Regalos

No me fío de los griegos ni cuando traen regalos, dice Laocoonte con motivo de la aparición del gigantesco caballo de madera frente a las puertas de Troya, un caballo tan grande que habrían de romper las murallas para que pudiese pasar por la puerta. Y no es para menos.

En el mundo griego las ventas eran escasas. El dinero no se movía mucho, se acumulaba, enterrado bajo tierra por sus propietarios, como garantía. Sin embargo el sistema de intercambio funcionaba bien. Era el mercadeo. Cuando el asunto era extremadamente delicado lo llamaban intercambio de regalos . En principio un intercambio de regalos tenía que ser una acción bilateral. Pero, aunque pareciese un acto libre, el asunto de los regalos era un mundo intrincado.
Un regalo servía como restitución de un servicio recibido. Un buen regalo podía ser la compensación por un daño cometido, impidiendo la venganza. A veces tenía la finalidad de provocar un regalo en contrapartida. Así se obtenían deudas y favores.
También se cortejaba a las futuras esposas con regalos a sus padres. Aquí los griegos se esforzaban especialmente en diferenciar muy bien la venta, que atañía a las esclavas, y el cortejo con regalos, que atañía a las futuras esposas.

El regalo era incluso una forma de sumisión de las colonias. Las colonias tenían la obligación de pagar la protección de la metrópolis con regalos. Estos regalos tenían que ser dignos de la metrópolis. La metrópolis fijaba las tarifas, marcando preferentemente aquellos productos fabricados en la colonia que necesitaba o con los que le interesaba comerciar. Si una metrópolis necesitaba fina cerámica iba allá donde estaba. Sometía una ciudad existente o fundaba una colonia. Exportaba lo peor de la sociedad (parias, esclavos liberados, delincuentes…) con una promesa similar a la que le hicieron a los colonos en America: La Promesa de la Nueva Tierra. Esa colonia sólo fabricaba cerámica para poder pagar tributo de sumisión. Para poder obtener alimentos, vino, aceite o textiles se veía obligada a intercambiar más (tal vez salía más a cuenta fabricar cerámica que cultivar la tierra o bien el lugar era yermo) y lo hacía con su valor más a la alza, que se regía por leyes similares a la ley del mercado: oferta y demanda, además de alguno valore de calidad (la producción masiva de cerámica a menudo hacía decaer la calidad de esta, añadiendo otro factor más a la ecuación).

Una forma de pago socorrida cuando no había otra cosa eran los tesoros. Los tesoros eran pequeños templos en miniatura que las colonias costeaban para que fuesen edificados en las acrópolis (recintos sagrados) de sus protectores. A veces eran dedicados al dios del cual deseaban obtener favores, un poco a través de sus metrópolis.

Un regalo digno podía hermanar dos enemigos. Saltarse el protocolo de los regalos era motivo para una guerra. Había que pensarlo bien antes de aceptar o rechazar un regalo, tampoco era tarea fácil corresponder a un regalo.
Pero recordemos que no comerciaban ni politiqueaban: estaban intercambiando regalos.

No puedo evitar pensar que el moderno sistema de regalos occidental ha heredado bastante de esas reglas.

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