Arcanos Menores: Tres de copas

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Las llamaban las Cuevas de los Espíritus. Eran unas cuevas muy largas y peligrosas. En el pasado habían estado habitadas y se decía que hasta los propios habitantes temían adentrarse demasiado, ya que era fácil perderse. Varios se habían perdido y no había vuelto a salir.
Todos había quedado aquella tarde para adentrarse en una de las cuevas, la que llamaban de los Espíritus Infantes. No se sabe cómo había surgido aquella idea, pero ya no había vuelta atrás. Mauro era el más joven de los chicos. Quería ir con su hermano, en la pandilla de los mayores. No podía escaquearse o se reirían de él. Venía preparado: traía su mochila con una linterna, pilas de repuesto, una tiza, agua, comida y un libro de ciencias naturales en el que hablaban de espeleología y grutas. Estaba nervioso, un poco asustado, mientras el grupo se decidía a entrar.

– Entramos ya o sois todos una panda de nenazas – Dijo Godofredo en tono bravucón mientras se acercaba con grandes pasos a la entrada, desapareciendo en la zona umbría.

Los demás chicos comenzaron a caminar, menos decididos, más lentamente. Mauro no quiso ser el último y apresuró el paso para seguir de cerca a su hermano. Veía como los muchachos iban desapareciendo de la luz amarilla al entrar en las fauces de la cueva, hasta que él mismo entró en la oscuridad. Se quedó sin visión unos instantes, parpadeando, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Godo estaba ya al fondo de la galería que formaba la entrada, sonreía socarrón mientras miraba a los demás guiñoteando al entrar. Fernando, el hermano de Mauro, fue rápidamente hacia Godo. Godo era aún más alto que Fernando y recio. Se divertía fastidiando a Mauro y Mauro lo detestaba. Fernan era mucho mejor que Godo, en opinión de Mauro. Era valiente y listo. Pero siempre seguía a Godo. El grandullón decía que era el líder de la pandilla y Fernan su mano derecha. A una orden de Godo todos comenzaron a caminar, en silencio, haciendo ruido desmesurado, resoplando, juntos.

Se adentraron en la cueva y descendieron por unas escaleras toscamente excavadas en el suelo. El camino seguía, ancho y despejado, descendiendo suavemente varios metros. Había algunas puertas viejas de madera con barrotes, cerradas con cerraduras o cerrojos grandes y oxidados. De vez en cuando había alguna tronera estrecha por la que entraba algo de luz, aunque Mauro no podía ver el cielo por ninguna de ellas. Al final llegaron a una galería circular, con rebajes en la roca para poner velas, candiles o teas. A partir de allí no habría más luz natural. El camino se dividía en dos. Godo mandó a Fernan a buscar el mejor camino. Mientras Fernando se alejó para hacer las comprobaciones, Godo fue llamando con gestos a cada uno de los chicos: Santi, Loren y Nico, y les cuchicheaba algo al oído. Mauro sabía que tramaban algo. Mauro rebuscaba en su mochila, algo alejado de los otros. Fernando volvió e indicó que el camino de la derecha parecía mejor, entonces Nico se acercó y le dijo algo también al oído a Fernan, por orden de Godo. Todos comenzaron a trotar atropelladamente hacia la ruta de la derecha, mientras reían. Fernan miró a Mauro con una mirada que decía lo siento, así son las cosas, mientras se disponía a seguir a los demás, que se alejaban rápidamente. Fernan desapareció veloz y sin mirar atrás. Mauro se quedaba fuera.

Mauro estaba indeciso. Lo habían dejado atrás, se había quedado solo. Querían asustarlo. Pero si volvía a casa ahora siempre sería un cobarde. Encontró la linterna y la sostuvo en una mano distraidamente, mientras pensaba. Al fin la encendió y alumbró el camino de la izquierda. Tenía una idea. Se adentraría un poco por el túnel de la izquierda y se sentaría a esperar. Cuando oyese que los demás volvían saldría del lado izquierdo aparentando haber hecho un largo recorrido el solo por la parte izquierda. Su historia iba a ser fabulosa.

