La Ira (1 de 3).

Habitación 88

El doctor andaba por el dédalo de instalaciones guiado por un enfermero. En la zona más exterior y anexa a los jardines estaban las salas comunes. La zona de enfermos infecciosos, la zona de enfermos pulmonares, la zona de psiquiatría… A está última sección era dónde se dirigían. Se adentraron hacia la parte trasera del edificio, mucho más sombría que la delantera. Allí dormitaban en penumbra las salas para los “tratamientos especiales”. Algunas de éstas tenían la puerta abierta y dejaban entrever, en visiones fugaces, las torturas que prometían cada una.

Subieron dos plantas. Arriba estaban las habitaciones de los enfermos. El patrón se repetía: en la parte delantera las habitaciones eran luminosas, con grandes ventanales, compartidas por más de un enfermo. La parte trasera se componía de pequeños cubículos, con ventanas pequeñas y embarrotadas, sin apenas mobiliario y en ocasiones con las paredes acolchadas. Allí se alojaban los enfermos más problemáticos.

Llegaron hasta una de las puertas, la número 88. El enfermero, un hombre alto y de anchas espaldas,  abrió la puerta y se quedó en el umbral, franqueando la entrada a su acompañante.

– Tenga cuidado doctor. Es una mujer pequeña, pero tiene la fuerza de los endemoniados. Cuando tiene un ataque no hay quien la doblegue. Esperaré por aquí cerca, cuando esté listo avíseme.

Dentro, en la penumbra, esperaba el objeto de su visita. Una mujer de aspecto frágil y enfermizo, baja  y extremadamente delgada. Sus ropas dejaban ver que habían conocido tiempos mejores. Llevaba el pelo recogido en un complicado moño medio desbaratado. Los enredados cabellos  que sobresalían del peinado parecían una aureola leonina.

Se sentaba erguida sobre la cama, con un porte muy digno, casi altivo. Sus piernas apenas llegaban al suelo. Tenía los pies descalzos. Las manos se cruzaban en su regazo de forma delicada. Aún en la habitación mal iluminada podían verse sus pronunciadas ojeras, la piel blanquecina, los pies sucios y algún que otro morado. De su cuello colgaba un crucifijo de plata, la única joya que le habían permitido, tal vez por su simbolismo religioso. Miraba fijamente al hombre en la puerta.

– Buenos días señorita Evania. Es usted María Evania ¿no?. Permita que me presente. Me llamo Federico Mier. Soy doctor en psiquiatría. Estoy haciendo un estudio y su caso me interesa especialmente. He pedido permiso para entrevistarme con usted. Espero que no le suponga una molestia contestar algunas preguntas.

La interpelada desvió la mirada hacia el diminuto ventanuco. El silencio de la mujer y el ambiente gélido coartaban al joven doctor. Pero era un joven audaz y decidido. Localizó una banqueta de tijera plegada en el pasillo, cerca. La entró en la habitación y la dispuso frente a la mujer. El enfermero vigiló la operación desconfiado, desde el final del pasillo. Estaba fumando un cigarro junto a una ventana, echando fuera el humo. El doctor entornó la puerta sin llegar a cerrarla, para tener intimidad.

Sacó su libreta  y su plumilla con gestos pausados y se dispuso a tomar notas. Buscaba en su mente una forma de abordar a la mujer que rompiese el hielo, y la hiciese hablar.

– Su caso es realmente especial. Se dicen cosas terribles de usted. Me gustaría saber si es todo cierto. Si tiene algo que objetar, algo que contar.

Hubo unos instantes de silencio antes de que la mujer hablase. Lo hizo sin mirar al doctor a la cara. Su voz era débil y desvaída.

– Lo que desea saber es qué tipo de monstruo soy. Se pregunta qué clase de mujer hace lo que yo hice. Quizás necesite comprender que piensa alguien como yo, porque no lo comprende en absoluto. O tal vez necesita  la confirmación de que soy un fenómeno de la naturaleza, una anomalía,  para distanciarse de mí, porque siente afinidad, un impulso similar…

La mujer no parecía un ser embrutecido. Hablaba con una dicción clara y melodiosa.

– ¿Y qué es lo que piensa? ¿qué siente?

