La Blanca

Cuando era una estudiante, un día salí con un compañero tras la romántica idea de encontrar un enclave perdido: un poblado sin nombre. Pertenecía a una comunidad anónima de hombres que convivieron alrededor de la cultura romana, dentro de ella, sin llegar nunca a ser absorbidos, y que desapareció súbitamente. Los expertos coincidían en situarla en una zona boscosa con suaves colinas, pero jamás había sido localizada. Lo interesante era poder ver la fábrica de cerámica. Ese pueblo de ‘bárbaros’ conocían el secreto de una cerámica especial, muy resistente, casi irrompible, tremendamente fina y bella. Su secreto era una cocción en tres tiempos que nadie consiguió jamás descifrar.
Ni en la actualidad se conoce el mágico proceso.

Salimos juntos, mi compañero y yo, una tarde de otoño, en busca del famoso poblado. Mientras caminábamos encontramos, al igual que muchos otros antes, fragmentos desechados de la maravillosa cerámica que, al romperse, mostraba los tres colores por el borde. Comenzamos a conjeturar cómo habría sido transportada y esparcida la cerámica.
Él me llevó al lugar. Una pequeña montaña formada por arcilla y gran cantidad de cerámica rota, defectuosa… El lugar de desecho. Debía estar tan cerca… sin embargo no sabía donde estaba.

Caminé alrededor mientras lo escuchaba hablar. Mientras lo miraba entre las ramas, con el sol brillando dorado, lo vi en su forma real, un fauno. Roma persiguiendo a los barbaros y su secreto, aún hoy, pensé.

Me alejé, caminé unos metros silenciosa, escabulléndome, traviesa, lejos de su alcance mientras estaba distraído. Caminé sin sentido, sin orientación y me perdí. No podía estar muy lejos, a una voz mía seguro que me oiría, pero seguía caminando, silenciando cierta voz de alarma que sonaba tenue al fondo de mi mente. Recorría el torrente seco de un pequeño riachuelo.
Entonces lo vi. El poblado, o más bien sus ruinas. Los vestigios de la muralla, las casas… el horno, manteniéndose medio en pie, junto al antiguo caudal, barrigudo, con el negro interior al descubierto, con la chimenea truncada.

Me acerqué para observar su interior. Era mayor de lo que parecía a simple vista. Entré toda yo dentro. Entonces sentí calor y vi luces de fuego, como si el horno estuviese encendido conmigo dentro. Escuché una voz en mi cabeza, una voz de mujer:

>>No conocerás el secreto. Ellos, mi pueblo, conjuraron mi ayuda para protegerlo. Me dieron a cambio cuantos sacrificios les pedí. En cada horno que erigieron en nombre de La Blanca, quemaron aquel que yo señalé con mi mano. Cuando el peligro se acercó yo lo protegí. Cuando el peligro fue insalvable, yo hice desaparecer cualquier rastro del secreto. Aún sigo protegiendo el secreto.<<

Me desperté, todo había sido un sueño. Sin embargo lloraba. Escuché una voz que me llamaba. Era mi compañero. Seguí su voz hasta la linde del bosque. Cuando me vió aparecer me miró y en su mirada vi el reconocimiento, yo había llegado dónde el no podía. Sonrió mientras me quitaba una hoja del pelo. Hoy tu pelo huele a bosque, me dijo.

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