Siguen los Cuentos de la Ciudad Encerrada

Arde el barrio de las putas

#

El barrio de las putas, indisolublemente fusionado con el puerto, fue el lugar por el que la enfermedad entró y se extendió a la población de Mesalia. Antes aún de que su padre lo notase, Demina vio la enfermedad hacer presa en las pobres muchachas que malvivían en aquel lugar, sin poder aliviar su tormento. Algunas enfermaron y murieron muy rápido.

Pero la vida o la muerte de aquellas gentes miserables no significaba nada. El hecho paso desapercibido, ignorado. Dejarlos correr su suerte miserable y mirar a otro lado, era más fácil. Estaban horrorizados ante la visión de los estragos que causaba aquella enfermedad: los cuerpos consumidos, llenos de bubones y llagas abiertas, necrosados los dedos de pies y manos, la nariz y las orejas, cuando estos no habían caído. Rápidamente los enfermos eran esperpentos irreconocibles, consumidos hasta los huesos, pelones y sangrantes. La enfermedad era fulminante.

Demina no sabía qué hacer frente a aquella enfermedad, nunca había visto nada similar. En aquellos días casi le asustaba pasear por el puerto, y aunque le avergonzaba un poco, redujo sus visitas a Marietta notablemente. Pero no fue la única. Repugnados, la mayoría evitaba a los enfermos. Afirmaban que era un castigo divino, o una marca demoníaca, por la vida de pecado que llevaban, y el párroco los alentaba con estos pensamientos.

Marietta tenía un niño de dos años. Había sido un desliz, se permitió enamorarse. Se quedó embarazada y el padre se desentendió de aquel bastardo.  Le aconsejó que se deshiciese de él como fuese. Pero Marietta se negó, sacaría a su criatura adelante ella sola. En cualquier caso el hombre amenazó a Marietta con hacerle la vida muy difícil si rebelaba aquel desliz. Marietta no abortó. Tampoco se deshizo del niño, ni reveló jamás quién era el padre. Ella decía que era sólo suyo, el único hombre de su vida.

Una noche el niño enfermó. Marietta llamó a Demina desesperada. El niño estaba muy grave. Demina se escapó al oscurecer de casa de sus padres. Cuando vio al pequeño, sus peores temores se hicieron realidad: era la misma muerte negra. Hizo todo lo que pudo por el pequeño, pero al amanecer murió.

Para aquellos entonces la “gente de bien”  empezaba a enfermar y morir. Aquella horrible peste no distinguía entre pobres o ricos, buenos o malos, incluso las hermanas del convento y los monaguillos enfermaban y morían. Los ánimos estaban muy caldeados. Para colmo se supo que el médico había desaparecido.

Marietta decidió irse de la ciudad. No avisaría a Pipo, su gigantón enamorado, ni a sus clientes habituales, ni a sus chicas. Lo abandonaba todo, nada la retenía allí. Hizo un hatillo ligero con sus ropas buenas, reunió joyas, monedas y cartas. Se cuidó de mantener sus intenciones bien ocultas, actuando todo el día con normalidad. Aquella madrugada abandonaría Mesalia antes del amanecer.

A última hora de la tarde se acercó personalmente hasta la casa del farmacéutico. Mirando desde un callejón cercano, buscó a un niño y le prometió una moneda  si le llevaba una carta a Demina. Debía dársela en mano y ella debía verlo, si quería conseguirla. En la carta Marietta avisaba de sus intenciones de salir de la ciudad sin mirar atrás ni avisar a nadie. Mesalia se moría. Si quería irse con ella, la esperaría hasta media noche. En todo caso, debía abandonar la ciudad cuanto antes.

A media noche Demina fue a ver a Marietta. No era la primera que la invitaba a huir de la ciudad. Pero no iba a abandonar a su familia, ni a Mesalia a su suerte. Si debía morir con la ciudad, moriría. Aquel iba a ser su acto de valentía en la vida. Ambas jóvenes se despidieron efusivamente, entre  llantos, para no volverse a ver jamás.

Demina nunca supo si Marietta logró escapar o no. Al día siguiente los barcos aparecieron destrozados y se extendió el rumor de que la ciudad estaba sitiada por hombres armados.

En los días siguientes otro horror, a parte de la peste negra, hacía presa en Mesalia: el miedo. Sin saber cómo reaccionar a que mal se enfrentaban, sin poder huir de la ciudad, se sintieron verdaderamente condenados. La gente comenzó a enfrentarse, a violentarse, a dejarse llevar por sus peores instintos.

El barrio portuario fue rápidamente aislado con empalizadas, abandonado a su suerte. Algunos trataron de rebelarse. Pero eran pocos, y estaban enfermos y estigmatizados.  fueron brutalmente reprimidos por sus propios conciudadanos. Los Mesalinos cometieron atrocidades unos contra otros. Por la noche el barrio de las putas ardía por varios puntos y la sangre encharcaba las calles.

Pero ni Demina ni su familia llegaron ver a aquello. Demina había enfermado.  Supo que su padre lo había detectado al fin, aquel día que la ciudad de Mesalia estaba a punto de desatar su horror. El miedo se sentía en el aire. Demina no dijo nada cuando detectó el sabor del veneno en la bebida que le ofrecía su padre. Se limitó a beber, como el resto de su familia.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    Cuando leo estos cuentos me siento dentro de Mesalia, recorriendo sus calles, percibiendo sus olores y saboreando su muerte.

    Quiero más 😀

    sevemos

  2. fanou dice:

    Cuidado, no te quedes atrapado…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s