Tercer Cuento de la Ciudad Encerrada.

El barco fantasma

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Unos días antes de que la plaga comenzase a extenderse por Mesalia aconteció algo increíble. Llamaron al doctor y al cura, máximos representantes de las autoridades médicas y eclesiásticas:

– ¡Un barco fantasma a llegado al puerto! – Gritaban por las calles de Mesalia

El barco había llegado al puerto traído por las mareas. Cuando habían intentado comunicarse con los tripulantes no había contestado nadie. Las velas ondeaban flojas. Al subir encontraron que el barco lo dirigía la débil mano de un joven enfermo que se tenía en pie porque estaba atado con una  cuerda al timón. En todo el barco no había más que otros tres hombres en la bodega, uno muerto, y otros dos aún más enfermos que el que comandaba la nave. No había nadie más, nadie en condiciones para subirse a los palos o remar. No era un barco de la flota de Mesalia.

Cuando mandaron al doctor a inspeccionar a los enfermos su aspecto, deformado por la peste y agrabado por la vida en alta mar, le resultó repulsivo. Estaban llenos de bubones y heridas, tenían los pies y las manos negros y gangrenados, sangraban por numerosos sitios: ojos, orejas, nariz, incluso por la piel. agonizaban delirando presas de altas fiebres. El doctor jamás había visto nada semejante. Dijo que aquella enfermedad no era algo normal, era una pestilencia demoníaca. Aquel barco estaba maldito. Dejó aquel asunto en manos de cura.

El cura rápidamente confirmó que aquello era obra del demonio. El barco no había sido convenientemente bendecido antes de emprender el viaje, o bien habían navegado por algún lugar maldito. O tal vez habían cargado algún tesoro proveniente del mismísimo infierno, engañados por el diablo, que se había aprovechado de uno de los pecados capitales de aquella gente: la avaricia.  Decidió que los hombres serían llevados al hospicio hasta su muerte. Luego serían enterrados fuera de tierra santa, pues estaban condenados y debían vagar por el infierno. El barco sería quemado. Todos los tesoros que portase se ofrecerían a la patrona. Los llevarían hasta la iglesia y los dejarían una noche allí. Si alguno perdía su esplendor, se volvía negro o humeaba sabrían que era demoníaco y lo quemarían también. El resto quedarían integrado en el patrimonio de la Santa Patrona.

El apotecario, que había llegado tarde, atraído por el tumulto y las habladurías, no estaba en absoluto de acuerdo con las decisiones tomadas. Pero mostrar su desacuerdo con el doctor y sobre todo con el cura, le hubiese supuesto  la burla y la ruina. Le parecía especialmente hipócrita que el cura hablase de la avaricia. Que oportuno que hubiese que brindar todo el cargamento a la santa patrona. El cura decidiría que valía la pena y se quedaba, y que no valía la pena y se quemaba. Lo único que podía hacer era atender a los enfermos lo mejor que pudiese mientras aún les quedase un hilo de vida. Trataría de hablar con ellos y averiguar que había sucedido en el barco.

No tuvo problemas para atender a los enfermos. Todo el mundo los evitaba por considerarlos malditos y endemoniados. Para ello se llevó a su hija pequeña, que en los últimos tiempos se había convertido en su mejor ayudante. Parecía tener un don para tratar a los enfermos. El apotecario y su hija cuidaron a los enfermos. Hablaron con ellos, cuando estaban despiertos y serenos, y los acompañaron hasta su muerte. El apotecario vio el mal en forma de enfermedad, mientras los demás en el pueblo se distraían viendo el mal en forma de fantasmas y endemoniados.

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