La Ira (2 de 3).

María Evania

El doctor aguardó con impaciencia la cita con la muchacha de la habitación 88. Uno de los pocos casos de asesinatos en serie comprobados en los que el sujeto agresor aún estaba con vida. El único en el que el asesino era una mujer.

Había intentado cumplir los deseos de la mujer. En el centro se mostraban muy reacios a dejar salir a la mujer de la habitación. Mucho menos llevarla al exterior. Insistió: era una mujer pequeña y debilitada, que llevaba meses sin salir de la habitación. Finalmente consiguió que dispusiesen una mesa para él y la paciente en un minúsculo patio cerrado con muros. Daba a la parte de atrás de la cocina.

El día antes de la reunión recibió un sobre. El contenido era un informe que él mismo había solicitado. Tenía un par de hombres a los que pagaba por información. El informe decía que una tal María Evania  efectivamente había nacido hacía unos 66 o 67 años y había sido dada por muerta diecisiete años después. El motivo de la muerte no había sido natural, si no en circunstancias “extrañas y violentas”. No había mayor aclaración.

Por un momento el doctor se sintió impresionado ¿Hasta qué punto era sistemática la organización de su desequilibrado cerebro? ¿Había buscado aquella información para justificarse, para dar forma a su fantasía? Tal vez era su antepasada, y por eso conocía la historia. O simplemente había escuchado en alguna ocasión el suceso, de forma completamente circunstancial, y lo había incorporado en su propia locura, hasta tal punto que creía que ella misma era la mujer que murió cincuenta años atrás. De cualquier modo la historia se ponía cada vez más interesante.


El día de la visita llegó. Federico Mier acudió puntual a la cita. De nuevo el mismo enfermero esperaba en la puerta, para guiarlo hasta el patio. Lo esperaba fumando, con gesto exasperado. Cuando vio acercarse al doctor no pudo evitar una mueca de desdén. El doctor imaginó que le suponía una molestia  adecuarse a las exigencias de la interna, y estaba molesto. Con la interna, pero sobre todo con el doctor, que había presionado para favorecer a una loca.

Encerrar a una persona en una habitación  minúscula y tirar la llave era inhumano, aún tratándose de una desequilibrada peligrosa. Pero no iba a discutir con el enfermero. Estaba emocionado y concentrado en su próxima entrevista con María Evania.

Sin embargo, el enfermero parecía no estar dispuesto a dejar pasar la ocasión sin decir la suya.

– Doctor ¿qué cree que va a sacar de una mujer perturbada como ella? No debería dar crédito a sus palabras, y mucho menos acceder a sus deseos. Eso alimenta su fantasía, su enfermedad. Sería capaz de decir cualquier cosa con tal de obtener atención. Además seguirá pidiendo cosas, ¿a saber qué será lo próximo?. Es una demente y una criminal. Merece la suerte que tiene.

– Lo que pretendo es saber que sucede para que una mente se rompa de esa forma. Busco respuestas. ¿Es la suya una enfermedad genética? ¿Era inevitable que sucediese algo así? ¿o tal vez su enfermedad es causada por un agente externo? ¿Existe cura, o al menos esperanza, para una mente tan dañada?

Los argumentos del doctor no convencieron en absoluto al enfermero, que seguía mostrando su desprecio. Pero a Mier no le importaba. Enseguida llegaron al patio. Era un lugar triste. Medio abandonado, usado normalmente como basurero de la cocina. Los muros, desnudos y altos, rodeaban un patio ridículamente pequeño. Las hierbas crecían salvajes hasta una altura considerable.

En medio de aquel espacio había una mesa vieja y un par de banquetas blancas, dispuestas una frente a la otra. En una esperaba ya sentada la paciente. Tenía un aspecto similar al que mostrara en su habitación. Debido a su estatura, a duras penas sus pies llegaban al suelo. Parecía aún más delgada. Ahora además podía apreciarse cierta hermosura infantil de su rostro. Al doctor se le hacía difícil imaginar a María Evania matando sistemáticamente. Estaba fascinado.

La mujer miró fijamente al doctor en cuanto entró en el patio. Esbozó una sonrisa, que pasó fugaz por su rostro, antes de volver al hieratismo habitual.

– Tengo entendido que debo este pequeño privilegio a su intercesión. Se lo agradezco. Aunque este patio siga pareciendo una cárcel pequeña, y me hayan dado tantos tranquilizantes que apenas pueda tenerme en pie.

El doctor se sentó y saco con parsimona su libreta para tomar notas.

– En mi última visita me dijo que murió ¿qué sucedió después?

– Oh, sí… Me desangré en aquel claro. Tardaron horas en encontrarme. Cuando descubrieron mi cadáver Herbert cayó en un profundo estado de pena. Se sentía culpable. Él se hizo cargo de mi funeral.

>> Se preguntará cómo es que estoy viva y sé todo esto. Le contaré lo que sucedió tal como yo lo recuerdo.

>> Yo, mi alma, mi ser, o lo que sea que somos… quedó atrapado, encerrado en mi cuerpo. Asistí con horror a mi propio funeral.  No podía moverme, ni hacer ningún tipo de señal, ni siquiera abrir los ojos, mientras amigos y conocidos desfilaban ante mi cuerpo muerto dentro del ataud. No pude consolar a mi desconsolado Herbert. Fuí testigo impasible de confesión de cierta dama, que se jactó de haber planeado mi muerte para quitarme de en medio, despejando así su camino hasta Herbert.