Comenzó a caminar. El silencio era total, sólo se escuchaban sus pasos y a veces ruido de agua goteando o corriendo. Tenía que caminar suficiente como para que no lo viesen desde la galería redonda, además tenía que manchar sus zapatos y su ropa un poco, para que resultase creíble. Pronto la oscuridad se hizo total y necesitó la linterna para caminar. El camino estaba despejado y era ancho. Mauro no entendía como habían elegido el de la derecha, éste parecía más fácil. Tal vez Fernan había cogido el más difícil a propósito. A menudo miraba hacia atrás: el camino era tan recto que seguro que veían la luz de su linterna desde la rotonda si alguno volvía para comprobar si seguía allí. Tenía que alejarse un poco más. Al fin la cueva se estrechó y giro un poco. El camino se volvió más angosto y estrecho. Ahora tenía las dos paredes muy cerca de su cuerpo y el techo era mucho más bajo. Podía oír el eco de su propia respiración acelerada. Un poco más, sólo un poco más, tenía que asegurarse. La pared estaba húmeda, manchaba sus manos y su ropa, y olía a moho muy cerca de su nariz. Por el ruido, un pequeño riachuelo debía pasar cerca de sus pies, pero no lo veía. Sólo un poco más, se dijo, a ver si encuentro algo interesante por aquí. Cuanto más avanzaba, más estrecho y angosto se volvía el camino. Temía que en un momento u otro el camino se volviese tan estrecho que ya no pudiese pasar. Si no se podía seguir y Fernan lo sabía, su plan iba a venirse abajo. No sabía que era peor, cobarde o mentiroso.

En un momento creyó que iba a quedarse encallado en la pared y sintió una punzada de pánico, pero cayó hacia adelante, de nuevo en una galería despejada. Aquella galería parecía haber estado habitada también. Estaba despejada, el suelo era plano, había huecos puntualmente para poner luces y a los lados la pared había sido excavada de forma que había asientos cada cierto tiempo. Era extraño que alguien viviese tan profundamente, la luz del sol no llegaba hasta allí. Mauro exploró la galería. No tenía otra entrada más que aquel paso estrecho por dónde el había entrado. Tal vez la entrada fuese mayor en el pasado y se hubiese derrumbado. En la galería había tres puertas similares a las que había más atrás, también estas estaban cerradas.

Se sentó en uno de los bancos. Menuda historia tenía para contarles. La adornaría un poco, claro, para que fuese más emocionante, y el resultase muy valiente. Seguro que Godo no podía entrar por la abertura tan estrecha. La luz de la linterna parpadeó y sintió un escalofrío. De nuevo le atenazó el pánico. Ya era hora de volver, además allí abajo hacía frío. Al enfocar la luz a la abertura de entrada, sentado aún en el banco, vio una luz por el rabillo del ojo. Enfocó al frente para ver que era, pero no había nada, ni luz, ni nada que pudiese reflejar. Sólo una de las tres puertas. Tenía una puerta justo delante. Ésta no tenía candado, ni barrotes, pero sí una gran cerradura. Se preguntó que tipo de gente habría vivido allí y que cosas se habrían dejado allí dentro encerradas. La linterna parpadeó de nuevo y pudo ver que era lo que había visto por el rabillo del ojo. Bajo la puerta salía una débil rendija de luz titilante. ¿Cómo es que no la había visto antes? ¿Había alguien allí? ¿La habían encendido? Sintió miedo, pero sus piernas le alzaron y le llevaron ante la puerta. Llamó y esperó, aterrorizado, una respuesta. Nada, silencio total. Mauro creyó que si contestaban iba a enloquecer de miedo. Tal vez la luz era del exterior, como en las troneras que había visto antes. No debía haber anochecido aún. Pensar en el exterior le hizo desear estar fuera, así que comenzó a caminar hacia la salida.

Entonces sintió el sonido inconfundible de una cerradura que cruje y se desbloquea. Se giró: la puerta seguía cerrada. Tal vez la habían desbloqueado desde el interior. No sabía que hacer. De nuevo se acercó a la puerta. Era más valiente de lo que el mismo creía, pensó. Probó a abrir la puerta y esta vez cedió. Dentro había una estancia no muy grande decorada como un cuarto infantil antiguo abarrotado de juguetes y muebles infantiles. Del techo pendía una luz que se balanceaba describiendo círculos rápidamente, como impulsada por una fuerte corriente de aire. La luz en movimiento llenaba la estancia de sombras que daban la impresión de moverse. Mauro no se atrevía a acabar de entrar. Entonces una niña de unos siete años que estaba inmóvil en un rincón y había pasado desapercibida a Mauro se movió. Se acercó con una sonrisa a Mauro y le tomó la mano, llevándolo al interior del cuarto, mientras la puerta se cerraba tras él.

