La Ira (3 de 3)

La ira que nos mueve

Federico Mier se sentaba frente a María Evania de nuevo en aquel patio pequeño. Había sido guiado por el mismo enfermero taciturno, aunque ya no era necesario, puesto que conocía el camino. María aguardaba sentada, como una niña a la que las piernas no le llegan al suelo. Seguía luciendo el mismo peinado arruinado, la misma aureola leonina. Su cabello castaño mostraba reflejos dorados y rojizos a la luz  otoñal. El doctor sacó de nuevo su libreta con gestos pausados.

Esperaba sin hacer preguntas, a que María siguiese con su historia. Ya preguntaría después. Valía la pena esperar y escuchar el relato completo. Porque preguntas, tenía muchas. Mier había comprobado todos los datos que le había dado la interna. Todos eran ciertos. Estaba realmente fascinado.

>> ¿Dónde lo dejamos, doctor?… Ah!, Ya recuerdo. Yo seguía encerrada en mi cripta, una cárcel muy similar a esta que tengo aquí. Ya había cometido el primero de mis crímenes, uno del que usted no tenía noticia. Comprobará que hay más.

>> Mi primer crimen fue atribuído a algún desviado. Creían que era un rondador de tumbas había agredido a la mujer viva porque la habría sorprendido en sus fechorías conmigo, una muerta. Herbert debió tener problemas a ese respecto, pero no tuve ninguna noticia directa. Yo me quedé sola, con más preguntas sin respuesta. Tiempo después, no sé cuanto, Herbert apareció de nuevo. Escuché su voz y mi alma tembló en su encierro. Los ojos apenas se me entreabrieron. Estaba allí, con una jovencita. Charlaban, ella estaba nerviosa. No sé con qué pretexto la había traído allí, ni por qué motivo ¿Por qué hacia eso? ¿Para castigarme?

>> ¿No imagina, doctor, por qué había venido hasta allí con otra chica?

>> Mi ser aún se debatía en dudas cuando me alcé, animada por movimientos mecánicos, fuera de mi control. Cogí a la muchacha y la devoré de igual forma que a la anterior. La sangre y las vísceras blandas. Esta vez con mayor detenimiento y ante la mirada de Herbert. Se resistió a desviar la vista la escena. Me miraba con ojos muy abiertos y horrorizados.

>> Cuando acabé y le devolví la mirada, no ya con ojos inanimados, si no de forma voluntaria, él me pregunto: “Entonces es cierto, es posible… ¿cómo es posible?”. No tenía respuestas. Hablamos largo rato.  Poco a poco superó el horror. Entonces volvimos a ser como dos amigos que se quieren mucho.

>> Yo estaba muy débil. Me quedé en la cripta un tiempo. Él me trajo otras dos o tres muchachas de las que alimentarme. Dejamos sus cuerpos en diferentes lugares del cementerio, para que no asociasen únicamente aquella cripta con los asesinatos. En la ciudad tenían un asesino en serie, el asesino del cementerio.

>> Cuando estuve repuesta, Herbert insistió en que debía salir de allí. Pero no podía volver un buen día a casa con su prometida muerta. Decidimos marcharnos a Blackbird Leys, su localidad natal, y comenzar allí una nueva vida. Emprendimos el camino de regreso en carruaje. Procuré alimentarme lo menos posible durante el viaje. Era complicado improvisar. La verdad es que dejamos un rastro de muerte detrás nuestro, y levantamos suspicacias a nuestro paso. Pero la fama de la diligencia de la muerte nunca se adelanto a nuestra propia llegada. Así que llegamos sanos y salvos a su ciudad natal. Al llegar nos hicimos pasar por marido y mujer.

>> Allí buscamos información. Visité diversos doctores. También visité otros pretendidos expertos de disciplinas estrafalarias. Todos creían estar seguros de saber qué me pasaba. Me mandaron diversos tratamientos, algunos muy incómodos. Ninguno funcionó. Indagamos en mi pasado sin éxito. No había respuestas. Sólo sabía que necesitaba alimentarme de personas cada cierto tiempo.  A veces más, a veces menos. Lo probamos con animales. Pero cuando mi alimentación era deficiente invariablemente volvía la rigidez. También volvía el impulso animal que me animaba en busca de alimento por encima de mi control.

