El mensaje (2058 – I)

* * *

Hoy es 25 de Enero de 2058. me llamo Diago y soy un hombre libre. Tal vez el único que queda.

Nací en una de las colonias libres. La colonia de la que provengo era abiertamente subversiva. No me eduqué en una institución pública. No estoy vacunado. No llevo chip. A ojos de la ley no existo. Cuando Nati murió dejé atrás todo: la colonia y todas las personas que conocía. Viajo sólo. Estoy siempre en movimiento.

Allí dónde miro en mi viaje sólo veo destrucción: ciudades fantasma, carreteras ruinosas, zonas contaminadas y desierto. Cada vez quedan menos colonias, afines o subversivas. Todo el mundo habita ahora en las mega-ciudades.

Me dirijo a una de esas mega-ciudades. Me ha llegado un mensaje. Un antiguo integrante de mi colonia me envía una petición. El hermano de Nati. No sé si es una trampa. El mensaje podría llevar ahí días, meses o años antes de que lo encontrase. Pero le debo el intentarlo, al menos.

Hoy por fin diviso la ciudad en el horizonte. Una nube gris de contaminación que se levanta varios kilómetros y que el viento empuja hacia el oeste. En la base, el resplandor de las luces día y noche encendidas, como un fuego que arde continuamente. Aún tardaré un par de días en llegar.

* * *

El aire se vuelve denso, lleno de una niebla oscura, pestilente y tóxica a medida que me acerco a la ciudad. Llevo horas siguiendo una de las enormes cañerías de abastecimiento. Viajo a la sombra de la enorme tubería. Hay un micro-clima alrededor de las cañerías. Un hábitat extraño que crece en lineas rectas, extendiéndose durante kilómetros a la sombra de estas construcciones. Cuando llega el mediodía y el calor insoportable, la vida se repliega sobre sí misma y se esconde bajo la arena. Lo mismo pasa cuando llegan el intenso frío de la noche.

Me acerco con mi vehículo hasta llegar a las afueras del mega complejo. Si hay alguien vigilando, ha podido contemplarme avanzar desde muchos kilómetros atrás. Cojo lo necesario, una carga ligera, para seguir a pie. Me encaramo por las estructuras exteriores. He de superar grandes socavones por los que circula una masa viscosa, negra y pestilente. Las alcantarillas de la ciudad. También tengo que superar haces de cables agrupados, dispuestos como si fueran obstáculos para el invasor. Al poco rato me arden los pulmones y me  pican los ojos. El olor acre es muy penetrante. Se pega a mi ropa, a mi pelo, a mi piel…

Por fin diviso la entrada de servicio que estoy buscando, la número 33. El número, pintado con pintura blanca, aún se distingue bien. Tal como explicaba el mensaje, el cierre está roto y puedo entrar.

He estado antes en alguna ciudad. Están llenas de luces parpadeantes, anuncios hipercoloristas que te persiguen, flechas luminosas en el suelo que te indican el camino equivocado… Todas son iguales, todas parecen la misma. Para alguien como yo es fácil desorientarse y perderse. Yo, que puedo orientarme tanto de día como de noche de forma casi instintiva, me mareo nada más poner un pie en la ciudad. He memorizado las indicaciones. Trato de pasar lo más desapercibido posible, pero un par de personas se fijan descaradamente en mí. Mi aspecto debe delatarme. Espero no toparme con algún agente del orden.

Al fin llego a la puerta indicada y llamo. Pasa un rato bastante largo hasta que alguien abre la puerta. Su mirada opaca da paso a una mirada de alarma desorbitada. Cierra de un portazo. Me quedo allí plantado, sin saber que hacer ¿Me habré equivocado? Al cabo de un momento la puerta se vuelve a abrir. Esta vez Nico está al otro lado. Casi no le reconozco. Va vestido como uno de ellos, como uniformado. Tiene la cara de patata cocida y la mirada de pescado muerto, tal como Nati decía. Él, su propio hermano.

– Hola Nico.

– Hola Diago. Ya no te esperaba.