– ¿Qué tipo de estudio hace usted? ¿Es sobre esquizofrénicos?, ¿sobre lunáticos? – Ahora la mujer miraba al doctor fijamente – ¿Realmente quiere saber que pienso? ¿O quiere catalogarme para su estudio? – El doctor titubeó. – No se preocupe.  Le contaré mi historia. Nadie en todo este tiempo me ha preguntado. Entonces usted podrá juzgarme, decir que tipo de monstruo soy.

>> Esta historia, aunque parezca increíble, comienza cincuenta años atrás. Entonces yo era una persona normal. Una joven ingenua y alegre. Era pobre, pero tenía un oficio, costurera. Cosía para una tienda y también encargos que me hacían. Soy huérfana, me crié en un hospicio. Cuando fui mayor me mudé a una casa de las que alquilan habitaciones. Ahí me relacione con un extranjero que había venido a la ciudad para estudiar en la universidad. Entre Herbert y yo enseguida nació una profunda y sincera amistad, fruto tal vez de la soledad de ambos.

>> Nadie me lo dijo nunca, pero desaprobaban que un joven brillante y con futuro se fijase en mí, una humilde costurera. Podría perfectamente haber aspirado a una joven de mejor cuna. Pero siempre lo veían conmigo. Herbert era un hombre inteligente y práctico. He de creer que encontraba en mí alguna virtud que no encontraba en otras. Yo estaba dispuesta a jugar mis cartas.

>> En una ocasión la universidad organizó una competición atlética. Herbert me invitó a asistir. Me compré un sombrero y confeccioné un bonito mantel de cuadros, con un retal de tela buena. Madrugué para ocupar un  buen lugar. Estaba feliz al imaginar que Herbert me vería y me saludaría.

>> Entonces un par de hombres siniestros se sentaron detrás de mí, muy cerca. Me miraban descaradamente y me hacían sentir incómoda. Pensaba que pretendían echarme con su impertinencia, pero no pensaba ceder. Un rato después llego un tercer hombre y se pusieron a hablar a media voz,  suficientemente alto como para que yo los escuchase. Hablaban de atentar contra la vida de Herbert. Iban a aprovechar el momento en que los atletas se internasen, durante la carrera, a través del bosquecillo, para poder matarlo sin que hubiese testigos. Se dispersaron y se dieron cita en un claro muy conocido por las parejas que buscan intimidad.

>> Estaba horrorizada. ¿Por qué iba nadie a querer matar a Herbert? No sabía que hacer.  No había mucho tiempo. Salí corriendo para llegar primero al claro, y avisar a Herbert.

>> Fuí una ingénua alocada, doctor. En realidad la carrera no pasaba por allí. A quien pretendían matar no era a Herbert, sino a mí. Cuando llegue los tres hombres estaban esperando. Me rodearon y me acuchillaron sin piedad. Luego se dispersaron, dejándome para que muriese sola en aquel claro. Caí derrumbada, sin fuerzas. Sentía como mi sangre se escapaba de mi cuerpo, como perdía la fuerza, el calor y el conocimiento. La vida me abandonaba.

>>Sí doctor. Ya he muerto una vez.

En ese momento la puerta se abrió chirriando. El doctor dio un respingo. El enfermero apareció en el vano de la puerta.

– Me temo que nuestro tiempo se ha acabado – dijo María-. Si quiere escuchar el resto de la historia, si quiere que confiese, tendrá que volver otro día.

El doctor se despidió con amabilidad. Prometió volver. El caso era muy interesante.  Era evidente que mentía. No podía ser que aquella mujer, que parecía más joven que él mismo, tuviese más de cincuenta años. Calculaba que no tendría muchos más de veinte. Aquella mujer había montado una historia increíble en su cabeza. Sería un sujeto destacado de su estudio.

– A cambio voy a atreverme a pedirle un favor –dijo ella cuando el doctor ya salía-. La próxima vez que nos reunamos, ¿podemos hacerlo a la luz del sol? Ya llevo mucho tiempo aquí encerrada, viendo el mundo por esa pequeña ventana…

– Haré lo que pueda, pero no le prometo nada.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. HaSiRo dice:

    Me encanta la cordura que muestran los locos en sus momentos de lucidez. Cuando eso ocurre son los más cuerdos, los que mejor se dan cuenta de las cosas.

    Veamos en que termina todo esto 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s