>> A pesar de estas complicaciones, pasamos allí unos dulces años. Herbert enseñaba en la escuela. Los fines de semana viajábamos. Así dispersábamos nuestros crímenes, los alejábamos de nuestro hogar. Pero hubo un momento en que el ambiente estaba muy enrarecido. Demasiados crímenes violentos. Demasiadas muchachas flotando en el río, medio devoradas por los peces, demasiados niños devorados por alimañas, demasiadas desapariciones sin explicación… Sabíamos que era cuestión de tiempo acabar levantando sospechas, o cometiendo un error…

>> Herbert tuvo entonces una idea. Luchó por un puesto diplomático, uno que precisase de muchos viajes por todo el mundo. Logró hacerse representante de la Compañia de Indias de la Corona Británica. Para  entonces mi especial alimentación era algo natural para ambos, no suponía ningún horror.

>> Nuestro viaje por el extranjero comprendió África, India, China y las islas del Pacífico. Fué como las mil y una noches, aunque un poco más sangrientas. En nuestros exóticos destinos, “elegir el menú” y “la forma de servirlo”, se convirtió en un juego excitante. Fuimos muy felices. Herbert me adoraba y yo le amaba profundamente. Nos liberamos de muchos tabús inservibles.

>> Comencé a escribir cuentecillos picantes que mandaba a París, donde los traducían y los publicaban en una revistita muy liberal. Lo hacía a nombre de una supuesta Madam de Burdel que iba en busca de muchachas exóticas y experiencias sexuales por todo el mundo. La supuesta historia de la misteriosa autora ayudaba a levantar el interés. Tuve un relativo éxito.

>> En algún lugar del próximo oriente me quedé embarazada. No creía que pudiese tener hijos.  Nunca nos lo habíamos planteado. Nuestra felicidad fue completa. Pero a medida que se acercaba el momento del parto, nos sentíamos más culpables. ¿Qué tipo de padres íbamos a ser para la criatura?

>> En la India nació mi hijo. Allí contactamos con unos compatriotas de Herbert, diplomáticos. Ellos dijeron conocer a una pareja muy recomendable, deseaban tener hijos y no podían. Estarían encantados de adoptar  sin hacer preguntas. Harían un estratégico viaje del que volverían siendo padres. Dejamos allí a nuestro bebé. No fue una decisión fácil. Pero nunca me he arrepentido.

>> En el pacífico encontramos algunas islas en las que los nativos me adoraron por lo que aquí consideran una monstruosidad. Para ellos yo era una diosa viva. Allí aprendí a hacer un brebaje que disminuía mi apetito. El Tienchi-qauk-ndong, que viene a significar nectar que calma la sed divina, entendiendo que la sed divina es sed de sangre.

>> Fue un tiempo divertido. Pero echábamos de menos la civilización. Entonces Herbert mostró los primeros síntomas de enfermedad. Su aspecto, prematuramente envejecido, evidenció algo en lo que apenas habíamos reparado. Yo no envejecía. Seguía mostrando un aspecto lozano y joven, como el que tenía cuando partimos de España.

>> Emprendimos el viaje de regreso. Herbert comenzó a consumirse inexorablemente. A menudo tenía fiebres, alucinaciones y convulsiones. Aceleramos el viaje para llegar a casa. Tras pasar el estrecho de Suez ya no pudo alimentarse de nada que no fuese líquido. Viajaba siempre acostado en una litera. No estaba consciente casi nunca, y cuando lo estaba, a menudo deliraba.

>> En un momento de lucidez me pidió que le devorase y acabase de una vez con su sufrimiento. Entonces me derrumbé. Supe que él iba a morir y yo me quedaría sola. Sola sin nadie que fuese como yo, y sin nadie que me comprendiese. Sola… ¿por cuanto tiempo?, ¿en que condiciones?.

>> Murió en un barco camino de Túnez. Cuando desembarcamos hice que lo enterrasen en una cripta. Lo visité durante mucho tiempo, con la esperanza vana de que se despertase de nuevo, como yo lo había hecho. Incluso le llevé alimento: jovencitas, jovencitos, niños, sangre, animales… Probé con todo lo que se me ocurrió. También con algunos rituales extraños que había aprendido durante  todos aquellos años. Por supuesto y para mi desesperación nada sucedió.

>> El tiempo que viví en Túnez me gané la vida escribiendo. Escribí varios cuentos de miedo con una ambientación muy recargada, que publicaba bajo un seudónimo masculino. También una serie de novelas negras. Publiqué en Inglaterra una serie de libritos epistolares sobre viajes, con el nombre de mi marido. También escribí un par de tratados sobre magia negra y pseudo-ciencias,  con un nombre árabe y fecha falsa. Todo patrañas y paparruchas.