– Hace muy poco que he recibido el mensaje. He venido en cuanto he podido. ¿No me dejas pasar? Me siento un poco expuesto aquí.

– Claro, pasa – Dice con recelo, mirando hacia los lados.

Estamos en la parte de atrás de un negocio de abastecimiento. Hay muchas cajas apiladas de forma insalubre. Al otro lado escucho la gente que debe estar comprando o consumiendo. Nico da unas ordenes y pide que nos dejen a solas. Parece el que manda.

– Veo que te has pasado completamente al enemigo.

– La mayoría dice que el enemigo eres tú.

– La mayoría puede estar equivocada. No me imaginaba que tú…

– Lo que la mayoría cree es la única verdad útil. Creí que tú me comprenderías, después de lo de Nati.

– Nati escogió libremente.

– ¿Eso crees? Yo creo que murió. Murio por unos ideales. Podría haberse salvado. Si eso no es manipular la mente de las personas, ya me dirás. Si he de creer en algo, prefiero creer aquí, dónde no hace frío ni calor, siempre hay comida, vacunas y medicinas para los que las necesitan, y orden.

Y drogas legales de amplia distribución para mantener ese orden, y también injusticia, castas sociales ferreas,  degradación social, empobrecimiento cultural, dependencia y esclavitud…  Pero ya no intento convencer a nadie. Vivo mi vida al margen de todo. La soledad y la falta de costumbre han hecho que hasta me cueste hablar. No digo nada de lo que pienso. Iremos al grano para acabar cuanto antes.

– ¿Por qué me has llamado? ¿Vas a convencerme, o denunciarme?

– Nada de eso. Te he llamado para que te lleves a alguien de la ciudad. Ha nacido aquí. Sus padres eran de una colonia subversiva. Nació fuera del control de natalidad. La han mantenido oculta por miedo. No lleva chip, ni marcadores.

– ¿Quieres que me haga cargo de una criatura?

– No es un bebé, tiene trece años.

– Si tan convencidos estáis de las maravillas del sistema, ¿por qué no legalizarla?.

– Desde que la guerra comenzó ya no existe la amnistía. Todo el que esté fuera del sistema es sospechoso de terrorismo y será tratado como culpable. Si la descubren seguramente será ejecutada. La harán parecer culpable, harán ver lo bien que trabaja el sistema. Todo muy mediático. Es muy difícil esconderla en la ciudad.

– ¿Por qué no sale por la puerta y se va?

– ¿Qué oportunidades tiene ahí fuera sola?

– ¿Y por qué no se va su familia con ella? Los accesos a la ciudad no están vigilados…

– No te canses. Todos están aquí porque quieren. Ni si quiera sus padres están dispuestos a abandonar la ciudad. Tienen miedo.

– ¿Miedo de qué?

– Al frío, al dolor, al hambre, a la enfermedad, a la guerra…

– ¿De qué guerra me hablas? No queda nadie ahí afuera para oponer resistencia.

– Estamos en guerra. Eurogea lleva ocho días ardiendo. La versión oficial es que hay un hombre malvado en la resistencia, con un ejercito y mucha tecnología, que odia las ciudades y quiere destruirlas. El monstruo mata ciudades… Que gracioso, podrías ser tú… Personalmente creo que los que quedan de los diez juegan ahora a ver quien de todos ellos es el ganador último… ¿y después qué?… – Silencio. Vives entre ellos, pero nunca serás como ellos, a mí no  puedes engañarme – ¿Vas a llevarte a la cría? Sólo debes llevarla hasta la colonia originaria de sus padres. Salvarla a ella podría ser una forma de redimirte de tu dolor.

Qué tendrás que decir tú de mi dolor, pienso amargamente. Nati escogió, era una mujer libre. Yo no debería sentir ningún remordimiento por su muerte. Sin embargo lo siento. Me corroe por dentro.

– Está bien.

– Lo dispondré todo. En una hora podréis partir.

* * *

Esta historia continua en Tychè.

El tercer capítulo es Elysion.

El cuarto capítulo se llama La colonia.

El relato acaba en Libertad.

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