– ¿Quieres jugar conmigo? Tengo muchos juguetes.

Llevaba un vestidito anticuado, blanco y manchado y el pelo peinado en perfectos bucles rubios.

– ¿Quién eres? ¿Que haces aquí encerrada?

– Me llamo Isadora y este es mi cuarto de juegos ¿No quieres jugar? Te presto mis juguetes.

– ¿Eres una habitante de las cuevas? ¿aún vive gente aquí? No sabía que aún estuviesen habitadas.

– Yo siempre he vivido aquí. Vaaaaaaa, juega conmigo.

– No, creo que ahora debo volver- A Mauro no acababa de darle buena espina, aquella niña. Parecía tan cándida y brillante, tan frágil y pequeña. Pero algo no estaba bien.

– Si no quieres jugar conmigo, tal vez quieras jugar con mi hermanito pequeño.- Dijo Isadora mientras señalaba una cuna.

Mauro se giró y vio que un niño muy pequeño, también rubio, apoyaba sus manitas sobre los barrotes y apenas sacaba la cabezita hasta la altura de los ojos. Cuando Mauro lo miró, bajó la cabeza de inmediato. Mauro pensó que se había espantado. ¿Qué hacían unos niños tan pequeños allí solos? Se acercó a la cuna, pero antes de llegar, uno de los lados se abrió. Una pequeña manecita sostenía en alto el lateral de la cuna. ¿Que edad tenía aquel niño? Apenas era un bebe. ¿Como podía sostenerse en pie y alzar el lateral de la cuna con una mano? Mauro se quedó petrificado. En niñito tenía una mirada llena de malicia, impropia de un bebé. La mueca de su cara cambiaba continuamente. Tal vez era el efecto de la lámpara que se movía continuamente en el techo. Pero la niña parecía tan plácida y cristalina. Mauro bajó la vista de los niños, estaba asustado. Vio como las piernecitas del bebé se movían en su dirección. Ninguno de los niños tenía sombra. La cara del niño entró de nuevo en su campo de visión. Le miraba a los ojos, con su mueca malvada y cambiante, llena de sombras.

– Eres un chico malo, Mauro. – La voz del bebé sonaba como la de un hombre adulto.

– No, no lo soy.- Mauro sabía que no era malo, aquella cosa si lo era, pero el no. Lo tuvo muy claro y se agarró a esa idea fuertemente. – No soy malo. – Dijo firmemente.

– Tal vez no lo has sido, pero lo vas a ser, mira.

El bebé cogió la mano de Mauro con aquella manita minúscula y hizo girarse. Junto a ellos habían un objeto voluminoso cubierto con un lienzo blanco. El niño tiró del lienzo y un espejo de 50 centímetros de alto, de marco dorado y superficie brillante, quedó al descubierto. El bebé movió el espejo ajustándolo para Mauro, de forma que se reflejase en él.

– Ves.

La cara de Mauro se veía en el espejo con una mirada mezquina, maliciosa, como la del bebé, cambiante, llena de sombras. ¿Era un efecto de la luz? Mauro sintió que aquella no era su cara, no era él.

– Yo no soy malo.

Mauro sintió oleadas de pánico. Al fin pudo moverse, reaccionó, se giró hacia la puerta, cubrió rápidamente los pocos pasos que le separaban de ella y salió, cerrando tras él.
Estaba fuera. Todo estaba a oscuras. No veía nada, tampoco la rendija de luz bajo la puerta. Se había dejado la linterna dentro. ¿Volver? No podía encontrar la salida sin la linterna.
Entraría, cogería la linterna y volvería a salir rápidamente. Si alguno de los niños intentaba algo lo apartaría inmediatamente, no eran más que niños pequeños. Mauro sabía que el plan era muy malo, pero era el único. Abrió la puerta. Oscuridad. No podía ser ¿habían apagado la luz?¿Jugaban con él? Palpó en busca de la llave de la luz a un lado y a otro, a oscuras, desesperado. Nada. Caminó unos pasos, palparía hasta encontrar la linterna, o alguno de los niños y le obligaría a encender la luz. Nada, el lugar, atestado de muebles hacia un segundo, parecía ahora vacío. Llegó al fondo y tocó la pared. Era una sala muy pequeña, mucho más pequeña de lo que parecía instantes antes. Y muy estrecha. Estaba seguro de que no era tan estrecha cuando la había visto con la luz. Sintió risas de niños que corría de una punta a la otra del cuarto y la puerta chirrió.

