Partitura

-> La historia que contaré a continuación sucedió poco antes de que tirasen una casa vieja y abandonada en el centro de la ciudad. Ahora hay un edificio de pisos altísimo y muy moderno. Sería harto extraño encontrar esta noticia en un periódico, sin embargo eso no quita que sucediese tal como se describe aquí.

La construcción era una de esas casas rojo chillón, a pesar de los años. Era de tres plantas y con un pequeño jardín amurallado, típicas de un momento de prosperidad de la zona. Tenía desconchones, las ventanas estaban sucias y rotas y una fachada estaba espesamente cubierta de hiedra. Era de planta irregular, trapezoidal. Tres de las fachadas daban al exterior; la más larga de todas, que era la que daba a otro edificio, tenía un jardín que se introducía hacia el interior, formando un terreno rectangular de vegetación salvaje alrededor de la que se disponían el edificio. Parecía llevar tiempo deshabitada y además pasaba normalmente desapercibida a los numerosos transeúntes.

Un compositor y pianista excéntrico, que había heredado la casa de su abuelo, pasaba temporadas en su interior. La casa estaba prácticamente vacía a excepción de un piano, un frigorífico pequeño y sucio y una cama enorme de madera con dosel. El pianista se aislaba así del mundo y se concentraba en su búsqueda. Buscaba la luz, una luz que le habría de ayudar a componer una partitura mágica, que fuese capaz de despertar con sus vibraciones las puertas secretas y todos los misterios que dormían ocultos tras ellas. Era una obsesión para él.
Sus amigos, ricos, artistas, bohemios,… no comprendían su obsesión, lo consideraban descentrado, loco. Sin embargo sus composiciones siempre lograban conmover a la gente y hacían ganar mucho dinero, así que su locura era llamada arte y él era respetado.

Un día, separado del mundo y observándolo desde una ventana, vio pasar una chica y no pudo más que mirarla fijamente. A su vez ella vio algo moverse, un destello, por el rabillo del ojo, y se giró. Durante unos instantes se miraron a los ojos y él al fin vio la luz, mágica, misteriosa, perseguida… Salió corriendo hacia la calle, a buscarla. Ella se giró hacia delante, por ver donde ponía los pies, y cuando volvió a mirar no vio nada en la ventana. Imagino que se trataba de un fantasma y siguió su camino.
Al llegar él fuera, ella ya no estaba.
Su obsesión creció. Ya no hablaba de la luz, empezó a hablar de la chica a todos y en todo momento. Lo explicaba en sus reuniones sociales, decía a sus amigos que la estaba buscando, preguntaba a gente desconocida por ella, caminaba tratando de encontrar su rostro por la ciudad. Era la ciudad desconocida y esquiva, dispuesta a despistarlo, distraerlo y desorientarlo continuamente.

Un día, encerrado en la casa, soñó con el nombre de ella, lo recordó, ¡siempre lo había sabido! En el sueño pintó el nombre por las paredes de la casa, invocando la luz, lo escribió, lo dibujo, lo compuso con notas por muros y tabiques… Al día siguiente, al despertar, el nombre seguía en las paredes, como si no hubiese sido un sueño. Despierto sentía nostalgia de la luz, tristeza por la soledad y también vergüenza por lo desnudo de su alma. Entonces trató de arrancar el papel, quitar el yeso, tachar el nombre, pero volvía a aparecer de nuevo, siempre. Obstinado pidió ayuda para borrarlo, pero sólo él podía verlo.

Lo veía él y también ella, que sentía continuamente la llamada de la casa.
Una noche, extrañada y cautivada por el reclamo, se acercó y golpeó la puerta. Tras un largo rato de espera, él abrió. Al verla se sorprendió primero, luego, sin mediar palabra la abrazó. Ella se deshizo del abrazo, entró en la casa y la recorrió lentamente. Mientras, él la observaba. La planta baja, el patio con su fuente anegada, las habitaciones vacías y por fin, la habitación del piano, con partituras extendidas por el suelo, unas a medio escribir, otras descompuestas, otras arrugadas y desechadas. Y las paredes escritas con su nombre. Ella se quedó mirando sus mensajes. Él la miraba intensamente e iba componiendo la partitura que habría de conmover la tierra misma en su cabeza. Tras un instante que pareció una eternidad se sentó al piano y empezó a tocar música, tocaba la partitura que siempre había deseado componer, estaba al fin en su cabeza. Ambos comenzaban a recordar, la casa recordó a las personas que había dentro, y la luz y la música se fundieron. Dos fueron uno y luego fueron melodía: sonido y luz de nuevo.

Esa es la melodía que se intuye en la quietud del silencio, la que habrá de sonar cuando ya nada más se oiga.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. fanou dice:

    Este cuento lo escribí hace años. No es uno de los mejores que tengo, pero es alegre y por eso lo he elegido para estas fechas.
    Es mi felicitación de navidad a todo el mundo, ya que este año no me he esforzado demasiado.

  2. Fernando dice:

    Algo hay en tu manera de escribir, algo onirico, no acabo de entenderlo….. un dejo melancolico

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