Más cuentos de la ciudad encerrada.

El apotecario

#

Las autoridades, eclesiásticas o nobiliarias, no conocían la forma de tratar la enfermedad. Morían los frailes igual que los laicos, los nobles igual que los plebeyos y los ricos igual que los pobres. La muerte negra los igualaba a todos y no respetaba a nadie. Se extendía de sur a norte y de este a oeste, devastándolo todo a su paso. Tras recibir las cartas del doctor de Mesalia, el conde y el arzobispo de la región decidieron que lo único que podían hacer era intentar contener la infección. Sitiarían la ciudad, incomunicándola y dándola por perdida. Esperarían a que todos sus habitantes muriesen, o sanasen, sin extender la enfermedad más allá.

Dentro de los muros, el apotecario al principio creyó que el doctor volvería. Era sospechosa su forma de actuar, la precipitada partida, pero se negaba a creer que hubiese abandonado Mesalia a su suerte. Al los pocos días la infección había contagiado a más de la mitad de la población. Pronto la gente comenzó a morir diariamente, dos, tres, cinco, diez cada día. El apotecario estaba totalmente desbordado por el trabajo.

El octavo día tras la marcha del doctor llegó un bando que prohibía a nadie del pueblo salir bajo pena de muerte. Aquellos que intentaban huir fueron asesinados por hombres armados apostados en los portales de las murallas. El noveno día todos los barcos amanecieron hundidos. Incluso las barcas  varadas en la playa de los pescadores estaban inutilizadas. El décimo día una cuadrilla de hombres tapio los arcos de medio punto en la muralla que componían las principales entradas de Mesalia.

Extenuado, el apotecario no daba abasto y muchas veces llegaba simplemente para certificar la muerte de uno o varios miembros de una familia. Ya ni si quiera podían sacar los cadáveres fuera de la ciudad. Había una fosa común abierta en el cementerio tras la iglesia. En ella se iban tirando los cadáveres sin ceremonia ni lápida. En la plaza del mercado ardía continuamente una hoguera en la que se quemaban todo tipo de sustancias para purificar el aire. Todo el pueblo estaba envuelto en un humo pestilente día y noche. En la casa en la que algún miembro contraía la enfermedad aparecía una X pintada en la puerta y sus miembros quedaban repudiados y encerrados en su propia casa.

El décimo día, mientras veía como tapiaban las puertas de la ciudad, el apotecario comprendió que estaban desahuciados. El doctor no iba a volver, la ayuda no llegaría y todos en la ciudad iban a morir. Para colmo notó que su hija pequeña mostraba los primeros síntomas de la enfermedad. Había visto ya más horrores de los que jamás hubiese podido imaginar, muchos más de los que su naturaleza podía soportar. Aquella noche, tras la cena reunió a su familia junto a la mesa. Tenía un preparado en una botellita. Les explicó que era una mezcla que esperaba les protegiese del contagio. Si funcionaba podría dárselo al resto de los ciudadanos, harían la prueba en ellos mismos primero, para ver si funcionaba. Todos tomaron una cucharada generosa del preparado.

Al día siguiente cuando fueron a buscar al apotecario, los descubrieron muertos, al él y toda su familia, como fulminados en el salón, aún con los platos sucios sobre la mesa. Fueron enterrados anónimamente en la fosa a la que iban a parar todos los muertos en aquellos tiempos.

Visto lo que sucedería después, quién puede decir que la opción del apotecario no fuese buena.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    Que vino después??? Quiero creer que esa parte también la escribiste en esta huelga china de imaginación, no???

  2. Poio dice:

    me olvidé de algo

    sevemos

    😀

  3. fanou dice:

    Huelga a la japonesa.
    Pse, algo más hay. Pero lo que hace mi imaginación es ir de por libre, imaginando cosas y haciéndome creer que son reales. Es que me divierto tanto, no lo puedo evitar. El mundo es mucho mejor con imaginación.
    ¿Es grabe doctor?

  4. Poio dice:

    Para nada… es lo que trato de explicarle a mi analista y aún no me cree 😛

  5. eduard dice:

    Renovarse o morir, está bien esta continua metaformosis de formato. Estudié el tema del cambio alguna vez pero al ir mezclado con pinturas, diseños,cuentos completos cortos y largos, se me hace más difícil.
    Pienso que la gente que escribe bien necesita conectar con otros escritores. Tu escribes muy bien, tienes lo que necesita un escritor: lectores, y aquí estoy yo leyéndote.
    Los comentarios son una referencia de apoyo o solidaridad, un empujón para los momentos de bajón. Un saludo, un gesto, un te sigo. Creo que todos necesitamos de esos ánimos. Aunque tampoco existe la obligación, claro.
    Un abrazo, te sigo leyendo.

    EDU

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s