Apocalipsis según Timeo V: Porque Timeo no es San Timeo

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”> Jesús no disponía de mucho tiempo y estaba escarmentado, así que puso manos a la Obra, de una forma más profesional. Buscó un escribano que cobrase por escribir cartas. Debía ser ateo. Lo buscó en la plaza de un pequeño pueblo asentado en un oasis entre el mar y el desierto. Se llamaba Timeo, era un joven esclavo griego.

Timeo era propiedad de Melkart, un hombre que había hecho fortuna como mercader. Melkart había comprado el cargamento de esclavos entre los que venía incluido Timeo. El esclavo era de procedencia noble y no había trabajado en su vida; sólo valía para faenas sin esfuerzo físico. Melkart veía en él un negocio poco rentable. Timeo conocía esa circunstancia y además tenía miedo de las manos en las que pudiese caer. Durante el viaje en barco se esforzó en demostrar que valía mucho más de lo que pudiesen pagar por él: sabía leer y escribir en varios idiomas, descifrar mapas, mirar las estrellas, cálculo, retórica, filosofía, modales… Melkart decidió quedárselo.

Timeo educaba a Tanit, la hija de Melkart, llevaba las cuentas y ayudaba a la Noona la matrona a administrar la casa mientras el amo estaba de viaje. Para sus gastos cobraba por escribir y leer cartas en la plaza del pueblo para todo aquel que lo desease.

Jesús se acercó a él una tarde fría, cuando ya anochecía:

– Deseo que trabajes para mí escribiendo lo que yo te dicte. Será un trabajo largo. No puedo pagarte con dinero, pero puedo proporcionarte las cosas que me pidas, siempre y cuando éstas sean equivalentes a tus tarifas como escriba y sean cosas buenas. Para que me creas te daré una prueba: Has hecho las cuentas de esta semana y los números no cuadran. Faltan siete monedas. Las monedas están en el fondo del pozo que hay en casa de tu amo. Si miras mañana a medio día, cuando el sol entre directamente por la boca del pozo, podrás ver los destellos que emiten las monedas. Echa un cubo en el pozo con esta piedra dentro, deja que el cubo toque fondo. Las monedas se subirán al cubo y podrás sacarlas. Ven mañana por la noche y dime si aceptas.

A la tarde siguiente Jesús esperaba a que llegase Timeo en el puesto que solía ocupar éste en la plaza. Pronto apareció y le devolvió la piedra.

– Bien, ¿aceptas o no?
– ¿Cómo sabías que las monedas estaban ahí?
– Es un milagro, encontré las monedas e hize que se subiesen al cubo.
– Las monedas se ‘subieron’ al cubo porque la piedra que me diste era una magnetita. Lo que no sé es cómo supiste que estaban allí.
– Ése será tu pago. Así serán tus pagos -Jesús no contaba con que supiese de la existencia de la magnetita- Yo te diré lo que necesitas saber y te proporcinaré lo que necesites tener para que puedas cobrar cada vez y a cambio tu escribiras lo que yo te dicte, tal y como yo te lo dicte ¿Aceptas o no? No tengo todo el tiempo del mundo.
Timeo sentía una gran curiosidad -Acepto.

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