Viejos conocidos.

Hace poco sentada frente al ordenador trabajando me pasó algo peculiar. Abby, estaba igualmente sentada cerca, quieta como una estatua, ronroneando suavemente. De repente levantó la cabeza y comenzó a maullarle a la nada. No bufando espalda o enfadada, sino haciendo esos maullidos cortos y secos kek, kek, kek… como cuando ve un reflejo y quiere cazarlo, o cuando llegas a casa y te saluda. No había nada allí. Nada que pudiera verse. Nunca había tenido semejante comportamiento. Pero yo sé por qué lo hace, sé que ha visto. Son los fantasmas.
Vivían en casa de mis padres, y en casa de mis abuelos. De pequeña me asustaban. Tuve que acostumbrarme a vivir con ellos. Algunos en mi familia los ven, aunque finjen no hacerlo. Otros no los ven en absoluto. Pero ahí están.
Cuando me marché de casa de mis padres no me siguieron a mi nuevo destino. Era un pequeño piso en el centro de la ciudad, recien reformado. Todo en el era nuevo, moderno, lujoso, decorativo… A pesar de que viví allí casi cinco años y lo llené de mis cosas nunca lo sentí como algo mío, mi casa, mi hogar. Era un lugar frío, nada acogedor, casi hostil. Incluso algunos de mis amigos lo notaron. Mientras vivimos allí jamás perdí un pendiente, unas tijeras o un papel. Todo estaba siempre ordenado. Los armarios nunca llegaron a llenarse. Nunca se rompió un vaso o una taza. Nunca había un cuadro torcido, ni una cosa fuera de sitio.
No me di cuenta al principio de por qué me sentía así. Para no sentirme tan sola, acogí a Abby, rescatandola de la calle. Un día regresé a casa de mis padres y pasé la noche. Los viejos conocidos pasaron a verme, a interesarse por mí. Me dí cuenta entonces de cuanto los echaba de menos. Los invité a venir conmigo, pero no quisieron.
Por cosas de la vida hace poco nos hemos vuelto a mudar. Mi nueva vivienda es una casa vieja y algo destartalada, llena de achaques, situada más a las afueras. Necesita algunas reformas. Pero al poco de vivir aquí ya se notaba en el ambiente que era un hogar. Los armarios están llenos, siempre hay algo de desorden por algún lado, el sofá parece viejo y acogedor, se han roto vasos y copas, he perdido varias cucharillas de café, bolis, tijeras, pinzas… algunas cosas aparecen en lugares insospechados. Lo que pasa en cualquier hogar que se precie.

Comenzaron a dejarse ver, tímidamente al principio. Está el travieso que cambia las cosas de lugar. Ahora también juega con Abby, la hace rabiar y la vuelve loca en sus correrías por toda la casa. Está la que mira intensamente y me hace sentir observada cuando estoy en alguna habitación sola, o en la puerta del dormitorio por las noches. Si miras por el rabillo del ojo puedes verla. Está el tímido que me hace compañía en las veladas de tele o mientras cocino. Se sienta en alguna silla cuando tengo invitados a cenar. Nunca nadie se sienta en su silla, él está allí sentado observando atentamente, casi como si desease intervenir en nuestras conversaciones.
Faltan algunos: el que vive en los cristales marrones de casa de mis padres, apenas un espiritu desdibujado que tanto me hizo rabiar de pequeña. El del viejo armario que acompañaba los despertares de las pesadillas y vive aferrado a los labrados de madera.
No son muchos, pero hay también algunos nuevos. Han comenzado con sus tertulias y sus ruidos en mi nueva casa.
Son mis fantasmas familiares y pasan a presentar sus respetos.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Poio dice:

    Me nacanto tu descripcion de “Hogar”. Desde ese punto de vista hace muuucho tiempo que no tengo un hogar. Triste, ahora que lo pienso.

  2. Fran dice:

    Y,aunque ya lo he escrito en el blog de grampus y sé que está olvidado, pues eso, que lo siento.

  3. FERNANDO dice:

    oauhhh… increible narracion…… pero bueno… es el primero que leo de tu blog…. continuare, pues, leyendote por un rato mas. Asi que no me despido.. jiji

  4. fanou dice:

    Gracias Fernando por tu visita y por tus comentarios.

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