>> Luego me uní a una caravana que cruzaba el desierto. Me alejé de ellos intencionadamente. Me perdí y caminé en línea recta mientras tuve fuerzas. Me enterré en arena e ententé dejarme morir en el desierto. Pero presa de la ira regularmente me alzaba y acababa con muchas vidas antes de tener conciencia. La más leve vibración, el más tenue ruido de gente pasando en la lejanía, hacían que me alzase y acabase con caravanas enteras, poblados nómadas o con animales a falta de otra cosa. Nació una leyenda alrededor mío: era la Dijit sangrienta del desierto. Pasó tiempo, no sé cuanto, mucho seguramente, sin consciencia o en un estado de semi consciencia, enterrada bajo la arena. Finalmente, hastiada,  volví almundo, me uní a una caravana que en algún momento volvería hasta Túnez. Visité pueblos que jamás habían sido visitados por occidentales antes. Tuve alucinaciones a menudo en aquellos viajes. Regresé dos años después acompañada únicamente de fantasmas.

>> Me sentía sola y vieja, a pesar de mi aspecto. Tras volver del desierto decidí regresar a Europa. Volví a nuestra casa en Inglaterra. Inglaterra se me antojó un lugar sombrío y lluvioso. La ausencia de mi marido se hacía más patente allí, donde estaban los lugares comunes. Es un país triste. Así que regresé a España. Una vieja que se retira al hogar de su infancia. No olvide doctor que tengo 67 años.

>> Los crímenes que se me atribuyen aquí son los de mi decrepitud. La vida ya no tiene sentido, ni aliciente. La comida me resulta insípida, y el proceso para conseguirla tedioso. He sido torpe y descuidada. Guardé todos esos restos en mi propia casa… y acabaron por atraparme. O me dejé atrapar.

>> Ahora estoy aquí encerrada, como en un retiro espiritual. Hace tiempo que no me alimento. La rigidez vuelve poco a poco. Quizás me deje morir. ¿Qué cree que sucederá esta vez?, ¿podré morir?. Tal vez me escape, como escapé de mi propia tumba…

>> Me temo que las preguntas tendrán que esperar para nuestra próxima cita. Nuestro tiempo se ha acabado por hoy. Así podrá comprobar cuanto de verdad hay en mi relato.

Fué decir aquello y efectivamente el enfermero abrió la puerta. María bajó la voz y le habló al doctor.

– ¿Sabe ya que tipo de monstruo soy? ¿sabe qué me diferencia de mi carcelero? Él, que aprovecha a que las jovencitas estén sedadas para violarlas. Él, que increpa a los internos para que se alteren, y así tener permiso para torturarlos ¿Quién decide que el monstruo soy yo, y él no?

Aquello cogió por sorpresa al doctor. El enfermero se les acercó. Mier titubeó. Finalmente tuvo que conformarse. Volvería otro día.

*

Mier comenzó a comprobar los datos que le había dado María Evania. Algunos eran difíciles de certificar. Pero todo cuanto pudo comprobar resultó ser cierto: El largo viaje del joven matrimonio al servicio de la corona estaba documentado. Los nombres y  fechas de las personas con las que se relacionaron eran correctas. También los nombres de los barcos. Las publicaciones a las que hacía referencia existían. Incluso llegó a ver alguna de las cartas que supuestamente MEvania envió bajo seudónimo a París. Consultó la traducción de alguno de los libros que ella decía haber escrito con otro nombre. Las cartas que publicó a nombre de su marido cuando éste ya había muerto podían consultarse en el fondo de archivo del museo marítimo británico. No había podido comprobar la tumba de Herbert en Túnez, ni otras informaciones sobre oriente. Pero bien podía ser cierto. Tenía tantas preguntas. Era una historia tan vertiginosa. Pensaba escribir un estudio completo sobre la enfermedad de aquella mujer y presentarlo ante sus colegas.

Luego estaba la confesión sobre el enfermero. Eso le preocupaba. Sospechaba que bien podía ser cierta. Pediría que le atendiese otro enfermero en la próxima visita. Pero eso no salvaba a los internos del abuso. Además la petición levantaría suspicacias. No sabía como abordar el asunto. Cualquier acusación iría en contra de los internos, en contra de la propia María, y de él mismo.

Antes de poder hacer nada recibió un comunicado del centro hospitalario. En él cancelaban su próxima visita con la interna María Evania, porque esta se había fugado. En pocos días la policía pasaría por su casa a hacerle algunas preguntas. De paso se llevarían una copia de las entrevistas que habían mantenido él y Evania como pruebas. Aunque no era sospechoso.  El enfermero que la atendía también había desaparecido. Él era el principal sospechoso de la fuga.

FIN

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Mna dice:

    Oh, vaya, al principio, tengo que admitir, no entendìa nada, hasta que el relato se me hizo familiar.

    Me gusta el final, muy, pero muy ¿efectivo?, es que no encuentro la palabra que busco. . .

  2. Poio dice:

    cómo te dije hace un rato… muy muy bueno.

    sevemos

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