Cuentos de la ciudad encerrada.

El Doctor

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Mesalia era una ciudad al sur este de Italia, con un puerto natural resguardado de las corrientes. Debía su riqueza al comercio marítimo con las colonias. Cuando llegó la muerte negra apenas comenzaban a conocerse los efectos devastadores de esta enfermedad. La peste avanzaba rápido, pero más rápido lo hacía el miedo.

El doctor era un hombre mayor que conocía su oficio más por la teoría que por la práctica. Hombre de profundas convicciones religiosas, confiaba más en las oraciones, los amuletos, en la intervención divina y de todos los santos en general, antes que en su propia capacidad para curar. Si, por casualidad, el paciente sanaba, cedía su mérito a Dios, no siendo él más que su instrumento. Si por el contrario  empeoraba o moría, era un designio divino inevitable.
Eso, sumado a las tarifas prohibitivas para la mayoría, hacían que el doctor fuese el último recurso de los vecinos de Mesalia a la hora de confiar su salud. Por eso no vio venir la enfermedad hasta que no fue demasiado tarde.

El que sí vio venir la enfermedad fue el apotecario. Sus remedios también eran caros, pero mucho más eficaces que la charlatanería del médico. Era un hombre erudito, conocedor de su oficio y de buen corazón. Tenía una serie de remedios de elaboración propia para los males más comunes de sus congéneres. Pero aquello era diferente. Tenía noticias de aquella enfermedad infecciosa tremendamente contagiosa y mortífera. Un colega suyo de la metrópoli con el que se carteaba aseguraba que ningún remedio era eficaz, y que las ciudades quedaban desiertas tras su paso.

Cuando vio aparecer los bubones, y después las manchas negras en los dedos de manos y pies se sintió desolado. Intentó curar a sus pacientes con variados remedios y recomendaciones higiénicas. Cuando los primeros comenzaron a morir, el apotecario, sin saber que hacer, fue a consultar al doctor. Se sorprendió ante la falta de información del doctor: no sólo no estaba al corriente de la magnitud de la enfermedad en la ciudad, además no tenía idea de cómo actuar frente a ella. Creía que la peste era un castigo divino que caía sobre las ciudades pecadoras, como sucediera con Sodoma y Gomorra.

Ante la insistencia del apotecario el doctor se vio obligado a prometer que haría algo al respecto. Pidió entonces un margen de tiempo para pedir ayuda a sus colegas y proveerse de lo necesario para combatir la enfermedad. El apotecario se marchó contento de la casa del doctor, con la impresión de que había logrado conmover su conciencia. Conocía la ineficacia y la superchería del doctor, pero tenía fe en su buen corazón. Pronto sería partícipe de la ineptitud y la cobardía de aquel hombre.

Lo que hizo el doctor inmediatamente después de la charla fue escribir una carta por duplicado, una para la autoridad médica y otra para la eclesiástica, certificando que la peste había llegado a la ciudad de Mesalia. Daba la ciudad por perdida. Ni si quiera iba a intentar salvarla, era más fácil creer que estaba condenada.
Lo siguente que hizo, sin esperar respuesta, fue hacer las maletas y huir de la enfermedad. Ni si quiera alertó a  sus hijos o amigos. Salió furtivamente de la ciudad aprovechando la noche. Como Lot no miró atrás.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    Tantas plagas, guerras, sequías y tantas cosas más se habrían evitado si nunca hubieran existido doctores como este…

    Da para pensar mucho este cuento. Me gusta.

    sevemos

  2. Chufflo dice:

    Por instantes me he proyectado sobre el Bremen apestado del “Nosferatu” de Murnau… Gracias.

  3. eduard dice:

    Excelente relato y no menos excelente el formato del Blog. Adecuado para una buena escritura,( te confieso que estoy tentado a usarlo)
    En suma, me gustó mucho tu modo de escribir y te felicitó por ello.
    Un abrazo y ya sabes, quedas invitado a visitar mi Blog.

  4. fanou dice:

    Chufflo: Gracias. Me alegra que te guste.
    Te debo una disculpa por no haber respondido a tu amable invitación en Caldodecultivo. Tal vez en el futuro.

    Eduard: Yo cambio de plantilla de vez en cuando. Renovarse o morir. Te animo a cambiar.
    Gracias por leerme y por comentar. Ya conocía tu blog, lo visito de vez en cuando. Pero me cuesta comentar, soy tímida, nunca sé que decir.

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