La Caza.

*Anteriormente:

Parte 1, parte 2, parte 3, parte 4, parte 5, parte 6, parte 7.

Amanecía el día señalado, el día de mi cumpleaños. Los augurios eran aciagos, los sueños narcotizados no habían resultado agradables. Pero en nuestra mano estaba creer que el destino era ineludible o que podíamos construirlo con nuestras manos.
Imaginé a mi familia y mis amigos íntimos tratando de localizarme, preguntándose dónde estaba yo. No había avisado a nadie, y estaba convencida de que ninguno sospecharía la tarea que me ocupaba. Este pensamiento me hizo sonreír.

Alzamos el campamento en pocos minutos. Qioh-Vai estaba expectante, me dejaba a mí la elección del camino, como en todo el viaje. Recordé hacia dónde se proyectaba el camino iluminado por mi pequeña luz en el sueño, y tomé aquella dirección. En el sueño el ser de luz, que según Qioh-Vai era el unicornio, estaba unos pasos más allá. Caminamos pendiente abajo, bajando la pequeña colina que habíamos subido la noche anterior. Nos internamos en una zona de gran espesura, llena de plantas enredaderas, plantas pegajosas, insectos y pequeños animales. El camino elegido no ayudó precisamente a levantar el ánimo. Avanzamos muy lentamente, con dificultad, durante las primeras horas de la mañana.
Comencé a dudar: o el sueño era engañoso, o yo me había confundido. Quizás era mejor volver hacia atrás y buscar el rastro que habíamos seguido el día anterior ¿Por qué había despreciado aquella opción sin miramientos? Me giré hacia Qioh-Vai, para leer en su cara su estado de ánimo, y también para ver los pasos abiertos penosamente en la espesura, sobre los que tendría que volver.
Entonces a mi izquierda vi algo significativo, que encendió todas las alarmas en mi interior. Era una de esas veredas que abren los animales en los bosques a fuerza de transitar una y otra vez. Uno de esos caminos recurrentes que los llevan desde una madriguera hasta agua, o hasta una fuente regular de alimento. Una senda que bien pudiera confundirse por los pasos de los hombres, si no fuese porque en la Jungla no había caminos hollados por pies humanos. Alcé la mano para señalar mi descubrimiento a Qioh-Vai, que rápidamente comprendió. Se acercó a la senda, pues estaba más cerca, mientras me advertía:

– No tiene que ser forzosamente del animal que buscamos…

Pero para cuando llegué a su altura tenía en su mano un mechón de pelos blancos, de una blancura tan pura que parecían brillar con reflejos plateados bajo la luz del sol.

– Bien – dijo, con la voz emocionada – ¿hacia que lado?

– Hacia adelante, hacia el corazón de la Jungla.

Caminamos por la senda con los sentidos bien alerta, tratando de percibir al animal antes de que él nos percibiese a nosotras, aunque sabíamos que era improbable. Resultaba más fácil y menos ruidoso ir por la senda que hacerlo por la espesura. Mientras andaba, viendo reflejos plateados allí donde había pelos de unicornio y oliend: a almizcle, me dio la impresión de que aún caminaba en sueños. Creí por un momento que se me rebelaba un misterio: aquel era uno de los caminos que están igual en el mundo de los vivos y en el País de las Brumas, y tal vez siguiéndolo uno pudiese traspasar de un lado al otro sin apenas percibirlo. Caminamos como en trance, sin dificultad, con rapidez y en silencio por aquel túnel que atravesaba la Jungla. Podríamos haber pasado cerca de animales o personas sin que detectasen nuestra presencia.

Al fin se abrió un claro maravilloso. Los rayos del sol atravesaban la fronda inundando el aire mismo con luz brillante. Pequeñas partículas iluminadas como estrellas danzaban en un lento y acompasado baile. Entre ellas, insectos alados corrían rápidamente de un lado a otro, como hadas que llevasen mensajes urgentes. En el suelo había un tapiz de hierva tachonado con florecillas blancas y malvas y frutos dorados y rojos. Por el centro cruzaba una cinta plateada de agua cantarina. Bebiendo en el riachuelo estaba el unicornio, brillante y majestuoso, de una belleza y pureza blanca que conmovían el alma. La escena era mágica.
Qioh-Vai comenzó a alejarse en semicírculo de mí, para tratar de cercar por detrás. El movimiento rompió el encanto. El unicornio detectó enseguida el movimiento de mi compañera y se giró, descubriéndonos a ambas. En una rápida reacción cambió su actitud. Comenzó a bufar y bajó la cabeza preparando la carga con el largo y retorcido cuerno. Nos miró alternativamente y elligió a Qioh-Vai como presa. Comenzó a trotar, cada vez más rápido en su dirección. Alarmada, presa de un insospechado valor, grité mientras alzaba y movía los brazos:

