Microcuento para Sant Jordi II

Cuenta la leyenda que Ramón Llull al volver a su isla natal, retirado tras una vida agitada, sufrió un naufragio frente a las costas de Mallorca. Si bien el sobrevivió, todos los libros que llevaba consigo acabaron en el fondo del mar. Eran unos doscientos y pico libros de su puño y letra, la obra de toda una vida. En vez de lamentarse, una vez en tierra y repuesto, se puso a escribir sin descanso, día y noche, casi sin comer ni dormir, hasta que hubo reescrito los doscientos y pico libros de nuevo. Lo hizo además con asombrosa exactitud, y escribió dos nuevos, todo ello justo antes de morir, según dicen, apaleado por una multitud.

Inspirado por esta hazaña, el fraile que nos ocupa acometió una gesta similar, aunque más relacionada con el fuego que con el agua.

Gregorio era un erudito que cuidaba de una biblioteca desde su ingreso en la orden. La mayoría de los libros eran copias de su puño y letra, o de sus discípulos, otros los había donado él o su familia, así que consideraba en cierta forma aquella biblioteca suya. Gregorio estudiaba los libros y se daba cuenta de que el mundo era tal como se describía en los libros. Así eran las cosas, quizás no eran de la mejor forma, tal vez no eran divertidos, pero eso daba seguridad al mundo. El mundo era como decían los libros y los libros decían como era el mundo. Tanto estudió esta cualidad de los libros que al final el fraile se preguntaba si los libros contaban como era el mundo o si era el mundo que se ordenaba tal como contaban los libros.
Un día llegó un joven alocado llamado Jorge. Contaba cosas extrañas sobre la verdad de las cosas: la tierra redonda, girando y girando por un espacio sin límites, sin nada que la sujetase, excepto unos invisibles lazos con la luna y el sol. Infinitas estrellas y un universo infinito. La naturaleza era para él cambiante, en continua evolución, y no estática. Las ciencias eran un medio mágico, esotérico, de descubrir cosas asombrosas, increíbles, invisibles. Mundos de gigantescas proporciones coexistían para él junto a mundos diminutos, tan diminutos que el ojo no puede verlos. Eran unas ideas fascinantes, aunque a todas luces equivocadas, Gregorio lo sabía bien. Todo el mundo tomó al joven por loco, y Gregorio lo hubiese hecho igualmente, si no fuese porque dijo algo que le hizo pensar.

-¿Qué pasaría en tu pequeño mundo si no hubiese libros que dijesen como es todo?

Gregorio meditó: “Si en el mundo no hay libros, ¿no hay mundo? Si el mundo no se ordenase como en los libros, ¿qué es lo inútil, los libros o el mundo? Si un libro ordena el mundo y el libro se destruye ¿qué pasará con el mundo?“. Meditó durante días, semanas, meses… Al final sintió una gran inspiración crecer e ideó un plan, era arriesgado, pero estaba dispuesto a llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Cogió todos los libros e hizo una pira con ellos en el patio y les prendió fuego. Antes de que las llamas se extinguiesen había comenzado a reescribirlos de nuevo. Escribió libros locos y libros cuerdos, increibles y aburridos, lógicos e irracionales, ordenados y desordenados. Pero sobre todo escribió un libro con el título: Instrucciones de Uso del Mundo. En el sólo ponía: En los libros jamás se podrá contar como es el mundo exactamente, así mismo cada libro tendrá un mundo nuevo dentro.

Este plan tuvo un par de efectos inesperados y poco deseados. Uno es que al ver a un sabio quemar libros, sin comprender el motivo, creyeron los demás que quemar libros era de sabios, y de vez en cuando organizaron horribles piras. El fuego del dragón, se dieron en llamarlo.
La otra consecuencia desagradable es que de tanto contar la misma historia, él fue transformándose de fraile erudito en un dragón sin nombre, y de quemar libros pasó a comer niños. Así mismo, por un extraño misterio Jorge acabó siendo caballero y santo, y matando al dragón.

Aunque nadie sabe si esto último es cierto o está escrito en un libro.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Xabaras dice:

    Buenííísimo!

  2. Poio dice:

    Si el anterior estaba muy bueno, éste es genial.

    sevemos

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