Nuevo Cuento de la Ciudad Encerrada

El barrio de las putas

#

Ir a la playa a ver a Tino no era lo único que Demina, la hija del farmacéutico, hacía a espaldas de su padre. Desde pequeña tenía una amistad profunda e incomprensible con Marietta. Incombrensible porque eran opuestas.

Ambas eran de la misma edad y habían sido amigas desde pequeñas. Pero la hija del farmacéutico era una jovencita de ademanes delicados, modales exquisitos y culta. No era una joven caprichosa, pero vivía cómodamente y podía permitirse ciertos lujos. Sobreprotegida por su padre, su vida había sido fácil.

Marietta era todo lo contrario. Hija de una prostituta y un marinero, había sido abandonada a las puertas del convento nada más nacer. Las hermanas habían tratado por todos los medios de inculcarle  contención, buenos modales y religiosidad, para que fuese una buena cristiana. Pero era como regar el desierto. Marietta era un espíritu indómito y rebelde. Odiaba a las monjas represoras y sus métodos abusivos. Por extensión odiaba a todos los religiosos, la religión y a Dios mismo.

Su liberalidad era considerada libertinaje. Desde pequeña le recriminaron su origen bastardo ¿qué se podía esperar de la hija de una puta?. Pronto vio claro que el único camino para ella era la prostitución. Pero era ambiciosa. Se buscó un marino grande y bobo al que hizo enloquecer de amor. Pipo la defendía de otros hombres, a la vez que le traía clientela.

Era muy hermosa. Sus ojos oscuros eran grandes y expresivos. Los llevaba siempre muy maquillados, como una gitana. Su pelo era negro, ondulado y brillante, y lo perfumaba con agua de rosas. De piel sonrosada, estatura baja, cuerpo voluptuoso y con cierto aspecto infantil. Era como una de esas muñecas de porcelana, niñas pintadas de mujer.

No tardó en tener un protector de la aristocracia local. El anónimo señor estaba encaprichado y mimaba a Marietta con estupendos “regalos”. Ella guardó algunos, los más valiosos, para casos de necesidad. Con el resto trapicheaba. Consiguió una casa propia, para no vivir más en un cuartucho de alquiler. Pronto acogió a otras muchachas, que le pagaban una renta por el alquiler de los cuartos. A la que se dedicaba a la prostitución la aconsejaba y la protegía, aunque no obligaba a ninguna.

Su casa era espaciosa, con patio interior, limpia  y decorada con gusto, como un oasis en pleno barrio de las putas. Ella era una joven madama de buena reputación. El populacho a menudo decía que la suya era una casa de citas decente. Las jóvenes acomodadas que se escapaban de casa por algún lío, o que se quedaban embarazadas antes de un buen matrimonio, iban a parar a la casa de Marietta. Todo el mundo lo sabía. Cumplía una función social poco agradable a los ojos de la “gente de bien”. Exceptuando al párroco, nadie se metía con ella.

Mairetta no dependía de ningún hombre, al menos no de uno sólo, y se lo dejaba muy claro a todos ellos. Era libre. Hablaba descaradamente y al hacerlo igualaba a todo el mundo. Tenía un carácter fuerte e independiente. A la vez sabía guardar un secreto. Estaba al tanto de todo lo que sucedía en Mesalia, mucho más que el bobo del párroco en su confesionario. Sabía llevar a los hombres por dónde quería. Muchos recurrían a ella no únicamente por favores sexuales. Administraba su casa y su negocio con mano firme. Protegía a sus muchachas como una madre y no las explotaba.

A raíz de su amistad con Marietta, Demina se interesó por las artes de su padre. Un hombre, doctor o farmacéutico, habría levantado la desconfianza de las mujeres de la casa, tanto de las muchachas que ejercían, como de las invitadas clandestinas. Demina daba consejos de salud a las muchachas. Así comenzó. En caso de que alguna cayese enferma, la diagnosticaba y preparaba medicinas. Era una matrona experimentada y también practicaba abortos.

Demina admiraba a Marieta, por su independencia y su libertad. Se sentía atraída por ella y, en cierta forma, la envidiaba. El barrio de las putas y la vida en él ejercían en Demina una morbosa fascinación. Ese tipo de fascinación que Marietta detectaba en la gente de bien y explotaba en su propio provecho, aunque ella misma fuese incapaz de sentir nada parecido. Demina se sentía atraída y repugnada en igual medida por la vida desdichada de aquellas gentes.

Marietta observaba ese brillo en los ojos de Demina cada vez que paseaban juntas por el puerto. Pensaba con humor que Demina era una reprimida, y que en algún momento de su vida se dejaría llevar por sus pasiones. Alguna vez le dijo, para escandalizarla un poco, que pobre del marido que no la dejase satisfecha, pues sería un grandísimo cornudo. Demina fingía gran indignación ante aquellos comentarios. Marietta no juzgaba a Demina. No juzgaba a nadie. Además a Demina la quería como a una hermana pequeña.

Por su puesto estaba al tanto de su reciente relación con Tino, el hombre pez. El muchacho parecía noble y no le desagradaba la idea de que Demina se hubiese encaprichado de él. Si Demina le hubiese pedido consejo, le habría dicho que se casase con algún hombre mayor y adinerado que le garantizase una buena posición.  Tino bien podía ser su diversión o su capricho, porque Marieta sabía bien que de Tinos van y vienen muchos en la vida. Marietta no creía en el amor verdadero. Pero se guardó bien de decirle nada a Demina.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    No lo había leído a este… ahora me cae la ficha en los personajes del siguiente 😛

    sevemos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s