>> El pánico me embargaba al pensar que pronto me iban a enterrar bajo tierra. Por suerte eso no sucedió. Acabé en un nicho, en una cripta pública: La Cripta de las Ánimas Desconsoladas. Ahí fui enterrada, si no me cree, puede ir y comprobarlo en el registro. Aunque imagino que ya ha hecho sus propias indagaciones.

>> Durante un tiempo no podía pensar, sólo sentía ese pánico irracional. Poco a poco el silencio y la calma de mi tumba acabaron por serenarme. Sin embargo el horror no me abandonaba ¿Eso era lo que sucedía cuando uno muere? ¿Había algo más después? ¿Estaban los demás atrapados en sus cuerpos, igual que yo lo estaba en el mío? ¿Nos alzaríamos los muertos al son de las trompetas el día del juicio final? ¿Iba a sentir como mi cuerpo se pudría lentamente? ¿Qué sucedería cuando mi cuerpo no fuese más que polvo? Si no era lo que sucedía normalmente ¿Por qué a mí?

>> Imagínese doctor, tantas preguntas sin respuesta. La muerte no me trajo paz en absoluto. Pero había una cosa que me daba alegría. Una vez al mes, sin falta, Herbert venía a visitar mi tumba. Traía flores frescas, que yo podía oler. Al principio simplemente lloraba. Luego sus visitas se tornaron de cortesía. Eramos como amigos que se reúnen de vez en cuando para charlar. Me leía poemas, me hablaba de sus estudios, me explicaba sus asuntos… Así transcurrió el tiempo hasta que se licenció.

>> Un día dijo que ya no iba a volver más. Había conocido a alguien. Iba a casarse y seguiría adelante. Me pedía permiso. Por supuesto que me alegraba que continuase con su vida. Pero no podía evitar sentir lástima, porque ya no volvería a visitarme. Me preguntaba si cuando ya nadie me echase de menos podría descansar en paz. Tal vez cuando nadie me recordase, mi consciencia simplemente se disolvería.

>> Pero volvió, con su prometida. Entonces supe que era la misma que había maquinado mi muerte. Ella lo había engatusado. Decía que comprendía sus sentimientos, y quería presentarme sus respetos. Una vez a solas frente a mi tumba me dijo que me odiaba. Hasta después de muerta mi recuerdo le había puesto las cosas difíciles con Herbert. Escupió sobre mi tumba.

>> Entonces sucedió algo. Una rabia ciega se adueñó de mí. Mi cuerpo frío y pétreo se alzó. No lo animaba mi voluntad, sino la rabia. Lancé la tapa de mi ataúd lejos, con una fuerza sobrehumana y cogí por sorpresa a la desconcertada mujer que tenía frente a mí.

Hubo entonces un largo silencio en el patio del hospital. Se podían escuchar las aves cantando y también el movimiento amortiguado de la cocina. En el pequeño patio el universo entero parecía hacer una pausa con el silencio de la mujer. María tenía la mirada perdida entre la hierba enredada que los rodeaba. El doctor esperó, sin osar romper el silencio. 

Al fin prosiguió:

>> Ella fue mi primera victima. Me bebí su sangre y devoré las partes más blandas, sus entrañas… Para hacerlo rasgué el corsé. Una de las ballenas saltó y se me clavó en un hombro. Fui muy torpe. Todo sucedió muy rápido. El dolor hizo que la rabia se retirase. A medida que la rabia se retiraba, mi cuerpo se debilitaba. Me temblaban las rodillas de debilidad.

>> Herbert, alertado por el ruido, entró. Se quedó horrorizado ante la visión. Yo quería hablarle, acercarme a él, pero no tenía fuerzas. Huyó. Yo perdía todo uso de mi cuerpo. Apenas tuve fuerzas para volver a mi sepulcro. En una hora mi cuerpo se quedó completamente rígido otra vez, sólo podía mover los ojos. Luego hasta los ojos se quedaron quietos. Finalmente ya no pude ni llorar. Sólo me quedó un lamento silencioso.

>> Para entonces ya sabía que algo no estaba bien. Mi caso no era normal. ¿Qué era lo que me había pasado? ¿Qué era yo?

La puerta de la cocina se abrió. De nuevo el mismo enfermero, con la misma expresión en el rostro,  irrumpiendo bruscamente, acababa con su entrevista. El doctor tuvo que controlar la irritación que le supuso.

>> ¿Qué cree usted que me pasa? ¿qué tipo de monstruo soy? Ni yo misma lo sé. Me temo, doctor, que si quiere conocer la historia completa tendrá que volver una tercera vez.

Oh, y tanto que volveré, pensó el doctor. Quería escuchar toda la historia, todos los detalles que Evania quisiese contarle.

Saliendo el doctor comunicó que habría una tercera visita. Volvió a pedir que se concertase en aquel patio.

– ¿Pero qué demonios le está contando esa bruja? – Le interpeló de malos modos el enfermero, visiblemente malhumorado.

– La historia que esa mujer ha construido en su cabeza, tan sistemática y compleja como retorcida y enfermiza es impresionante. Ha cogido unos cuantos hechos reales, suyos y de otras personas que se ha apropiado, y ha construido una gran mentira alrededor. Ahora cree que esa mentira es verdad. Ella sola podría ser el objeto de un estudio. Me temo que volveré por aquí más veces, mal que le pese.

Pero, para sorpresa del doctor, el enfermero no parecía ahora tan enfadado. Casi parecía aliviado.

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