– ¡No!, ¡Aquí!, ¡Eeeh! – Es a mí a quien debe perseguir, yo soy su presa, no la inocente Qioh-Vai pensaba, aunque esto no lo pude expresar con palabras.

El animal aminoró la marcha dudando, cambió el rumbo hacia mí y volvió a la carga, acelerando de nuevo. Entonces me quede petrificada, los pies pegados al suelo, la boca sellada. Vi la expresión de horror en el rostro de Qioh-Vai por el rabillo del ojo. Ni si quiera alcé las manos para protegerme del golpe, ni blandí la lanza. No era miedo lo que sentía, la cabeza me daba vueltas y sentía una profunda emoción en el pecho. Recordé las palabras de Qioh-Vai: ¿Por qué vienes como cazadora? ¿Realmente necesitas caminar por la tierra de los muertos? No debes matar al unicornio. Entonces sucedió algo milagroso: el animal aminoró la marcha. Llegó a mi lado con un inofensivo trotecillo, apartando el cuerno hacia un lado, y posó su hocico en mi mano, rompiendo el inmobilismo que me dominaba. Acaricié la testa del blanco animal. Era más grande de lo que me había imaginado. Entonces comenzó a caminar hacia un lado, mirando hacia atrás, como pidiéndome que le siguiese.
Eso hice y llegué hasta un lado del prado, junto a un árbol que no reconocía. Entre la espesura verde sobresalían desde la tierra las raíces blancas y retorcidas del árbol. No pude evitar reírme a carcajadas. Las raíces eran idénticas al retorcido cuerno del unicornio, ¿Cuántos de mis antepasados habrían vuelto con el falso cuerno como prueba de la “caza”?
Llena de curiosidad Qioh-Vai se acercó a mí, aunque mirando al unicornio de reojo. Saqué mi navaja y seleccioné una raíz recta y larga.

-Mira Qioh-Vai, este es el árbol en el que nacen las leyendas – Le dije con júbilo mientras serraba.

Qioh-Vai también rió. Tampoco conocía el árbol: – Bien podríamos bautizarlo así, Maureak: leyenda – Parecía mucho más interesada en las olorosas flores y en los redondos frutos. Cogió varios y los guardó cuidadosamente envueltos en un trozo de tela.

Era completamente feliz. El día de mi cumpleaños había logrado cumplir mi objetivo, aunque de forma algo diferente a la esperada. Desde mi punto de vista era mucho mejor aquello que tener que matar al animal. El sueño era una advertencia. Verter la sangre de un animal sagrado no podía traer nada bueno, ni aún a mí, una extranjera descreída y osada.

Pasamos el medio día en el claro. Comimos frutos de los que allí había y bebimos agua del riachuelo. El majestuoso animal estuvo todo el tiempo cerca, paciendo tranquilamente o tumbado. Nos sentimos reconfortadas y absolutamente felices. A la hora de la siesta en vez de contar otras historias nos contamos nuestro propio relato: la caza del unicornio y el descubrimiento del árbol Maureak. Qioh-Vai compuso algunas estrofas y las cantó con su hermosa voz. Eran ambiguas e incompletas, como en toda buena leyenda.

Así pasó el rato hasta bien avanzada la tarde.

– Bueno, ¿crees que seremos capaces de salir de la jungla? – Pregunté afrontando la siguiente fase de nuestra misión. Podía ser un problema, llevábamos dos días completamente desorientadas.

.

Ya hemos cazado el unicornio, ya hemos vivido nuestra aventura y contado nuestro cuento. Pero ¿cómo saldran nuestras heroínas de la traicionera Jungla?. No se pierdan la próxima entrega: el final de nuestra historia.

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