El Alegato de la Escritora.

Las historias están siempre en mi cabeza, desde que tengo uso de razón. Siempre me acompañan.
No puedo vivir sin ellas.
A veces sólo están ahí para mí. A veces quieren salir más allá de mí.
Me acompañan siempre, nunca estoy sola.
Algunas me animan, otras me ayudan, o me enfadan, me deprimen, incluso se burlan de mí.
Las hay que me abstraen del todo, otras pasan desapercibidas. En la noche me susurran bajito unas cuantas al oído.
Las conozco con nombre, tengo inconfesables, otras llegan aprehendidas, o se adhieren a mi memoria.

Hace poco mi madre me explicó que cuando era pequeña, para calmarme mientras ella hacía cosas, lo único que funcionaba era darme una hoja en blanco y lapiceros. Me sentaba en un rincón, cuando aún no sabía ni sostener un lápiz, y me pasaba horas garabateando.

Para hacerme tomar la cena mi madre o mi abuela me sentaban frente a la balconera del comedor. Cada vez que una luz se encendía o se apagaba me preguntaban que era lo que pasaba en ese cuartito del edificio de enfrente y yo les explicaba cosas y mientras tragaba la cena.

Cuando fuí algo mayor empecé a contar mis historias. A mi familia, a mis amigos… Como no querían escucharme mentía y decía que eran ciertas.
Mentía, mentía y mentía… para contar mis historias.

Recuerdo estar sentada en la playa mirando evaporarse el agua. Ese día traté de convencer a mis padres que en el horizonte sobre el mar había una capa fina de tierra sobre la que trotaban caballos, y sobre los caballos había jinetes que querían llegar hasta la orilla, pero no podían. Trotaban hacia un lado y luego hacia el otro. ¿Por qué estaban allí? ¿Qué tenían que contarnos? Creí firmemente que los veía, incluso traté de contarlos y verles las caras. Pasé todo el domingo insistiendo, subidos en el coche de vuelta a casa, sobre los jinetes que se quedaban atrás…

Recuerdo estar en el patio de clase, con todas las niñas, las populares y las matonas en corrillo alrededor mío escuchándome contar que tenía una amiga que vivía en los árboles. Ella prefería los olivos. Todas me hacían preguntas ¿Cómo es?¿Cuál es su nombre?¿Tiene padres? Y yo les conté la historia de mi amiga arborícora. Mentirosa, me llamaban. Pensé que me iban a pegar. Pero allí estaban todas, fascinadas, escuchando, queriendo más…

Recuerdo contarle a mi mejor amiga, un año mayor que yo, que en el patio del colegio había un túnel que atravesaba las dos pistas de juegos por en medio. Cada vez que llegábamos en el autobús yo sacaba la llave y abría la puerta por un lado y atravesábamos el túnel. En él se veían cosas fabulosas, diferentes cada día: las estrellas que se ven de día, animales extraños, personajes peculiares, bosques de amapolas gigantes, malos de los que asustan… Mientras estuviésemos en el túnel, estábamos seguras y podíamos ver todo lo que quisiésemos. Pero había que cerrar muy bien al salir, para que nada se escapase.
Le di una llave también a mi amiga, para que pudiese entrar siempre que lo desease…

Yo soy mis historias.

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