Lost

-Lilia, llegas tarde de nuevo!-
– Es que… me he perdido –
Se oyeron las risas de las demás trabajadoras.
– ¿Cómo puede ser que te hayas perdido otra vez? Es la tercera esta semana, ¿me tomas el pelo o qué? ¡pero si llevas dos años trabajando aquí! Eres muy tonta, al igual eres retrasada y no nos hemos dado cuenta. Si no fuera porque eres la hija de mi hermana hace mucho que te habría despedido.
Lilia puso cara de pena. Jack sabía que se había pasado. No quería gritar tanto a Lilia y tampoco era cierto que la fuese a despedir. Pero tenía que reprenderla ante las demás si no quería que las otras se descontrolasen.
Lilia no era mala trabajadora. Fabricaban esencias para una marca de perfumes. Casi toda la plantilla estaba formada por mujeres. Lilia se ocupaba mayormente del jardín. Tenía un don con las plantas.
Todo el mundo apreciaba a Lilia, pero era un caso perdido perdiendo cosas, y sobre todo, perdiéndose ella misma. A Jack eso le molestaba. Se perdía hasta yendo de camino al baño. No sucedía siempre, sólo a temporadas, y ahora tenía una mala.
A veces resultaba gracioso. En una ocasión Jack vio ponerse histérico a Bruce con Lilia. La mandó a por café a una cafetería que conocían bien, a cinco minutos de la fábrica. Lo hizo para ponerla a prueba, para reírse de ella, o para demostrar que mentía.
Así que Lilia salió hacia la cafetería, Bruce llamó por teléfono. Esperó al aparato hasta que Lilia salió del local y se aseguró bien de que la veían partir en dirección hacia la fábrica antes de colgar, calculó que estaba a punto de llegar cuando colgaba.
Tardó una hora. Cuando llegó los cafés estaban fríos y tenía arena de playa en los pies.
-¿Qué demonios has estado haciendo? ¿Dónde has estado? –
– Yo… no…-
– Eres una estúpida ¿No te dije que volvieses directamente desde la cafetería? –
– Pero si he venido directamente… –
– ¿¡Y has tardado una hora!? –
– Me… me perdí… –
La playa estaba en dirección opuesta y a muchísimos kilómetros.
Bruce iba a estallar y todos reían, incluso Jack; pero tuvo que poner orden. Reprendió al portero por gritar, pero aquella vez no reprendió a Lilia, a él no se le hubiese ocurrido jamás enviarla a por café.

La hermana de Jack le había contado que una de las primeras veces que Lilia se perdió tan alarmantemente, había salido de casa por la tarde a por sellos para una carta para su amiga Madison. La familia de Madison se había mudado a Francia aquel año. Lilia no volvió en toda la noche. Llamaron a la policía y estuvieron muy asustados.
Por la mañana Lilia apareció en casa por su propio pie, llorando y muy asustada. Explicó que tras comprar sellos había buscado un buzón para tirar la carta y que entonces se había desorientado y había caminado toda la noche, incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa.
Lo que Lilia no le había explicado a nadie es que Madison en su carta de respuesta le preguntaba si se habían mudado a África, por el matasellos…

A partir de ahí sus desorientaciones habían sido cada vez más habituales. Primero extrañaban mucho a todo el mundo, luego lo asumieron, aunque no acababan de verlo normal, a todos les inquietaban las desapariciones. Su familia la había llevado a psicólogos, neurólogos y otros especialistas pero no sabían que tenía exactamente. Alegaban que debía ser una malformación o una lesión en el cerebro la que causaba las dificultades para orientarse.
La familia incluso había contratado un detective para seguirla y ver si realmente se perdía y que hacía, pero siempre lo despistaba. Nadie sabía qué hacía o dónde iba, si es que iba a algún lado.

Lilia dejó de estudiar y casi de salir de casa. Cuando lo hacía, iba acompañada para no perderse e incluso así en momentos de descuido se esfumaba. Prácticamente no salía nunca y como aquella no era vida para una joven, con o sin discapacidad, su madre la mandó a trabajar con su hermano.
Regularmente hablaban por teléfono con Lilia, pero era un alivio haberla enviado a trabajar y hacerse a la idea de que no sucedía nada. Además Jack decía que excepto el problema de la puntualidad era una buena trabajadora.

Lilia sí se perdía y no lo hacía voluntariamente. Nunca había sido capaz de explicar que sucedía entonces.
Como aquel día, caminaba a la salida del trabajo, fijándose muy bien por dónde iba y dónde quería ir, buscaba referencias, trataba de orientarse mentalmente en todo momento. Pero entonces su imaginación empezaba a volar y llegaba el mareo… sólo sentir el malestar sabía que era inevitable, se le nublaba la vista, sentía viento alrededor, se sentía crecer y decrecer, perdía el equilibrio, tenía la impresión de estar muy alto, lejos del suelo y justo después se sentía enana, pegada al suelo…
Cuando volvía en sí, cuando se recuperaba y abría los ojos… estaba en otro lugar, desconocido, y lejos…
Allí era noche cerrada y no se veía nadie cerca. Tenía pinta de ser un poblado oriental.
En ocasiones tenía que volver a casa por sus propios medios: andando, en autobús, en tren, incluso en aviones. Otras veces, si lo deseaba muy fuertemente, volvía a “perderse” y aparecía más cerca de casa…
Esperaba llegar a tiempo para el trabajo esta vez. Mientras, sacó unas barritas de chocolate del bolso y empezó a comer tranquilamente; en la oscura soledad del poblado musitó:
– Quién fuera planta para tener las raíces bien clavadas en el suelo y saber dónde está uno todo el tiempo.-
Y dejó volar la imaginación tratando de sentir la sensación conocida…

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