Pánico. Sólo pánico. De la oscuridad, de quedarse encerrado allí abajo para siempre, pánico de la habitación y de los niños, de lo que no podía ver. Gritó. Un berrido desesperado, casi inhumano. Corrió hacia la puerta y la ganó a tiempo. Fuera, respirando aceleradamente, apoyado sobre la puerta, pudo oir como el cerrojo se cerraba. Adiós linterna. Risas y cuchicheos de niños justo detrás de la puerta. Y oscuridad. Se echó a llorar absolutamente desamparado. Sintió la locura rasgar el velo de su cordura.

#

Apenas se adentraron en la cueva, que Godo se contagió del miedo de los demás y volvieron hacia atrás. Fanfarroneaba de lo valiente que era y pensaba burlarse de Mauro durante una buena temporada. Todos pensaron que al quedarse solo se habría asustado y habría vuelto atrás. Al parecer no fue así. Tampoco los siguió, si hubiese ido tras ellos lo habrían encontrado de vuelta. Era inexplicable.

Fernando se sentía terriblemente culpable por la desaparición de su hermano. Lo buscaron durante un tiempo. Luego desistieron, era imposible que siguiese vivo si estaba dentro. La gente del pueblo decía que se lo habían llevado los Espíritus de las Cuevas.

Cuando su padre se enteró le dio una gran paliza. Nunca antes le había pegado. Desde ese día dijo que ya no tenía hijos. Su madre por el contrario se volcó en él, era todo lo que le quedaba. Pero Fernando no podía mirar a la cara a su madre.

Volvió a recorrer una y otra vez la cueva. La ruta de la izquierda estaba bloqueada apenas dos o tres metros más alante de la galería circular y había había inspeccionado cada recoveco, cada metro del pasaje derecho, mucho más allá de donde entraron aquella primera vez. Volvía una y otra vez a la cueva, el sólo. La gente decía que se lo iban a llevar los espíritus también.

Entro en esa y en otras cuevas frecuentemente. Se hizo espeleólogo.

7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Una Moira dice:

    Estamos compartiendo memes y extrañamente selecciones “tarotiles”; me ha gustado la historia del loco y la alegoría a la cueva a través de las copas… Te sigo visitando.

  2. fanou dice:

    Que curioso, la vida esta llena de coincidencias. O tal vez las coincidencias son una ilusión.
    Sea como sea, gracias por la visita. Queda pendiente una a su favor.

  3. Woswis dice:

    Muy buena historia Fanou, siempre me han acojonado los bebés diabólicos.
    Queda pendiente una cena, saludos!!!

  4. Una Moira dice:

    Efímero. Y yo hablando de la memoria… ¿A donde iremos, a donde? Por cierto en mi editorial estamos armando un proyecto acerca del Tarot, una antología de textos cuyo eje sea algún Arcano Mayor. Te dejo mi correo, imagino que puede interesarte.
    karinafalcone@hotmail.com

  5. Poio dice:

    Tarde pero seguro. La verdad es que me arrpiento de haber tardado tanto en leer el cuento. Me recague en las patas… no encuentro otra manera de decirlo. Mirá que leo historias de terror desde siempre, pero esta me asustó deadeveras (como dice el Chavo). Sobre todo después de la primera frase de la niña:

    – ¿Quieres jugar conmigo? Tengo muchos juguetes.

    No se porqué pero me aceleró el corazón y todavía no se frena.

    Seguí así… por favor 🙂

    sevemos

  6. Sandra Patricia dice:

    Hola, bueno no se quien eres, ni como llegaste a escribir esta historia, pero está buena, pero quedaron muchas incógnitas. le faltó un poco mas de desenlace, un poco más de explicación, del proque de la cueva, de quién había sido, o que había sudedido allí, se dice que cuando las personas mueren en circunstancias no apropiadas quedan en pena o algo parecido, talves esa cueva habia sido un refugio y esos niños se murieron allí, a eso me refiero; y qué pasó con los otros chicos que había en el camino de la derecha el cual eligieron, no contaron anda sobre eso. Gracias.

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