente desprende una fuerza emotiva sorprendente.
    Es bueno exteriorizar sentimientos a través de las palabras, ellas nunca te abandonan.

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